domingo, 27 de abril de 2008

V de Visibles

Ayer se celebró, por primera vez en España, el Día de la Visibilidad Lésbica. Ni mi novia ni yo nos enteramos a tiempo para asistir a ninguna actividad, así que hicimos lo que podríamos haber hecho cualquier otro sábado.

Por la mañana, nos levantamos a buena hora, desayunamos (ella cereales, yo tostadas) y nos duchamos juntas. Después, fuimos a dar una vuelta por un parque que hay cerca de nuestra casa. Hacía un solecito muy rico; nos dimos besos, abrazos, y caminamos de la mano mirándonos con amor. No todo el rato, es verdad, pero creo que aportamos una cuota decente de visibilidad. Como en el parque pasean muchas parejas jóvenes (todas heterosexuales, por cierto) con sus hijos, nos dedicamos a hacer arrumacos a los bebés ajenos y a planear nuestra todavía hipotética maternidad.

Después llegamos a casa y yo, presa de la insolación, me quedé dormida antes de comer. Cuando me desperté, preparamos unas tortillas de maíz con lechuga, tomate, jamón y queso, que nos zampamos con un placer indescriptible, y luego nos sentamos a ver la tele en el sofá. Presa de quién sabe qué esta vez, me volví a quedar dormida hasta que mi novia me despertó porque se marchaba a un curso que tiene dos sábados de cada mes. Yo me quedé en casa recortando noticias de un montón de periódicos, especialmente las relacionadas con la homosexualidad, que mi novia y yo vamos guardando en una carpeta.

A media tarde me arreglé para ir a buscarla. Habíamos quedado en Chueca; yo llegaba demasiado pronto y me mordía los labios pensando en la manera de hacer tiempo, ya que no me había llevado ninguno libro para leer en el metro porque ando enganchada con uno que no es nada fácil de transportar (por su tamaño). Sin embargo, cuando ya terminaba de subir las escaleras, ella me salió al paso: ¡había salido un poco antes y ya estaba allí, esperándome! Nos fundimos en un beso, nos reímos alegremente, y después ella me señaló una mesa en la que estaban recogiendo firmas en contra de la pena de muerte que se practica a los homosexuales en Irán. Charlamos un rato con el chico que las recogía, y yo firmé un poco más abajo de donde había firmado mi novia diez minutos antes.

Después nos dimos nuestro paseo clásico por Chueca, que consiste, básicamente, en dar vueltas concéntricas alrededor de la plaza. También visitamos Berkana, la librería de temática que hay en la calle Hortaleza, y estuvimos echándole un vistazo a las novedades. Mi novia se ha interesado recientemente por la teoría queer, a través de una filósofa llamada Beatriz Preciado, y yo le animé a comprar un libro sobre el tema; para variar, ella me miró con cara de pena y yo adiviné sus intenciones: quería que yo me lo leyera y luego se lo contara. “¡Pero es que a mí no me apetece nada ahora mismo leer sobre eso!”. Así que, finalmente, salimos con las manos vacías.

Luego nos fuimos a tomar unas cañas en una de las terrazas donde ya se puede disfrutar del buen tiempo, y ella me estuvo explicando qué había aprendido en el curso. Desde su silla, se veía toda la plaza de Vázquez de Mella, animada por múltiples razones, y ella se distraía constantemente de la conversación. Yo, que no tenía la misma suerte, me consolaba con mirar hacia una tienda carísima donde nunca entraba nadie y, a mi parecer, las dependientas se aburrían un montón.

Al final de la tarde nos fuimos a cenar a un restaurante que nos gusta bastante, pero descubrimos que habían cambiado la carta y que ahora, además de caro, dejaba mucho que desear. Mientras nos marchábamos, no me resistí a hacer mi comentario heterófobo del día: “¿Te has fijado en que casi todas las parejas del restaurante eran heteros? ¡Venir hasta Chueca para esto!”. En fin.

Durante toda la tarde fuimos visibles, pero al volver a casa en metro dejamos de darnos la mano, besarnos, abrazarnos y mirarnos con amor. ¿Por qué? Además de porque mi novia se encontró a alguien de su trabajo (una organización religiosa donde no le es fácil expresarse tal y como es), porque, al menos a mí, me da un poco de miedo la gente que viaja con nosotras hasta nuestra casa. Tal vez sean prejuicios que deberían hacer que me replantease mi nivel de visibilidad, pero no me siento cómoda evidenciando que soy lesbiana delante de ciertas personas, especialmente hombres. Sinceramente, me siento amenazada en mi integridad.

Cuando llegamos a casa, yo tenía la ilusión de que nos sentásemos un rato en el balcón a disfrutar de la noche pre-veraniega. Sin que me diera cuenta, salió la vecina del balcón de al lado y mi novia se quedó petrificada de la vergüenza. Mientras tanto, yo ponía a parir a los vecinos de enfrente, que habían hecho una barbacoa en la terraza que ahumaba toda la calle. Casi nos recogíamos ya cuando advertí la presencia de la vecina, y le eché la bronca por no haberle dado las buenas noches. “Este barrio es como un pueblo, cielo, tienes que ser educada”. A mi novia no le gusta la idea de que los vecinos sepan que somos pareja; a mí, que para otras cosas soy mucho más parada, me hace ilusión que se enteren.

Y hasta aquí nuestra celebración del Día de la Visibilidad.
Poco militante pero no por ello menos valiente, creo yo.

Encantada.

viernes, 25 de abril de 2008

En paz

Llevo un tiempo deseando comentar dos noticias bastante polémicas sobre las que no me resisto a dar mi opinión: la primera es la del embarazo de Thomas Beatie; la segunda, la de la muerte de Chantal Sébire. Por respeto, pero también por justicia, creo que lo mejor que se puede hacer por estas dos personas es, sencillamente, describir su situación.

Thomas Beatie nació en un cuerpo de mujer a pesar de que, en su interior, siempre supo que era un hombre. Los sentimientos, ideas, pensamientos, contradicciones, miedos que le han acompañado a lo largo de su vida pueden alcanzar tal complejidad que sólo él tiene el derecho de definir qué significa ser transexual. Su ejemplo nos muestra que no hay una sola transexualidad: el proceso que las personas transexuales sufren para disfrutar de un adecuada reasignación de sexo sólo ellos deberían controlarlo, sólo ellos deberían decidir cómo, cuándo, hasta dónde.

Thomas Beatie lo decidió. Decidió mantener su aparato reproductor femenino. ¿Por qué? Porque sí. Porque en esta decisión residía su bienestar. Heterosexual, comprometido con su pareja y con el sueño de formar una familia, descubre que su mujer no puede quedarse embaraza. ¿Por qué? Porque no. Porque hay cosas en la vida que no podemos elegir.

Thomas Beatie se enfrenta a una nueva serie de sentimientos, ideas, pensamientos, contradicciones, miedos, que lo llevan a tomar la decisión de quedarse embarazado. Y ya está. No es un monstruo, un hereje, un delincuente. Es lo que es, sin más.

Chantal Sébire era una persona vital, que disfrutaba de su trabajo y de su familia hasta que una enfermedad terrible destruyó su felicidad. Luchó por sobrevivir, por curarse, durante varios años, pero llegó el día en que no pudo más. Aquello no era vida y necesitaba descansar.

Chantal Sébire tenía la ilusión de hacer una gran fiesta con todos sus seres queridos y después poder marcharse en paz. No pudo ser. Tuvo que morir sola, quién sabe si en medio de terribles dolores, alejada de los suyos y renunciando a su derecho a la dignidad. No pudo elegir sobre su propia vida: otros habían tomado ya la decisión.

Si yo fuera el hijo de Thomas Beatie, si fuera uno de los hijos de Chantal Sébire, me sentiría profundamente orgullosa de mis padres. Admiraría su lucha, el amor que me han tenido, su sentido del derecho, de la justicia, de la dignidad. Aun sin ser su hijo, les agradezco que, con su ejemplo, hayan contribuido renovar la esperanza que en ocasiones perdemos para seguir creyendo en un mundo mejor.

A las personas que les marginan, que les consideran monstruos antinatura, que dicen defender no sé sabe muy bien si la vida o la muerte mientras braman contra su presunto pecado, todo mi desprecio y una sola frase: déjennos en paz. Cumplan ustedes con sus ideas, que nosotros, si nos dejan, lo haremos con las nuestras. Y guárdense de seguir cometiendo el peor de los pecados: hacer infeliz al resto de la humanidad.

Encantada.

jueves, 24 de abril de 2008

Sor Juana (II)

Uno de los escritos de Sor Juana que he leído con más interés es el que se conoce como Respuesta a Sor Filotea, pseudónimo tras el que se oculta el entonces obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz. Este ensayo viene motivado por la publicación de otro de sus textos, la Carta Athenagórica, una refutación al sermón del padre Vieyra, importante líder jesuita, en el que se discute cuál fue la mayor muestra de amor de Cristo a la humanidad. Sor Juana fue traicionada por el obispo de Puebla, el cual, a pesar de considerarse su amigo, hizo pública la Carta sin su consentimiento, con el fin de criticar a través de ella a uno de sus rivales, despreciando el daño irreparable que la escritora recibiría con ello. En medio de unas intrigas que, por lo demás, deberían haberle resultado ajenas, Sor Juana trata de defenderse de toda clase de acusaciones escribiendo su Respuesta.

Personalmente, me sentí atraída desde el primer momento por las notas biográficas que Sor Juana desliza entre la gran cantidad de citas de autoridades que pueblan su ensayo. Quizá porque me siento plenamente identificada, destacaría aquellas en que explica el gran amor que siempre sintió hacia el estudio, presentándolo como una tendencia irresistible y un don que recibió a muy su pesar:

Desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones (que he tenido muchas), ni propias reflejas (que he hecho no pocas), han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña.

La poderosa inteligencia de Sor Juana se muestra de manera incuestionable en una de las anécdotas que refiere sobre su infancia:

No había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.

La niña que fue Sor Juana ya percibe el estudio como algo prohibido; sin embargo, se esfuerza por aprender, aplicándose ella misma llamativas sanciones:

Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños.

Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres (y más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

Sor Juana entiende también, desde muy pronto, que el estudio es algo que está vedado a las mujeres. Por eso intenta llevar a cabo lo que muchas consiguieron en la época: hacerse pasar por hombre y así lograr asistir a la Universidad. Sin embargo, su madre se niega a concedérselo:

Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad.

Aun habiendo renunciado a su sueño universitario, la altura intelectual se Sor Juana fue admirada desde el primer momento por las personas que la rodeaban:

Pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.

Las presiones que, desde muy joven, tuvo que soportar por el mero hecho de sentirse atraída hacia el estudio, la llevaron a ordenarse monja; a pesar de lo cual siguió sintiendo la llamada de ese presunto pecado que era su inteligencia. Además de este motivo, ella misma explica que no encontró otra salida decente para su vida, ya que sentía una natural animadversión hacia el matrimonio que la animaba a vivir sola, lo cual hubiera sido un escándalo para una mujer de su época y condición:

He intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio; y que no otro motivo me entró en religión, no obstante que al desembarazo y quietud que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad.

Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huía de mí misma, pero ¡miserable de mí! trájeme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo en esta inclinación, que no sé determinar si por prenda o castigo me dio el Cielo, pues de apagarse o embarazarse con tanto ejercicio que la religión tiene, reventaba como pólvora.

Pero todo ha sido acercarme más al fuego de la persecución, al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar que se me prohíba el estudio. Una vez lo consiguió una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el
me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe.

Este modo de reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello, que antes me suelo enfadar porque me cansa la cabeza; y yo creía que a todos sucedía esto mismo y el hacer versos, hasta que la experiencia me ha mostrado lo contrario.

Esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese.

No deja de sorprenderme que el simple hecho de ser una persona curiosa, reflexiva, y (creo que nunca lo subrayaré suficiente) de una inteligencia extraordinaria, llegase a ser sospechoso de herejía sólo por encarnarse en una mujer. En cualquier caso, no me parece adecuado interpretar a Sor Juana como una joven ilusa y asustada que realmente creía estar pecando por emplear sus dones en el estudio; muy al contrario, es necesario tener en cuenta que se encontraba en medio de unas intrigas que terminarían hundiéndola tanto personal como artísticamente, de ahí que trate de excusarse por el excelso uso que hacia de sus virtudes, las cuales, no obstante, habrían debido llenarla de justo orgullo.

[Continuará…]

domingo, 20 de abril de 2008

Herencia matrilineal (II)

Uno de los recuerdos más curiosos que guardo de mi abuela materna es su imagen saliendo a recibirnos en bata un domingo cualquiera. No, no era la bata, o la ropa de estar en casa, o las zapatillas, lo que llamaban mi atención infantil; era el par de trapos del polvo, perfectamente doblados, que se colocaba bajo las suelas de los zapatos, y sobre los que se patinaba cada habitación, con la meta combinada de no ensuciar lo recién limpiado, y de paso, abrillantar.

Mi padre siempre cuenta orgulloso cómo sentó las bases de la relación con su suegra el día que ella le ofreció colocarse los trapos del polvo bajo los zapatos y él se negó. Yo, sin embargo, siempre añoré que mi abuela me invitase a patinar con ella, porque me parecía de lo más divertido recorrer la casa montada sobre bayetas, y como elemento insuperable de placer, hacerlo de su mano.

Comparada con mi abuela, mi madre siempre fue el colmo de la modernidad. Cambió los trapos del polvo por una mopa, dejó de limpiar el suelo de rodillas y se pasó a la fregona con palo, y por supuesto, nunca osó involucrar a mi padre en determinadas tareas. Sin embargo, no en vano fue mi abuela la que le enseñó los secretos de su profesión, de manera que mis recuerdos infantiles sobre los domingos familiares empiezan de manera invariable con mi madre abriendo las ventanas de par en par, pasando la aspiradora tan rápida como eficazmente por todas las habitaciones, y condenándonos a mi hermano y a mí a morirnos de frío refugiados en el último rincón.

Por mi parte, desde muy pequeña renegué de la herencia que mi madre y mi abuela me brindaban. Siempre consideré que ambas estaban obsesionadas con la limpieza, que malgastaban su tiempo en una actividad demasiado femenina, demasiado tradicional. Siempre creí que el empeño que volcaban en abrillantar cada superficie de la casa podía ser más útil en otro campo, que su energía se perdía inútilmente entre escobas y trapos, que no sabían dirigirla bien, que tiraban sus domingos y gran parte de su vida por la misma ventana por la sacudían el mantel.

Alcancé a entender algo de todo aquello cuando mi reloj biológico empezó a marcar la hora de la independencia. De pronto, algo en mí decidió sin consultarme que mantener limpia y ordenada mi habitación era una prioridad. Que cambiar las sábanas cada semana, pasar la aspiradora, quitar el polvo, constituían un rito de suma importancia para mi equilibrio interior. Y así, comprendí que debía irme de casa el día que me sorprendí a mí misma deslizando un dedo acusador por una de las estanterías del salón.

Sin embargo, la importancia que otorgamos a la limpieza no es sólo es una muestra de autonomía personal, los actos de ordenar y colocar no apuntan sólo a la expresión de nuestra individualidad, sino que también, incluso por encima de todo ello, significan control. Tanto mi madre como mi abuela fueron mujeres que, como muchas otras, vieron frustradas en muchos campos sus ansias de realización vital. Ninguna obtenía de la vida lo que deseaba, pero al menos su casa estaba limpia, ordenada, y siempre recibían los halagos y felicitaciones de las visitas.

Entendí esto un día que llegué a mi propia casa cansada, deprimida, asustada, enfadada, frustrada, y agarré frenéticamente la aspiradora mientras me colgaba el trapo del polvo en el hombro. Mi madre seguía sin aceptarme, pero al menos las bolas de polvo ya no campaban a sus anchas por el salón; de mi familia sólo me llegaban problemas, pero las estanterías estaban limpias y los libros perfectamente alineados; el mundo parecía estar en mi contra, mi vida era un completo caos, pero en mi casa, en mi refugio, se respiraba equilibrio, paz y tranquilidad.

Hoy creo que la limpieza, esa actividad tan íntima, tan casera, tan injustamente femenina, puede ser un rito importante de renovación, un ejercicio imprescindible de equilibrio, una fuente siempre disponible de paz. Si no sintiésemos frustraciones, si no necesitásemos desahogarnos, quizá podría seguir interpretándola como lo hacía en mi infancia, cuando sólo la consideraba una injusta esclavitud. Pero hoy entiendo muchas más cosas de la vida, entiendo mucho más sobre las mujeres que me rodean, y sé que, dentro de unos límites que debemos superar, cercadas por las barreras que aspiramos a romper, hemos sabido encontrar esos espacios de control, de realización, de armonía con un ambiente permanentemente hostil. De esa habilidad extraigo la enseñanza, sin olvidar que se ha encarnado nada casualmente en el acto concreto de agarrar una bayeta y frotar.

Aunque cuestionable e incluso desesperada, hoy estoy encantada de haber aceptado esta parte de mi herencia matrilineal.