miércoles, 29 de agosto de 2007

El horror al horror

En los primeros años después de la II Guerra Mundial, cuando salieron a la luz todos los horrores del nazismo, las víctimas del Holocausto fueron más o menos ignoradas e incluso despreciadas por un buen número de judíos, tanto aquellos que estaban intentando formar el Estado de Israel como bastante intelectuales repartidos por el mundo.

Al principio, muchos judíos alemanes no veían a Hitler con malos ojos. Sí, era antisemita, pero traía el orden a una Alemania caótica, y a lo que más miedo tenían los judíos, lo que la historia les había enseñado a temer, eran los desórdenes sociales y las masas de alborotados linchadores. De modo que el Tercer Reich demostró que un sistema metódico y ordenado podía ser aún más atroz que el más completo de los caos.

Lo cierto es que en los primeros tiempos las pobres víctimas inquietaban e irritaban, por su carga de dolor, a mucha gente. Como cuenta Laure Adler, un miembro del Jewish Comité escribió en una carta a un colega: “Los que han sobrevivido no son los más aptos, sino mayoritariamente los judíos más bajos, que mediante la astucia o los instintos animales pudieron escapar”. Y el poeta sionista Hair Nahman dijo lo siguiente: “Huyeron como ratones, se escondieron como chinches y murieron como perros allá donde los encontraban. Eso fue en Europa. Aquí, en Palestina, esto no hubiera ocurrido. Aquí, la tierra de Israel produce un hombre nuevo”.

Hannah Arendt fue menos brutal, pero también pensó, como muchos otros, que las víctimas se dejaron matar como reses. Que su pasividad fue inexplicable. Como si seis millones de muertos pudieran ser el resultado de una pequeña debilidad de carácter. De un modo u otro, parte de la comunidad judía internacional que no vivió el Holocausto tendió en los primeros momentos a culpabilizar a los que lo sufrieron, y tuvo que pasar algún tiempo hasta que se empezó a escuchar de verdad a las víctimas. Probablemente, el Holocausto fue una atrocidad demasiado grande, un infierno que no cabía en la cabeza y que tardó en poder ser asumido. Culpabilizar a las víctimas es una manera de negar el horror y de evitar el pánico que el horror produce.

He aquí otra enseñanza terrible: los humanos somos bastante miserables y, por lo general, las víctimas molestan.

Rosa Montero. Extracto de El País Semanal.


El domingo pasado tuve la suerte de toparme con este artículo, cuya lectura me produjo lo que Jung habría denominado un “acontecimiento sincrónico”. La autora puso voz a una idea que me rondaba desde hacía bastante tiempo, y que gracias a su pie puedo seguir. A pesar de que yo no la aplicaba a la experiencia de los judíos tras el Holocausto, he descubierto que el mecanismo es similar.

Y es que desde hace un tiempo se venía formando en mi mente una nebulosa de ideas relacionadas con la incapacidad de muchas mujeres de aceptar que el patriarcado y su misoginia salvaje son una realidad que funciona desde hace siglos y que sigue funcionando hasta hoy, con total probabilidad de que mañana, a esta misma hora, lo siga haciendo. Creo que cualquier mujer sabe lo que es escuchar a una congénere despotricar sobre el Feminismo, alegando que es una doctrina trasnochada, propia de marimachos y mujeres violentas, que reaccionan contra los hombres al no haber conseguido su cuota de amor por feas, peludas y embrutecidas.

Tratando de comprender el porqué de tamaña ceguera, he llegado a la conclusión de que una de las causas que la producen (no la única, por supuesto) es el horror que conlleva aceptar el horror. Porque resulta infinitamente horrible darse cuenta de que las mujeres somos el grupo más discriminado de la Historia, tanto por el número de afectadas como por la extensión de nuestra situación en el espacio y en el tiempo. Y que esta subordinación, esta perpetua minoría de edad, no se sostiene sólo por la fuerza (lo cual aportaría cierta heroicidad a nuestra resistencia), sino por la ideas que, desde niñas, nos van inoculando en pequeñas dosis hasta que somos capaces de creérnoslas, de hacerlas nuestras, y lo que es peor, de transmitirlas.

Porque es horrible darse cuenta que esas pequeñas cosas que nos suceden a las mujeres todos los días no vienen provocadas por una animadversión personal ni obedecen a un error de cálculo, sino que son fruto de un sistema que nos infravalora, que nos domestica, y que lleva haciéndolo varios milenios. Y que no, que las mujeres no estamos biológicamente determinadas para permanecer en el ámbito de lo privado, ni somos natural o psicológicamente dependientes, ni lloramos más o nos sentimos desgraciadas a causa de nuestro ciclo hormonal. Que todo eso es mentira, o al menos participa mucho más de la mentira de lo que algunas estarían dispuestas a admitir, incluso para sí mismas.

Por desgracia (y aquí llega el redoble que, como lesbianas, esperábamos), creo que esta misma situación tiene lugar entre las personas homosexuales, mujeres y hombres. Así, he tenido la mala suerte de escuchar, de boca de muchos y muchas, que algunos, nunca ellos, son discriminados porque se lo merecen, porque van provocando, porque reivindican lo que no hace falta reivindicar y porque, para colmo, exageran su pluma con el fin de llamar más aún la atención. “Yo nunca me he sentido discriminada”, dicen muchas, “porque yo no voy diciendo por ahí lo que hago en la intimidad”. “Nunca he tenido ningún problema con mis padres”, alegan otras, “y siempre he podido llevar a mi novia a casa como a una amiga más”.

Y no. Ninguna persona se busca una discriminación que depende de una estructura tan grande, que lleva tantos siglos funcionando, y que, por definición, te despoja de tu individualidad para tratarte como miembro de un grupo que considera tan homogéneo como despreciable. La elección personal reside en resistir o en someterse al sistema, pero nunca en granjearse su amistad. Un sistema que discrimina no puede ser amistoso. Nunca.

Claro que es más fácil pensar que a “esa” la discriminan por Ana, por Lucía, por Yolanda, pero no por lesbiana o por mujer; porque mientras tú no seas ni Ana, ni Lucía, ni Yolanda, la apisonadora de la discriminación no te rozará. Pero si formas parte de un grupo etiquetado como “lesbianas” o como “mujeres”, entonces sí, entonces cada ataque va dirigido también a ti, y todas las víctimas de la Historia caen sobre tu espalda porque tú eres una más.

Entiendo este horror que nos paraliza, que nos empuja a buscar culpables entre nosotras mismas, porque la máquina que lo sustenta es tan poderosa que no nos atrevemos a pedirle cuentas. Pero también entiendo que esa no es la solución, que es parte de una estructura perversa que no sólo nos domina, sino que nos hace creer que merecemos esa dominación. Por eso creo que todos deberíamos tomar conciencia, judíos, mujeres, homosexuales, todos, y decir NO.

Encantada de hacerlo así.

martes, 28 de agosto de 2007

Historia de mis dos abuelas (1/2)

En mi intento por diluir un tanto la misoginia que he aprendido en mi familia, he estado reflexionando sobre el papel de sus dos matriarcas principales: mis dos abuelas.

Mi abuela materna ha sido acusada en repetidas ocasiones de egoísta y marimandona, de tener una personalidad demasiado enérgica, de querer imponer siempre su voluntad, de no ser capaz de albergar emociones empáticas hacia los demás.

Mi abuela paterna ha sido acusada justo de lo contrario: de ser demasiado pasiva y complaciente, de no comunicar sus verdaderos pensamientos e intenciones, de entregarse al mejor postor alegando dependencia, de manipular a los demás a través de la compasión.

Personalmente, me ha costado muchísimo plantearme siquiera que estas personalidades tan monolíticas no fueran reales. Así lo he aprendido en mi familia, desde pequeña he visto interpretar cada movimiento de mis abuelas, cada palabra, en estas direcciones, y a día de hoy me siento absolutamente incapaz de reconstruir una historia alternativa.

Sin embargo, me gustaría abrir un camino en mi memoria que plantease al menos el beneficio de la duda. No es posible que mis abuelas hayan sido tan malas pécoras mientras que mis abuelos fueron dos auténticos santos. Por eso he intentado buscar algo verdaderamente valioso que mis abuelas hubieran hecho por mí en sus vidas, y la buena noticia es que lo he encontrado.

Recuerdo una vez (no tendría más de seis o siete años, quizás menos) que paseaba con mi abuela materna cerca de su casa. No recuerdo hacia dónde nos dirigíamos, pero sí que el acontecimiento era extraordinario, puesto que ella no salía mucho de paseo conmigo. Yo, para variar, iba perdida en mis ensoñaciones, cuando de pronto ella me regresó a la tierra de un susto:

- ¡Niña! ¡No andes de esa manera!

Yo me quedé paralizada, sin saber muy bien a qué se refería, pero siendo consciente de que estaba haciendo algo horrible sin saberlo y sin poderlo evitar. Como ni lo sabía ni podía evitarlo, seguí andando igual.

- ¡Que te he dicho que no andes así, muchacha!

No recuerdo haber dicho nada ante esta segunda reprimenda, y probablemente no lo dije, ya que de pequeña era muy tímida en el trato con los mayores. Sin embargo, debí de poner cierta cara de espanto, de la cual mi abuela debió de deducir que no sabía a qué se estaba refiriendo con tanta bronca.

- ¡Que no vayas así, mirando al suelo!

La verdad es que, si hice alguna lista imaginaria de hipótesis acerca de los motivos de su enfado, en ella no incluía el ir mirando al suelo. ¿Por qué era malo ir mirando al suelo? ¿Acaso no era lo que los mayores te decían que hicieras?

- ¡Atolondrada! ¡Mira por dónde andas!

Yo miraba al suelo porque tenía miedo de caerme. Recuerdo que íbamos caminando por un paseo en el que había árboles y algunas baldosas sueltas. Quizá el paso al que mi abuela andaba era demasiado rápido comparado con el mío, o quizás simplemente yo miraba al suelo por precaución, por costumbre, porque nadie antes (ni nadie después) me había dicho que no lo hiciera así.

Tal vez en ese momento sí que me atreví a preguntar algo:

- ¿Por qué?

Y mi abuela, sin perder un tono de reprimenda que a mí me hacía sentir como un gusano, me lo explicó.

- ¿Cómo que por qué? ¿Es que a ti te parece normal caminar mirando al suelo, como si tuvieras algo de que avergonzarte, como si fueras pidiendo perdón? ¡Tú no tienes nada de qué avergonzarte, nada por lo que pedir perdón! ¡Así que mira al frente y camina con orgullo! ¡Vamos! ¡Que yo te vea!

Y vaya si me vio. Pero no porque entendiera nada de lo que me había dicho, sino por el puro terror que me provocaba su tono de voz y la manera en que me zarandeaba el brazo. Recuerdo que entonces empecé a caminar sin mirar al suelo, muerta de miedo y segura de que no tardaría en tropezar y estamparme. De vez en cuando, siempre que creía a mi abuela distraída, miraba de reojo al suelo para comprobar que todo iba bien.

Han tenido que pasar casi veinte años para que yo haya entendido lo que mi abuela me quiso decir aquel día. Quizá las palabras estén tergiversadas, tal vez el tono de voz haya sido amplificado, incluso es posible que nuestros paseos no fuesen algo tan excepcional. Pero lo que sí recuerdo perfectamente es que mi abuela pronunció la palabra “orgullo”. Ella, que vio a sus hermanos morir de hambre tras la Guerra; ella, que sacó adelante a sus cuatro hijos fregando suelos; ella, que al final de sus días decidió divorciarse de mi abuelo explicando que lo hacía por honor, a pesar de que nadie la entendiera; ella pronunció la palabra “orgullo”, y creo que ella sabía, como lo sé yo hoy, cuál era su significado.

Esto no implica que mi abuela fuera una santa, porque no lo fue; pero es un intento por restaurar a su imagen monolítica la personalidad compleja que como ser humano se merece. Y sobre todo, es un intento por denunciar, por denunciarme a mí misma aunque sea, que su forma de ser, sus consejos, han sido menospreciados por salir de boca de una mujer. Mi abuela nunca se conformó con su destino, y luchó, gritó y arañó para cambiarlo; algo que en un hombre habría sido heroico, en ella se interpretó como ya dije más arriba: de forma simplista y fatal.

Y sin embargo, todavía hoy me sorprendo de que pudiera darme tremendo consejo, de que me haya regalado esa enseñanza, tal vez una de las más valiosas que recibiré jamás.

En momentos bajos, cuando siento que llevo un cartel luminoso en la cabeza, cuando mi cuerpo se curva sin querer y rehuyo la mirada ajena, la recuerdo. Recuerdo que he caminar con orgullo, y lo hago.

Como lesbiana, como mujer… y como su nieta.

(continuará…)

viernes, 24 de agosto de 2007

Apuntes sobre maternidad

Ayer estuve viendo con mi novia un documental sobre familias homoparentales que habían echado hacía poco en la televisión. He de decir que el documental era un tanto antiguo, supongo que de los primeros 90, y que además tenía en cuenta una población homosexual muy específica, la de San Francisco. Al parecer, en esta ciudad y por aquella época, más de un cuarto de su población era homosexual, entre otras cosas, porque San Francisco alberga una de las comunidades homosexuales más antiguas de EEUU. A pesar de todo esto, el documental me pareció interesante y me suscitó reflexiones que me han tenido maquinando hasta hoy.

Las historias que aparecían eran, en su aplastante mayoría, experiencias de mujeres lesbianas que habían tenido hijos biológicos por inseminación. Me pareció muy importante que se reconociera el papel pionero de las madres lesbianas, ya que a veces, ni algo, a mi parecer, tan obvio, se nos reconoce: en los debates acerca del derecho de las parejas homosexuales a formar familias que hubo y sigue habiendo en mi país, casi siempre se refieren a una pareja de hombres adoptantes, cuando yo creo que lo que prima en la comunidad son mujeres con hijos biológicos, entre otras cosas porque lo más sencillo es que una mujer tenga hijos así.

Por ese lado estuvo muy bien, pero lo que no me gustó tanto fue la poca atención que le prestaron a la “otra” madre. De hecho, dos de las tres familias que aparecieron eran mujeres que habían decidido tener hijos sin pareja. Por supuesto que el hecho de ser madre soltera, se tenga la orientación sexual que se tenga, es algo que me parece tan legítimo como loable; pero creo que las familias de madres lesbianas son interesantes, entre otras cosas, porque plantean la cuestión de que existen dos madres, y que, en su gran mayoría, el papel de la madre no biológica es tan fundamental como poco reconocido por la sociedad. En fin, habría preferido que se incidiera más en esta situación particular y no en la simple anécdota de que una mujer tenga hijos sola, ya que una madre soltera es una madre soltera, por encima e independientemente de su orientación sexual.

Algunas de las mujeres que aparecían en el documental pertenecían a una comunidad de lesbianas feministas que, a finales de los 70, habían decidido criar niños sin la presencia de hombres. La comentarista explicaba, prácticamente a modo de venganza del destino (léase: con cierta sorna), que los hijos de estas mujeres, al llegar a cierta edad, habían empezado a preguntar por su padre, algo que estas madres “ni se habían imaginado que ocurriría” y que, por supuesto, “les había horrorizado”.

Me parece que este habría sido un momento grandioso para explicar los problemas que acarrea criar niños en una familia homoparental, no por el hecho de serlo, sino por el de vivir en una sociedad donde prima la heteronormatividad. Así, lo niños empezaban a preguntar por su padre en un momento muy concreto: hacia los 9 ó 10 años, si no recuerdo mal. Como las mismas madres explicaban, no echaban de menos un padre, sino que añoraban sentirse “niños normales”. Esto implica que, probablemente en el colegio, se les había transmitido la idea de que todo niño normal tiene un papá y una mamá, y que si él ya conocía a su mamá, e independientemente de “esa otra señora” que vivía con ellos, en algún lugar debería estar su papá. Así que los niños se lanzaban en su busca, y las madres, antes o después, les remitían al donante de esperma. Claro que, también antes o después, los niños se daban de bruces contra la cruda realidad y aprendían que un donante de esperma no es precisamente lo que se dice “un papá”.

Yo creo que si la sociedad validara los distintos modelos de familias existentes, este tipo de situaciones no se producirían y a muchas personas se les ahorraría mucho dolor. Si se les explicara a los niños que no todo el mundo tiene un papá y una mamá, y que no por eso dejas de ser normal, ni los hijos de madres lesbianas ni tampoco los de madres solteras se sumergirían en un bote de esperma para encontrar a su papá. Un donante de esperma no es un papá. Un donante de esperma es un donante de esperma, y un papá es un papá. Los hijos de madres lesbianas no tienen un papá y una mamá, tienen una mamá y una mamá. Esto es así y considero que tratar de que sea diferente es lo que produce una verdadera aberración.

Estoy segura de que, en los casos de familias heteroparentales que tienen que acudir a un donante de esperma para tener hijos, nadie plantea la necesidad de que esos hijos busquen a su “verdadero papá”. Como son familias heteroparentales, toda la sociedad se cierra sobre ellas para proteger a esa pareja y para restar importancia a la biología. Seguramente, no todos los hijos nacidos de este modo lo saben, y en el caso de que lo sepan, muchas personas estarían dispuestas a defender que el donante de esperma no es un “papá”. Entonces, ¿por qué en los casos de madres lesbianas se insiste tanto en que esto no es así?

La respuesta mayoritaria, que también aparecía en el documental, alude a ese divino “rol masculino” que todos los niños sanos deben conocer. Y la paradoja aumenta. Una de las madres lesbianas pertenecía a una red de familias homoparentales donde había tanto hombres como mujeres. Ella, que tenía ni más ni menos que siete hijos en régimen de acogida, consideraba que ese presunto rol masculino estaba más que cubierto con la gran cantidad de “tíos” homosexuales que la red proporcionaba a sus hijos. Ninguno de sus hijos podía tener dudas de qué era un hombre, ya que compartían numerosas comidas y celebraciones con familias gays.

Pero el documental dejaba traslucir que cuando se refieren a “rol masculino” no vale un hombre homosexual. Creo que en este punto se desmonta toda la argumentación, porque si lo que se les achaca a las familias lesbianas es la ausencia de un hombre heterosexual, entonces lo que molesta es que las familias lesbianas, simplemente, no sean una familia heteroparental. Y esto es homofobia; más concretamente, lesbofobia.

La pregunta estaría más bien en qué clase de roles queremos transmitirles a nuestros hijos. Personalmente, no querría que mis hijos aprendieran los roles tradicionales de lo que es un hombre y lo que es una mujer. Creo que es mucho más interesante que interioricen roles abiertos que les permitan desarrollarse en libertad y construir una sociedad más justa e igualitaria para el futuro. Y esto, queridos heteronormales, las familias homoparentales lo podemos hacer bastante bien. Nuestros hijos se relacionarán, seguramente, con hombres y mujeres de todo tipo de orientaciones sexuales. ¿Pueden las familias heteroparentales garantizar lo mismo? Muchas seguro que no. ¿Y quién les achaca a ellos que no estén proporcionando a sus hijos los roles adecuados?

Si mis padres me hubieran proporcionado ejemplos de homosexualidad, probablemente yo habría detectado antes todas las señales que me indicaban lo que era. Habría tenido a una persona cercana con la que hablar, que me aceptase y ayudase a mis padres, en el caso de que lo necesitaran, a aceptarme. Me habría ahorrado veintitantos años de nebulosas y un batacazo final para descubrir que me gustan las mujeres, además de mucho miedo, muchos fantasmas mentales y mucho dolor. Y visitas al psicólogo, por cierto, y terapias de grupo también. ¿Y quién persigue a mis padres por haberme provocado este daño irreparable? ¿Por qué se insiste en perseguir a las familias homoparentales, que proporcionan un modelo mucho más sano, abierto y justo en general?

Otro tema que tocaba el documental era el miedo de algunas madres a tener hijos homosexuales. Tal y como lo presentaban, las familias homoparentales validaban su labor teniendo hijos heterosexuales. Pero, en varias de las historias que relataban, las madres lesbianas tenían hijas lesbianas. Nuevamente, este hecho podría haber servido para exponer las dificultades de formar una familia homoparental cuando una sufre grandes dosis de homofobia interiorizada.

Esta situación viene provocada por una sociedad enferma, que empuja a algunos de sus miembros a odiarse a sí mismos y a sufrir sin razón. Sin embargo, el documental se limitaba a mostrar el horror de una madre lesbiana ante su hija lesbiana, horror similar al que podría haber mostrado una madre heterosexual. Y a mí me pareció una pena, porque creo que los hijos homosexuales de parejas homoparentales deberían encontrarse con la ventaja inaudita de crecer en un ambiente no hostil. Pero mientras nos odiemos a nosotros mismos, mientras la sociedad nos siga empujando a hacerlo, ¡oh gran madre de todas las paradojas!, esta situación no se dará.

Para terminar, me resultó interesante también la experiencia de una de las hijas lesbianas de madre lesbiana. Esta chica había escrito una tesis sobre niños en familias homoparentales, y se quejaba de que todos los informes que había leído al respecto habían sido encargados por colectivos homosexuales, por lo que no eran fiables, ya que estaban politizados. Aquí no pude por menos que esbozar una sonrisa y alargar mis manos hacia la pantalla con ganas de estrangular. Y es que… ¡vamos a ver! ¿Qué culpa tenemos nosotros de que ningún colectivo de heterosexuales se haya tomado la molestia de estudiar nuestras familias? Y además, ¿por qué un estudio heterosexual sería más fiable que uno homosexual? ¿Acaso si los homosexuales no viéramos claramente que estamos destrozando la vida de nuestros hijos no dejaríamos de tenerlos? ¿Tan monstruosos e interesados somos? ¿O qué? Que ellos son el rasero, ¿verdad? Ellos son los normales, el modelo sano, la tabla por la que nos tenemos que medir los demás.

Ya.

Cuando terminamos de ver el documental me sentí triste, enfadada, engañada y frustrada, pero también ansiosa de lanzarme en picado al amor propio y la reflexión. Y ahora que he terminado de escribir todo esto, me siento mucho más libre, mucho más persona, mucho más yo.

Encantada de ser una de dos madres en familia homoparental.

jueves, 23 de agosto de 2007

Así descubrí que soy así

Mi nueva vida empezó el día en el que dejé a mi ex novio. Ese mismo año me hice budista, vegetariana, renegué del amor y supe que tres de mis amigas eran lesbianas.

Esto último me sacudió profundamente. Por alguna razón instintiva, las entendía. Comprendía su situación, a veces mejor que algunas de ellas, y lo que es peor, me daba envidia. Envidia era la única palabra que encontraba, por aquel entonces, para describir una profunda emoción.

La envidia se transformó en algo más cuando una de mis amigas me relató cómo se había enamorado de una chica por primera vez. Recuerdo haberme quedado clavada en el sitio mientras ella me describía sus primeros besos, el primer encuentro sexual, la certeza tan viva de que siempre estaría con ella, de que su relación inundaría su vida hasta el final. Ese mismo día, poco después de despedirnos, tuve uno de los ataques de llanto más fuertes de mi existencia. Lloré, lloré durante horas sin saber por qué, recordando todo lo que mi amiga me había contado, sufriendo lo indecible porque su relato había despertado algo dormido durante años en mi interior.

Fue entonces cuando llegó a mis manos la novela Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima. La leí de un tirón, asombrada por la extrañeza que provocaba en mí su protagonista, un joven japonés que, a pesar de tener una historia sorprendentemente paralela a la mía, insistía en considerarse homosexual. ¿Homosexual él? ¿Y entonces yo? Turbada, guardé la novela en un cajón y no volví a ella hasta tres meses después, para aceptar de su mano, por fin, la razón por la que nuestra experiencia tenía tantos puntos en común.

Sí, yo también. Yo también había tenido experiencias traumáticas en la infancia por aquella confusión tan mía entre hombre y mujer. Yo también había mirado de aquella manera a mis compañeras de colegio cuando habían empezado a desarrollar, presa de la misma fascinación que sus nuevos cuerpos ejercían en mí. Yo también había temblado, tratando desesperadamente de disimularlo, cuando aquella chica en particular me había agarrado por la cintura y me había dicho que le caía muy bien. Yo también salí con hombres sin sentir más que una fraternidad insultante, un compañerismo fuera de lugar que yo insistía en denominar amor.

Después, todo fue muy rápido. Recordar, entender, elaborar. Conocer a mi novia. Decírselo a mis padres. Bajar al infierno y volver a subir. Una aventura fascinante, una nueva vida que llega hasta hoy, día en que me siento encantada de haber descubierto así que soy así.

lunes, 20 de agosto de 2007

El derecho a la estupidez

Hace unos meses que el Gobierno de mi país aprobó una Ley para promover la igualdad real entre mujeres y hombres. Uno de los puntos más visibles, y por lo tanto, más polémicos de esta Ley es la obligatoriedad de presentar listas paritarias en las elecciones, de modo que ningún partido puede concurrir a unas sin presentar al menos un 40% de mujeres como candidatas.

Desde entonces, pero también desde antes, he tenido que escuchar sartas interminables de gilipolleces sobre el tema; pero lo más doloroso, nuevamente, es ver cómo las mujeres somos verdaderos ases en el arte de convertirnos en voceras de la misoginia más rancia.

En un arrebato de orgullo misógino, muchas mujeres han explicado que ellas no quieren acceder a puestos relevantes si no es por sus propios méritos, y que tampoco quieren ser dirigidas necesariamente por una mujer si hay un hombre que podría hacerlo mejor. Una vez más, estos comentarios aluden a la justicia poética de una situación ideal; pero, ¿cuál es nuestra situación real?

En el día a día de la mayor parte de la Humanidad (seamos positivas y no digamos “de toda”), cualquiera de nuestros sistemas de organización social favorece y ha favorecido durante milenios el acceso de los hombres más memos a los cargos más determinantes. ¿Quieren ejemplos? Miren sin más a su alrededor y empiecen a anotar sólo los casos más cercanos: la lista es interminable.

Sin embargo, cuando una mujer quiere acceder al poder, se la mira con lupa. ¿Realmente es válida para el puesto? ¿Por qué poner a una mujer a dirigir nada si existe, en el lugar más recóndito del Universo, un hombre que podría hacerlo mejor? Y ¡ay de ella si mete la pata! Nadie la juzgará por ser mala directoria, catedrática, ministra o diplomática; la juzgarán por ser mujer. Coros enteros de plañideras se lamentarán por haber dejado un cargo tan importante en manos de una ¿inepta? ¿estúpida? ¿poco cualificada? No. Simplemente, de una mujer.

Eso sí, cuando los millones de hombres que dirigen y han dirigido nuestras vidas meten la pata; cuando sus fallos garrafales dan al traste con buenas ideas, queman hectáreas irrecuperables de selva, acaban con la esperanza de varias generaciones, destrozan iniciativas, hacen perder dinero a borbotones, contribuyen al caos de cualquier organización, y por supuesto, matan a cientos, miles y millones de personas; ¿quién se lamenta de que el mundo no esté dirigido por una mujer?

Creo que uno de los caminos por los que las mujeres debemos transitar para lograr la igualdad real es aquel que nos conduce a reclamar nuestra cuota de estupidez. Yo quiero ser estúpida y dirigir una país; quiero ser fea y que me digan que tengo encanto; quiero ser huraña y que me veneren como a un genio; quiero destrozar la vida de millones de personas y que todo el mundo entienda que me enfrentaba a una difícil situación. Yo quiero que me acusen con el dedo por haber maltratado a mi pareja, quiero que revisen mi actuación histórica y que se den cuenta que fui la responsable de muchos de los males que acaecieron a mi país, quiero que me encierren y me ejecuten por representar un claro peligro para mi sociedad. Quiero que me pase todo eso y que nadie, en ningún momento, recuerde como hecho diferencial que soy una mujer.

Estamos tan anestesiadas, que las cagadas de los hombres nos parecen tan sólo una cagada más.
Estamos tan anestesiadas, que no nos damos cuenta del valor diferencial que se le otorga a la cagada de una mujer.
.
La estupidez humana no tiene límites; la de la mujer, sí.

Encantada de reivindicar mis cagadas como un acto de igualdad.

jueves, 16 de agosto de 2007

La enseñanza de la cólera

Clarissa Pinkola Estés
Mujeres que corren con los lobos


El hecho de ofrecer la otra mejilla, es decir, de guardar silencio en presencia de la injusticia o de los malos tratos, se tiene que sopesar cuidadosamente. Una cosa es utilizar la resistencia pasiva como herramienta política tal como Gandhi enseñó a hacer a las masas, y otra muy distinta que se anime u obligue a las mujeres a guardar silencio para poder sobrevivir a una situación insoportable de corrupción o de injusto poder en la familia, la comunidad o el mundo. Su silencio, entonces, no obedece a la serenidad, sino que es una enorme defensa para evitar unos daños. Se equivocan quienes piensan que el hecho de que una mujer guarde silencio significa siempre que esta aprueba a vida tal como es.

Hay veces en que resulta absolutamente necesario dar rienda suelta a una cólera capaz de sacudir el cielo. Hay un momento (aunque tales ocasiones no abunden demasiado, siempre hay un momento) en que una tiene que soltar toda la artillería que lleva dentro. Y debe hacerlo en respuesta a una grave ofensa, una ofensa muy grande contra el alma o el espíritu. Una tiene que haber probado primero todos los medios razonables para que se produzca un cambio. Cuando todo falla, hemos de elegir el momento más adecuado. Existe sin duda un momento apropiado para desencadenar toda la cólera que la mujer lleva dentro. Cuando las mujeres prestan atención al yo instintivo, saben que ha llegado la hora. Lo saben intuitivamente y obran en consecuencia. Y es justo que lo hagan.

La mujer que evita todos los enfrentamientos se va encontrando cada vez mejor. Pero se trata de una situación transitoria. Este no es el aprendizaje que andamos buscando. El aprendizaje que andamos buscando consiste en saber cuándo podemos dar rienda suelta a la justa cólera y cuándo no. La cólera es uno de los medios innatos que las mujeres poseemos para poder desarrollar una actividad creativa y conservar los equilibrios que más apreciamos, todo aquello que amamos verdaderamente. No sólo es un derecho, sino que, indeterminados momentos y en ciertas circunstancias, constituye para nosotras un deber moral.

Si el instinto de una mujer ha resultado herido, esta se enfrenta con varios retos relacionados con la cólera. En primer lugar, suele tener dificultades para reconocer la intrusión; tarda en percatarse de las violaciones territoriales y no percibe su propia cólera hasta que esta se le echa encima. Este desfase es el resultado de la lesión de los instintos de las niñas, causada por las exhortaciones que se les suelen hacer a no reparar en los desacuerdos, a intentar poner paz a toda costa, a no intervenir y a resistir el dolor hasta que las cosas vuelvan a su cauce o desaparezcan provisionalmente. Tales mujeres no actúan siguiendo el impulso de la cólera que sienten sino que arrojan el arma o bien experimentan una reacción retardada varias semanas, meses o incluso años después, al darse cuenta de lo que hubieran tenido o podido decir o hacer.

Tal comportamiento no suele deberse a la timidez o a la introversión, sino a una excesiva consideración hacia los demás, a un exagerado esfuerzo por ser amable en perjuicio propio y a una insuficiente actuación dictada por el alma. El alma salvaje sabe cuándo y cómo actuar, basta que la mujer la escuche. La reacción adecuada se compone de perspicacia y una adecuada cantidad de compasión y fuerza debidamente mezcladas. El instinto herido ha de curarse practicando la imposición de unos sólidos límites y practicando el ofrecimiento de unas firmes y, a ser posible, generosas respuestas que no cedan, sin embargo, a la tentación de la debilidad.

Una mujer puede tener dificultades en dar rienda suelta a su cólera incluso si esa supresión resulta perjudicial para su vida, incluso en el caso de que ello la obligue a revivir obsesivamente unos acontecimientos de años atrás con la misma fuerza que si hubieran ocurrido la víspera. Insistir en hablar de un trauma y hacerlo con gran intensidad a lo largo de un determinado periodo de tiempo es muy importante para la curación.

La cólera o la rabia colectiva es también una función natural. Existe el fenómeno de la lesión de grupo, el dolor de grupo. Las mujeres que adquieren conciencia social, política o cultural descubren a menudo la necesidad de enfrentarse con la cólera colectiva que una y otra vez les recorre el cuerpo. Desde un punto de vista psíquico es saludable que las mujeres experimenten semejante cólera. Y es psíquicamente saludable que utilicen esta cólera derivada de la injusticia para buscar los medios capaces de producir el cambio necesario. Pero no es psicológicamente saludable neutralizar la cólera con el fin de no sentir nada, y por consiguiente, no exigir la evolución y el cambio.

La cólera constructiva se puede utilizar con provecho como motivación para la búsqueda o el ofrecimiento de apoyo, para la búsqueda de medios que induzcan a los grupos y a los individuos al diálogo o para exigir responsabilidades, progresos y mejoras. Esos son los procesos que las mujeres que adquieren conciencia han de seguir en las pautas de comportamiento. El hecho de experimentar unas profundas reacciones ante las faltas de respeto, las amenazas y las lesiones forman parte de una sana psique instintiva. La reacción vehemente es una parte lógica y natural del aprendizaje acerca de los mundos colectivos del alma y la psique.

Para poder sanar realmente, tenemos que decir nuestra verdad, no solo nuestro pesar y nuestro dolor sino también los daños, la cólera y la indignación que se provocaron y también qué sentimientos de expiación o de venganza experimentamos. Ninguna de nosotras puede escapar por entero a su historia. Podemos empujarla hacia el fondo, por supuesto, pero estará ahí de todos modos. En cambio, si una mujer hace las cosas que hemos enumerado, podrá contener la cólera, y al final, todo se calmará y se arreglará. No del todo, pero sí lo suficiente como para seguir adelante.

¡Encantada!

miércoles, 15 de agosto de 2007

¿Orgullo o dignidad?

Justo ayer me encontré con una noticia, quizás un tanto pasada ya, que explicaba cómo en Ámsterdam habían decidido formar un cuerpo de policía con agentes homosexuales (lesbianas y gays) y bisexuales para luchar contra el aumento de las agresiones homófobas en la ciudad. Uno de los objetivos de esta patrulla era generar confianza en el colectivo para que se animara a denunciar las agresiones. La noticia me sorprendió gratamente; lo que no lo hizo tanto fueron algunos de los comentarios que se habían dejado en varias páginas de Internet.

Así, daba la impresión de que los lectores, mayoritariamente gays, estaban en contra de la medida porque, según decían, contribuía a marginar al colectivo. Lo que ellos consideraban que debería ocurrir era que cualquier persona pudiera acudir a cualquier policía para denunciar una agresión homófoba.

Yo estoy absolutamente de acuerdo con la segunda idea, pero no con la primera. Y es que la realidad dista mucho de parecerse a lo que “debería” ser, empezando porque ninguna persona debería estar marginada a causa de su orientación sexual. Pero lo estamos. La realidad es que lo estamos, como la realidad es que cualquiera puede acudir a la policía y encontrarse con una mofa o una negativa a cursar una denuncia. Eso es así, y a veces me pregunto por qué nos cuesta tanto admitirlo.

Creo que la respuesta es clara: una vez más, padecemos de homofobia interiorizada. No querer señalarnos es homofobia interiorizada, no querer ver que, de hecho, ya estamos señalados. Llevamos una marca puesta, la marca que la sociedad nos ha colocado, y podemos aprender a vivir con ella, llevarla con orgullo, tratar de normalizarla, ¡claro que podemos! Pero lo que no podemos hacer es ignorarla.

A veces pienso que decir que no necesitamos servicios especiales es un orgullo mal entendido, es un orgullo homófobo. Por supuesto que un cuerpo de policía específico es una forma de discriminación, pero de discriminación positiva. Lo que se pretende es allanar un poco el camino a una comunidad que lo tiene bien escarpado. ¿Qué es lo que no nos gusta de que nos lo pongan un poquito más fácil? ¿Admitir que lo tenemos difícil?

Entiendo que esta clase de medidas, en general, todas las medidas de discriminación positiva, son medidas de urgencia, a corto plazo, y que no nos deben despistar de la meta real: el fin de cualquier tipo de discriminación. Nuestro objetivo a largo plazo, por supuesto, es que cualquiera pueda denunciar ante cualquier agente una agresión; más allá, incluso, es que nadie tenga que denunciar ninguna agresión. Pero mientras llega ese gran día, y teniendo en cuenta que podemos estar separados de él por siglos, ¿tendremos que aguantar las agresiones sumadas a la discriminación policial? ¿Nuestro orgullo nos impedirá tomar la mano que se nos tiende para aliviar un poco nuestra situación?

Una vez leí que la palabra “orgullo” era una mala traducción de la inglesa “pride”, porque esta última tiene un sentido más claro de “dignidad” que la nuestra. Sea o no así, la verdad es que creo que en ocasiones los hispanos nos abandonamos al estereotipo y entendemos el orgullo muy mal. ¿Acaso somos todos y cada uno superhombres y supermujeres que no necesitan de la ayuda de nadie y para los cuales el estigma de la orientación sexual no ha condicionada en absoluto su trayectoria vital? Claro que los hay, pero no son todos; de hecho, como siempre ocurre con los héroes, son una minoría. Los demás hacemos lo que podemos, y creo que una ayudita extra nunca viene mal.

El orgullo es bueno siempre que se entienda como una conciencia profunda de nuestra dignidad, y sin que nos falte la suficiente humildad como para aceptar las características de nuestra situación: injustas, horribles, pero reales y, lo que es más, con capacidad de actuar sobre nuestras vidas, de condicionarlas y de incluso destrozarlas si no aceptamos su existencia y les hacemos frente con determinación.

El que no quiera acudir a un policía gay o lesbiana, que no acuda; pero el que lo necesite, que sepa que está ahí. Esta es una de las situaciones más ideales que puedo imaginar para nuestro momento actual, y estaría encantada de que para todo el mundo pudiera ser así.

lunes, 13 de agosto de 2007

Iris (2/3)

En la tradición judeo-cristiana, el papel de la mujer como participante de lo divino ha sido eliminado de raíz. Ni tan siquiera se ha respetado la igualdad con el varón en la genealogía, no ya divina, sino humana de las mujeres, pues los hombres se presentan como hijos de Dios, mientras que ellas son las hijas de los hombres. Así, esta tradición se puede considerar como uno de los ejemplos más claros de manipulación patriarcal, de manera que, como herencia directa de una cultura femenina anterior, apenas nos queda un versículo de la Biblia, en alusión a Lilith, y la serpiente.

Sin embargo, si tomamos los atributos y la función de la diosa Iris como punto de partida, podemos rastrear el aroma de lo femenino a través de varios pasajes de la Biblia. Y es que, curiosamente, el papel de intermediario entre Dios y los hombres suele corresponder a una figura alada, multicolor, eminentemente acuática… y de sorprendentes caderas.

Así, en el principio de los tiempos podemos encontrar el Espíritu de Dios (que no él mismo: respetemos el misterio de la Trinidad) como sigue:

La tierra estaba desierta y vacía. Había tinieblas sobre la faz del abismo y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas (Gén, 1,2).


De modo que el Espíritu se encontraba revoloteando sobre las aguas, el único elemento que al parecer existía desde siempre, contemporáneo a Dios y no creado por él. Así, lo único que pudo hacer Dios con las aguas fue organizarlas:

Dijo Dios: haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas aguas de otras. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que están debajo del firmamento de las que están encima del firmamento. Y así fue (Gén 1, 6-7).

Dijo Dios: reúnanse en un lugar las aguas de debajo de los cielos y aparezca lo seco. Y así fue. A lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas llamó mar. Y vio Dios que estaba bien (Gén 1, 9-10).

El Espíritu, parte constituyente de Dios e inseparable de él más que en su función, parece estar esperando a que aconteciese la Creación para así poder ejercer de lo que era: un intermediario.

Soltó después una paloma para ver si habían decrecido las aguas sobre la faz de la tierra; pero no encontrando la paloma donde posar la planta de su pie, se volvió a él, al arca, porque las aguas estaban sobre la faz de toda la tierra. Entonces extendió él su mano, la tomó y la hizo entrar consigo en el arca. Esperó aún otros siete días, y soltó de nuevo la paloma fuera del arca. Por la tarde regresó a él la paloma con una hoja verde de olivo en su pico, por donde supo Noé que habían disminuido las aguas sobre la tierra. Esperó aún otros siete días, y soltó la paloma, que ya no volvió más a él (Gén, 8,8-12).


No deja de resultar paradójico que Noé no confíe ni en su propia observación ni en la palabra de Dios para certificar el fin del Diluvio. Muy al contrario, Noé se encomienda a una paloma, un intermediario alado, como el Espíritu, para que le traiga la buena noticia. Se podría pensar aquí que cualquier animal alado habría servido para lo mismo; sin embargo, anteriormente a la paloma, Noé soltó un cuervo con la esperanza de que le sirviera para tal fin:

Al cabo de cuarenta día abrió Noé la ventana del arca que había hecho, y soltó un cuervo, que salió y estuvo yendo y viniendo hasta que se secaron las aguas sobre la tierra (Gén, 8,6-7).

El cuervo vuela, sí, pero no sirve de intermediario como lo hace la paloma, no es capaz de comunicar a Noé la voluntad de Dios.

Y dijo Dios: esta es la señal de la alianza que yo establezco entre mí y vosotros y entre todo ser viviente que está acá con vosotros, para todas las generaciones venideras: pongo mi arco en las nubes para señal de la alianza entre mí y la tierra. Y cuando yo acumule nubes sobre la tierra y aparezca entonces el arco en las nubes, recordaré la alianza que existe entre mí y vosotros y todo ser viviente de toda carne; y las aguas no se convertirán ya más en un diluvio que destruya toda carne. Estará el arco en las nubes y, al verlo, me acordaré de la alianza eterna entre Dios y todo ser viviente de toda carne que hay sobre la tierra (Gén 9,12-16).

Ese pasaje es uno de los hitos mitológicos del Antiguo Testamento. Así, ante un fenómeno natural de origen desconocido, el arco iris, surge la explicación mitológica: el arco iris sale tras la lluvia para recordarnos que Dios nunca volverá a mandar un Diluvio exterminador a la Tierra, pues la calma siempre seguirá a la tempestad. En la traición griega, el mismo fenómeno natural dio origen a otra explicación: el arco iris era el rastro que la diosa Iris dejaba en sus continuos vuelos para comunicar a dioses y hombres entre sí. Por tanto, en ambas tradiciones el arco iris es una señal, un símbolo, un indicio de que se está produciendo un acto de comunicación de origen divino.

En la Biblia, se vuelve al papel de intermediario del Espíritu en varias ocasiones. Así ocurre, por ejemplo, en ciertos fragmentos proféticos de Isaías:

Reposará sobre él el espíritu de Yahvé
espíritu de sabiduría e inteligencia
espíritu de consejo y de fortaleza
(Is, 11,2)

Herirá al violento con la vara de su boca
matará al impío con el aliento de sus labios.
Será la justicia ceñidor de su cintura
y la fidelidad, ceñidor de sus caderas
(Is, 11,4-5)

En el Nuevo Testamento, el poder del Espíritu como portador de la palabra se repite una y otra vez:

Cuando él venga, el Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena; porque no hablará por cuenta propia, sino que hablará todo lo que oye y os anunciará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará (Jn, 16,13-14)

De igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Porque no sabemos cómo pedir para orar como es debido; sin embargo, el Espíritu mismo intercede con gemidos intraducibles en palabras (Rom, 8,26).

A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así, a uno se le da, mediante el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, según el mismo Espíritu, palabra de conocimiento […]; a otro, el hablar en nombre de Dios […]; a otro, diversidad de lenguas; a otro, el interpretarlas (1Cor, 12,7-10).

Y por supuesto, es el Espíritu, nuevamente paloma, el que señala a los hombres que Jesús es hijo de Dios:

Apenas bautizado Jesús, salió en seguida del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender, como una paloma, y venir sobre él (Mt, 3,16).

Este señalamiento, como no podía ser de otra manera, se produce en presencia del medio acuático.

Creo que el entramado simbólico que nos hace emparentar ciertos momentos de la tradición judeo-cristiana con los atributos y función de la diosa griega Iris pueden servir de inspiración a las mujeres en el proceso de recuperación de su palabra. Las mujeres podemos ser quienes nombremos, quienes señalemos, quienes orientemos, quienes dirijamos, quienes mostremos el camino, a nosotras y a los demás, quienes digamos qué es válido y qué no lo es, quienes consideremos qué es justo y qué no lo es; las mujeres podemos convertirnos en la voz de lo divino, de lo sagrado, de lo importante, de lo que debe ser, llámese Dios o la Ley. El poder de la palabra ha estado siempre en nuestro interior, lo hemos regentado en numerosos momentos a lo largo de la Historia, y estos mitos nos recuerdan que así ha sido y que así debe ser.


Pero a Iris le queda todavía algo más que decir.

(continuará…)

domingo, 12 de agosto de 2007

Tópico y real

Este verano se ha casado el hermano de una de mis mejores amigas. Su boda ha sido todo un hito en nuestras vidas, ya que, en cierto modo, ha dado el pistoletazo de salida para lo que podríamos llamar “la era de las bodas” de nuestra generación. La celebración, además, ha permitido a mi amiga oficializar la relación que mantiene con su novio, ya que eso es lo que ocurre cuando llevas a tu novio a una boda y se lo presentas a toda la familia.

Por mucho que me alegre por ellos, por todos ellos, mientras mi amiga me lo contaba no podía dejar de pensar en mí y en todas las personas que son como yo.

Para empezar, son pocos los miembros de mi familia que considerarían la posibilidad de invitar a mi novia a su boda, y en cualquier caso, estoy segura de que conllevaría ciertas “molestias”. Por desgracia, si los que se casaran fuesen algunos de mis amigos, es probable que ocurriera lo mismo. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene parientes y amigos homosexuales, pero también los tienen homófobos.

En segundo lugar, creo que si me dedicase a presentar a mi novia como mi novia a los invitados de una boda, no sumaría alegría a la alegría como lo hizo mi amiga en la boda de su hermano, sino que reventaría la fiesta. Está bien, quizá finalmente no resultase tan trágico, pero apuesto a que si les diera a elegir a los novios, ellos preferirían que presentase a mi novia como a una amiga, lo que nos obligaría a no hacernos ningún arrumaco durante horas y a soportar a cuanto baboso hubiese cerca. Aunque, pensándolo bien, un baboso cerca no es tan malo: peor es que alguna de tus tías (o similar) trate de liarte con algún buen mozo de la otra familia. O que lo intente hacer con tu novia, claro.

El colofón final lo pone el hecho de que yo nunca tendré una boda como la del hermano de mi amiga. Mi familia y la de mi novia no festejarán al unísono nuestra unión, porque la mayoría, bien la desconoce, bien la repudia abiertamente. Si conseguimos juntar a nuestros padres, hermanos, cuatro primos sueltos y muchos amigos, sobre todo amigas (lesbianas, claro), será todo un éxito. Especialmente en el caso de mis padres, con los que no cuento de antemano por pura salud emocional.

En fin, al menos me queda el consuelo de que algún día seré invitada a unas cuantas bodas de parejas gays y lesbianas, y que allí podré mostrarme tal y como soy. Para que luego digan que vivimos en un gueto: ¡eso es lo que a veces una querría!

Lo más curioso de todo esto es que yo nunca he sido lo que se dice una fan de los matrimonios. De hecho, he pasado la mayor parte de mi vida como hetero extendiendo a diestro y siniestro la buena nueva de que estaría encantada de acudir a cualquier boda a la que se me invitase, menos a la mía. He gozado lo indecible escandalizando a mis ex novios con mi postura nada romántica acerca del vestido blanco y las flores en la iglesia. He mirado con auténtico horror a las novias ataviadas cual muñequitas de porcelana en un día en el que considero imposible que todo salga perfecto. Gastarse un dineral en unos zapatos que no volverás a usar me parecía una de las peores inversiones que existen en la vida. Y no, jamás he contemplado la posibilidad de cubrirme con un velo porque no pensaba llegar a ese día con un ápice siquiera de virginidad.

El problema es que, cuando me creía hetero, tenía la posibilidad de elegir. Podía elegir entre 200 ó 20 invitados, podía elegir entre una catedral o el juzgado de un pueblo recóndito, podía elegir entre una luna de miel exótica o una escapadita romántica. Podía elegir y elegía, y en mi elección se proyectaban mis ideas, mis sentimientos, mis valores; eligiera lo que eligiera, cambiase de opinión cuando quisiera, me proyectaba yo.

Ahora no puedo elegir. Si algún día me caso, los demás serán los que elijan la boda que me permitirán tener. De entre la gente que querría que estuviese allí, ellos serán los que elijan si vendrán o no; el lugar dependerá de cuán gay-friendly sea el dueño; la luna de miel la planificaré a partir de un mapa de Amnistía Internacional. Y encima tendré que dar gracias, sí, porque en mi país, al menos, me puedo casar.

Y esta situación me humilla, me molesta.

Mi amiga y yo empezamos a salir con nuestras respectivas parejas prácticamente a la vez. Y si bien al principio su novio tampoco gustaba, hoy ya le ha llevado a la boda de su hermano. Mientras tanto, ¿yo qué? Mi novia sigue sin poder llamar por teléfono a mi casa, sigue esperándome dos calles más allá cuando viene a buscarme, sigue sin existir para la mayoría de la gente que me rodea y yo sigo sin poder nombrarla.

Y entonces sí quiero casarme, sí quiero llevarla a toda reunión familiar, sí elijo 200 invitados porque sí quiero festejar mi amor así, en lo público, en lo que, si bien no me prohíben, sí me invitan a dejar de hacer. Y entonces sí quiero decir que mi vida es diferente, no porque yo lo sea sino porque los demás me la hacen distinta, y sí quiero subrayar esa diferencia, para hacerla mi orgullo, para hacer visible esa marca que los demás me ponen y que a la vez me obligan a esconder.

Mi amiga, su hermano, yo, nos criamos en el mismo barrio, somos hijos de padres similares, tenemos el mismo nivel de estudios, pero carecemos del mismo porvenir. Si esto no es discriminación, si esto no es homofobia, entonces, ¿qué es?

Encantada de que no se pueda responder.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Iris (1/3)

Una de las diosas griegas más injustamente clasificadas como “menores” es Iris. Y digo injustamente porque la relevancia de su papel como diosa ha sido borrada de una manera sospechosamente eficaz a lo largo de los siglos.

Iris aparece en uno de los mitos griegos de raíces más profundamente matriarcales: el de Deméter y su hija Perséfone. En este mito se alude de pasada a algunos ritos antiguos dirigidos a reverenciar lo femenino, como los misterios de Eleusis, explicados a Deméter por la risueña Baubo, de la que probablemente proviene la palabra “vulva”. En este mito, Iris aparece como mensajera de los dioses, ya que es enviada para consolar a Deméter ante la pérdida de su hija e intentar que vuelva al Olimpo.

Este mismo papel de mensajera es el que cumple Iris en la Iliada, siendo la encargada de advertir a Menelao de que su esposa ha sido raptada por Paris. Sin embargo, Iris desaparece ya en la Odisea, pues en ella, el mensajero de los dioses no es otro que Hermes, el cual pasará a la Historia casi como exclusivo ostentador del papel.

He aquí una primera injusticia, ya que Hermes, en su papel de mensajero, forma parte de los dioses mayores, mientras que Iris, en el mismo papel, es clasificada como “menor”. Esta situación es una prueba más de cómo el sistema patriarcal ha ido borrando las huellas de las sociedades matriarcales anteriores: en esta ocasión, a través del desprestigio de sus símbolos.

Podría pensarse, no obstante, que los grandes dioses accedían al Olimpo por razones de sangre, lo cual explicaría que Hermes, hijo de Zeus, fuera privilegiado en detrimento de Iris. Sin embargo, algunas tradiciones consideran a Iris hija de Hera, la esposa de Zeus, lo que situaría a Iris y Hermes en el mismo nivel. Por supuesto que no todos los hijos de Zeus o de Hera acceden al Olimpo, pero ostentando el mismo papel sí deberían hacerlo, ¿o no? La tradición parece acabar con este dilema otorgándole a Iris otra genealogía, que es, por supuesto, mucho más conocida que la anterior.

Iris rodeada de pavos reales, atributo propio de Hera.
.
Sin embargo, otras pruebas nos podrían llevar a sospechar que la situación no es de mera competición entre Iris y Hermes, sino de una clara sustitución de la primera por el segundo. Así, Iris es tradicionalmente representada como una mujer alada que porta un caduceo, atributos que adornan a Hermes por excelencia. La presencia de Iris en mitos tan antiguos como el de Deméter, su sospechosa desaparición a lo largo del ciclo homérico, las brumas que envuelven su genealogía y, finalmente, la coincidencia de atributos y rol con Hermes, apuntan claramente a la sustitución de una diosa por un dios.

Iris, diosa alada, con su caduceo.

Y es que el papel de mensajero de los dioses, de intermediario entre lo divino y lo humano, es demasiado trascendente para que el sistema patriarcal lo deje en manos de una mujer. No en vano, sin embargo, Hermes ha pasado a la tradición como patrón de los ladrones, ya que fue precisamente al perpetrar un robo como consiguió su caduceo.

El olvido de la diosa Iris y la usurpación de su papel en el sistema mitológico no es un fenómeno exclusivo de la cultura griega, sino que, muy al contrario, se repite en todas aquellas sociedades que han implantado un sistema patriarcal. Recurriendo a otro de los atributos característicos de Iris, podemos rastrear el borrado de la diosa en otra tradición mitológica tan conocida como la judeo-cristiana.

(continuará…)

martes, 7 de agosto de 2007

L@s que entienden, entienden

Hace un tiempo me topé por primera vez con el modelo de orientación sexual de Klein, que considera la orientación sexual como una realidad compleja, para cuya definición hay que tener en cuenta, al menos, siete variables: la atracción sexual, la conducta sexual, la preferencia emocional, las fantasías sexuales, la preferencia social, la autoidentificación y el estilo de vida.

En su momento, las variables que más me llamaron la atención fueron la preferencia social y el estilo de vida. Al fin y al cabo, y como indican las teorías de normalización simplista, la orientación sexual de cada persona sólo tiene implicaciones en lo sexual y para esa persona. Es verdad que, escudados bajo este individualismo, hemos podido avanzar en materia de libertad y derechos; sin embargo, ¿es esa la única realidad? Es decir, ¿son las variables sociales de Klein una completa estupidez?

A mí me lo parecieron bastante la primera vez que supe de su existencia. Había empezado a tomar conciencia de mi orientación hacía relativamente poco y nada en mi vida era diferente de cuando creía ser heterosexual. Tenía los mismos amigos, salía por los mismos sitios y leía los mismos libros que varios meses atrás. Sin embargo, cuando volví a encontrarme con este modelo, un año después, no pude por menos que esbozar una irónica sonrisa; en la actualidad, me río a carcajadas de mi inocencia anterior.

Aunque en mi trabajo no me socializo como lesbiana, sí que lo hago en la mayor parte de mi tiempo libre. La cantidad y calidad de mis amigas lesbianas ha crecido considerablemente; apenas me muevo por sitios que no sean de ambiente o, por lo menos, gay-friendly; y la mayoría de los libros que leo tienen, como mínimo, una orientación de género. Hoy en día, por tanto, creo que Klein y sus colaboradores sabían muy bien de lo que hablaban al formular sus variables.

Sin embargo, constantemente se trata de restar importancia a las redes sociales de gays y lesbianas. Si tu estilo de vida es “demasiado” homo (teniendo en cuenta que, de hecho, eres homo), se te acusa de tener una “obsesión” (¿nuevamente enfermos?), quererte diferenciar “en exceso” (¿acaso te permiten ser absolutamente igual?), no querer saber nada del “mundo” (¿qué “mundo”?), etc, etc. Así por ejemplo, y como indica muy acertadamente Beatriz Gimeno, las mujeres lesbianas que aparecen en las series de televisión españolas (la cúspide de nuestra visibilidad), siempre son personas aisladas, que si se relacionan con otra lesbiana, es porque es su novia, que no frecuentan locales de ambiente, ni leen ningún libro o revista especializada, ni se distinguen por nada más que porque la persona que duerme a su lado es también una mujer.

Creo que esta situación es una trampa muy perversa, ya que, al fin y al cabo, así es como tendría que ser. Nuestra orientación sexual no debería revertir en ninguna diferencia que se saliera del ámbito personal, y esta diferencia sería tan sólo de forma. Sin embargo, ¿es esta la experiencia real de la mayoría de gays y lesbianas? Parece que no. En muchas situaciones cotidianas, los que entienden son los que te entienden. Y necesitas que lo hagan.

Uno de los grupos que más preocupantemente caen en la trampa son los heterosexuales gay-friendly, esos amigos a los que muchos ocultamos nuestra “obsesión” por movernos en espacios propios para que no crean que estamos “obsesionados”. Su actitud (“si yo te acepto, ¿por qué te empeñas en mostrarte diferente?”) oculta, paradójicamente, la misma homofobia de la que otros hacen gala (“si ya se pueden casar, ¿qué más quieren?”).

Hace un tiempo, una amiga muy querida me hablaba de un compañero de trabajo que era gay, expresándose en los siguientes o parecidos términos: “Tiene una pluma de aquí a Pekín, aunque yo creo que la exagera… ¡parece como si le quisiera decir a todo el mundo que es gay! Y a mí eso no me parece bien, porque mira, yo estoy muy orgullosa de ser hetero, y no lo voy diciendo por ahí”. Otra amiga, contándome cómo un amigo suyo había salido del armario con ella, lo hacía como sigue: “Tardó varios años en decírmelo, e incluso cuando yo le pregunté si lo era, me dijo que no. Al final, cuando por fin lo admitió, se armó un lío, empezó a llorar, no le salían las palabras… ¡qué exagerando, tía! Tanta historia para decirme que era gay, ¡ni que fuera algo tan horrible!”.

Aunque no todas las personas homosexuales tendrán la misma opinión respecto de lo anterior, creo que la mayoría se inclinará, al menos, por mostrar un mayor grado de comprensión que mis amigas. Y es que ser la amiga hetero de una chica lesbiana es mucho más fácil que ser la chica lesbiana en sí. Después de muchas conversaciones, es posible que tus amigos entiendan la mayor parte de las cosas, pero a veces no hay ganas de esperar, o no es el momento, o simplemente, el grado de comprensión que tú necesitas no llega. Por eso es importante contar con una red de apoyo de personas que son como tú, con una red de recursos para las personas como tú. Y es que buscar a los semejantes, sentirte reflejada en ellos, es una parte fundamental de la construcción de cualquier identidad, no sólo de la nuestra.

Porque de hecho ser gay o lesbiana tiene repercusiones sociales, es normal que exista una preferencia social y un estilo de vida homosexual. Aunque no nos guste y no lo queramos, aunque lo consideremos una vía más de marginación, lo cierto es que sólo a través de ello conseguiremos que algún día no sea necesario. Pero ese día no es hoy y no podemos mirar hacia otro lado.

Encantada de entenderlo así.