domingo, 31 de agosto de 2008

Centinelas de mi armario

Una de las cosas que más me fastidian de estar todavía en el armario (con las personas con las que todavía estoy en el armario) es la cara de gilipollas que se me queda cada vez que me veo obligada a hacerme pasar por la solterona adicta al trabajo y al estudio que ni tiene vida ni planea tenerla que no soy.

Porque podría serlo. Podría estar soltera por decisión propia o sencillamente estarlo sin ningún problema, podría estar en un momento de expansión profesional que me hiciese centrarme en el trabajo y el estudio por encima de todo, podría estar viviendo una fase de cerrazón social para renovarme por dentro o vete tú a saber qué. Pero nada de eso está ocurriendo y yo tengo que hacer como que sí.

La última vez que ocurrió fue en una cena familiar. Suerte que esto no pasa más que una vez cada tantos años, porque a mis padres no les visita mucha gente y cuando ellos visitan a la familia yo no les acompaño. Pero el último sábado los astros se alinearon para que ocurriera y allí estuve yo.

Lo irónico de mi caso es que la historia no consiste sólo en evitar el tema, sortear las preguntas para que nadie indague sobre tu vida, hacerte pasar por la que sólo habla del trabajo y pretende seguir estudiando hasta que se le caigan los ojos; esa es una habilidad que, contra mi voluntad, he terminado controlando a duras penas. Mi problema es que me someto voluntariamente a ese calvario con la ayuda inestimable de mis padres, que conocen mi situación, que saben que vivo con mi novia, y que muy amablemente me ayudan a encerrarme en el armario bajo siete llaves para no salir jamás.

Ejemplo nº 1.

Mi Tía Del Pueblo.- Así que estás estudiando otra carrera...
Encantada y Muy Sufrida.- Sí...
Mi Tía Del Pueblo.- Y después, ¿qué piensas hacer?
Mi Madre Al Ataque.- Pues estudiar otra, que ya se lo decía yo el otro día, que cuando termine esta carrera lo que tiene que hacer es estudiarse otra, que es lo que le gusta a ella...
Mi Tío Del Pueblo.- Bueno, pero digo yo que la chiquilla tendrá que vivir su vida algún día...
Mi Madre Al Ataque.- Huy, pero si es que a ella le encanta estudiar, que le gusta mucho estudiar, vaya, que no va a dejar de estudiar nunca...
Encantada y Muy Sufrida.- Que no mamá, que yo estudio esta y ya está, que no me voy a pasar la vida estudiando...
Mi Madre Al Ataque.- Huy que no, ya verás, ya, ¡pero si a ti te encanta...!

Vamos, que cuando tenga nietos iré ya por la decimoquinta carrera.

Todo esto para evitar la pregunta/reprimenda que flotaba en el ambiente: “¿Cuándo te echas novio, niñata, que se te va a pasar el arroz, que hemos tenido mucha paciencia desde que dejaste al último porque estabas buscando trabajo, pero que ya está bien, viviendo sola y sin un hombre, menuda vergüenza...!”.

Pero el asunto no queda ahí. No sólo me mantengo en el armario de la mano de mi mamá, sino que tengo que ir arreglando los desaguisados que me crean por si algún día me armo de valor y decido salir.

Ejemplo nº 2

Mi Tía Del Pueblo.- Pero tú, ¿con cuántas amigas vives? ¿Con dos? ¿O con cuántas?
Encantada y Muy Sufrida.- No, tía, yo vivo con UNA “amiga”, UNA solo.
Mi Tía Del Pueblo.- Ah, pues entonces lo tienes fácil: te vas a vivir con dos, y así ahorras en alquiler para comprarte un piso.

Vamos, que mis padres les debieron de decir que me había ido a vivir con una legión de solteronas, y eso sí que no, que terminarán apañándome la vida para que me compre un piso y así resulte más atractiva a los hombres, cuando yo lo que quiero es que sospechen, que sospechen de su sobrina la solterona y de su “amiga”... ¡que la historia es muy sospechosa, coño!

En fin. La verdad es que no tengo fecha para salir del armario con mi familia extensa, bastante tengo ya con la próxima, y además, dudo mucho de que me aporte nada positivo. Aún así, sigo soñando con ese día en que, repudiada o como sea, me haya librado de este tipo de conversaciones absurdas.

Ese día sí que voy a estar encantada.

lunes, 25 de agosto de 2008

Descerebrada

Cada vez que se publica un artículo sobre las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres o heterosexuales y homosexuales, me preparo para lo peor. El último que leí, hace algunos meses, conjugaba ambos temas, así que no me defraudó.

Esta vez los científicos juraban haber encontrado diferencias entre el tamaño de los hemisferios y las conexiones neuronales de la amígdala cerebral. Al parecer, tanto los hombres heterosexuales como las mujeres lesbianas tienen el hemisferio derecho del cerebro mayor que el izquierdo; por su parte, mujeres heterosexuales y hombres gays lo tienen simétrico. En cuanto a la amígdala, no sé qué conexiones (no lo explicaban) son similares entre hombres heterosexuales y mujeres lesbianas, y entre mujeres heterosexuales y hombres gays.

En fin, que para este viaje no se necesitaban alforjas: al fin y al cabo, que los gays son como niñas y las lesbianas como maromos lo sabe cualquier paleto (!).

Los científicos, probablemente porque eran suecos (y según la tradición popular, los nórdicos son puros como la nieve), se apresuraron a asegurar que las diferencias morfológicas observadas no podían atribuirse “primariamente” (¿?) a los efectos del aprendizaje. Pero eso, teniendo en cuenta nuestra ignorancia en temas cerebrales, aún está por ver.

El caso es que a mí me suele llamar la atención en estos “experimentos” la selección tan significativa que hacen de los “sujetos”. En primer lugar, porque siempre es gente de mediana edad: en este caso concreto, hombres y mujeres estaban en torno a los treinta años. Y digo yo que, si realmente quieren probar que los cerebros varían según el sexo, deberían experimentar con recién nacidos o incluso con fetos, lo cual demostraría de una vez por todas que los hombres (y las lesbianas, al parecer) nacen ya con un cerebro descompensado, mientras que las mujeres (y los gays) no. Ignoro si hay experimentos de ese tipo, porque la verdad es que nunca me he topado con ninguno. De todas formas, creo que cualquier científico medianamente razonable (como deberían serlo todos) estaría conmigo al considerar que, después de treinta años sufriendo una socialización tan segregada como la que se produce entre sexos y, quizá en menor medida, entre personas de distinta orientación sexual, dicho aprendizaje social “de algún modo” ha podido dejar una huella en la morfología del cerebro.

Por su parte, la selección de personas en relación a su orientación sexual me resulta ya el acabose. Porque ningún experimento ni ninguna teoría científica se libra del sesgo de la visión del mundo y el paradigma de cada cual, de manera que, cuando se escogen “sólo” homosexulaes y heterosexuales, se está diciendo mucho más de lo que se cree. Principalmente, que el experimento se inscribe en una concepción dicotómica de la realidad, donde sólo se preven los extremos de lo que podría ser un continuo, y estos extremos se consideran, probablemente, excluyentes. Para que nos entendamos: ¿por qué nunca se contempla la participación de personas bisexuales en estos experimentos? ¿Acaso no importa cómo tengan ellas el cerebro? ¿O es que se piensa que la bisexualidad es sólo un estado transitorio, una postura inmadura, o directamente, inexistente? ¿Y con esas consideraciones pretenden que consideremos sus estudios serios, concluyentes, o sencillamente, válidos?

Por otro lado, este experimento, como tantos otros, apunta al efecto de las hormonas como desencadenante tanto de las presuntas diferencias entre hombres y mujeres como de las que al parecer se producen según la orientación sexual. Y a pesar de que la hipótesis resulta interesante, creo que todavía queda mucho camino por andar. Personalmente, un tema que me parece relevante es el hecho de que este efecto hormonal no se traduzca en ninguna diferencia biológica, sólo conductual. Vamos, que a las lesbianas nos gustan las mujeres pero no por eso tenemos más pelo, ni los pechos necesariamente pequeños, ni nuestro ciclo menstrual alterado.

En resumen, que cuando pienso en lo bien que me oriento (cosa propia de tíos), en mi relativa soltura lingüística (cosa propia de tías), en mi afición por conducir (cosa propia de tíos), en mi gusto por la cocina (cosa propia de tías), y a eso le sumo mi condición de lesbiana, trato de imaginar cómo será mi cerebro y sólo me siento de una manera: DESCEREBRADA.

sábado, 23 de agosto de 2008

Guiños a la romana

Esta semana, mi novia y yo hemos hecho una escapadita a Mérida, ciudad de imponentes vestigios romanos y un festival de teatro más que especial.

Allí descubrí que tengo una curiosa afición: quedarme absorta observando ruinas y reconstruyendo en mi cabeza su esplendor perdido. Como si de una “matrix reloaded” se tratara, las vasijas, pinturas, casas y monumentos iban recuperando su belleza, su luminosidad, sus pedazos derruidos, llenándose de gente, de bullicio, de olores. Me veía a mí misma como una espía extranjera que se colaba en la vida de las personas de hace veinte siglos y las sorprendía en sus quehaceres escudriñándolas desde la impunidad.

Eso implicaba quedarme diez minutos mirando fijamente un cacho de plato raído.
Mi novia, una mujer de más cordura, no compartía esta devoción.

Una tarde, mientras sorbíamos nuestra limonada sentadas en un banco, vimos pasar a una pareja de mujeres lesbianas cogidas de la mano. Llevaban el pelo corto, la ropa ajustada, y su andar era de lo más natural. Mi novia sugirió que en aquella plaza rellena de gentucilla su aparición provocaría cierto revuelo, pero la verdad es que no fue así. Tal vez, en algún momento, alguien advirtiera su presencia, pero la normalidad con la que ellas paseaban seguramente hizo que los demás se replanteasen su presunta extraordinariedad.

Y nosotras felices de encontrarnos paisanas allá donde vamos, que dan ganas de ir a saludarlas aunque no las conozcas de nada, porque en el fondo, ¡sientes que tienes tanto en común...!

Mi parte de normalidad la aporté al día siguiente, justo antes de visitar el teatro romano. Mi novia y yo estábamos sentadas bajo un árbol, con la mirada perdida y el cuerpo sudoroso, tratando de recuperar algo de aliento antes de seguir achicharrándonos entre piedras, cuando, de pronto, escuché mi nombre en la lejanía. Yo sonreí cual subnormal profunda, jactándome de mi inteligencia privilegiada y pensando: “Cualquier otra habría levantado la cabeza, pero yo sé que no es a mí”. Sin embargo, la voz se fue acercando, y justo antes de que me gritara al oído, apenas antes de que mi novia me arreara un codazo, levanté la cabeza y lo vi: ¡era mi jefe!

Bueno, no era mi jefe actual, sino mi jefe del año pasado, un jefe al que odiaba y que me hizo la vida imposible día a día, aunque después de verle en el teatro he llegado a la conclusión de que el hombre realmente creía que lo estaba haciendo bien. El caso es que me levanté de un brinco, le saludé con la frescura de una recién duchada, charlamos animadamente durante dos minutos y yo contesté a todo lo que me decía con una sonrisa a pesar de que sólo me llegaba la mitad, porque entre el sobresalto y el calor se me había taponado un oído y sentía como un yunque mamografiaba mi cabeza.

Cuando se marchó y me volví a sentar, mi novia me preguntó si era alguien de mi familia, y yo sonreí y le expliqué que era el hombre del que había echado pestes cada día durante el año anterior. Ella se quedó bastante sorprendida por mi reacción, y yo me sorprendí aún más cuando me di cuenta de un pequeño gran detalle: en ningún momento pensé “oh, no, me ha pillado con mi novia, ¡¡horror!!”.

Verdad era que no había forma hetero de deducir que la chica que me acompañaba era mi novia, pero en tantos otros momentos de mi vida, encontrarme con alguien mientras paseaba con ella, aunque fuera a un metro de distancia, formaba parte de mis peores pesadillas. Y sin embargo, al fin había ocurrido, y no sólo con alguien, sino con mi jefe, y contra todo pronóstico, ¡yo ni siquiera me había dado cuenta!

En fin, que la vida te guiña un ojo donde y cuando menos te lo esperas, porque, ¿quién me iba a decir a mí que, a 300 kilómetros de mi casa, a las dos de la tarde y en pleno mes de agosto, cobijada bajo un árbol y ahogándome en mis propios jugos, me iba a encontrar a uno de los seres más despreciables con los que me he topado en la vida e iba a lograr no sólo ser simpática, olvidar y superar de un golpe viejas rencillas, sino también sobrellevar con naturalidad interna el hecho ineludible de ser lesbiana...?

¡Encantada!

jueves, 14 de agosto de 2008

En ruta

Hace poco leí en una revista que unos investigadores que estaban estudiando la manera en que los animales establecen sus comportamientos de grupo y decidieron comprobar si ciertos mecanismos se podrían reproducir en humanos. Para ello, hicieron un experimento del que se pueden sacar conclusiones muy interesantes.

Los investigadores habían descubierto que los animales que convivían en grupo eran capaces de tomar decisiones homogéneas sin comunicarse entre ellos, como cuando una manada cambia de rumbo en una estampida o cuando las bandadas de pájaros hacen sus viajes migratorios. Para comprobar si los humanos podíamos hacer lo mismo, pusieron a doscientas personas a deambular por un vestíbulo, con la única condición de que no se separasen de la persona más próxima más allá de un brazo de distancia. Sólo diez de las doscientas personas participantes habían recibido instrucciones sobre la dirección del recorrido, y en sólo quince minutos todo el grupo adoptó la misma dirección, organizándose sin ninguna comunicación y sin sugerencias previas acerca de la necesidad de actuar como los demás.

Después de explicar el experimento, el autor del artículo animaba a sus lectores a creer que un pequeño cambio en el comportamiento de muy pocas personas podía generar un gran cambio en toda la sociedad.

La verdad es que esta lectura me animó bastante, y me resulta muy inspiradora para esos momentos en los que pienso que si yo no hiciera nada de lo poco que hago para que este mundo sea un pelín mejor, nadie lo notaría, y por lo tanto, mi hacer o mi no hacer dan exactamente igual. Porque la realidad, como acostumbra, es paradójica: mi comportamiento no importa demasiado, pero forma parte del comportamiento colectivo que hace que todo cambie, y con un poco de suerte, para bien.

Encantada de seguir ahí.

martes, 12 de agosto de 2008

Una pluma de quita y pon

Una de las actitudes que más me duele dentro del ambiente homosexual es la plumofobia. Me duele ver cómo tanta gente que ha sufrido personalmente una discriminación determinada es capaces de perpetuar otra que, aunque insista en negarlo, comparte con la anterior una misma raíz. La marginación de las personas no heterosexuales, así como la marginación de quienes no se ajustan a unos patrones de género preestablecidos, beben ambas de las fuentes de un patriarcado que no nos mostrará clemencia por muchos esfuerzos que realicemos para matizar nuestras “desviaciones” y llevarnos bien con él.

Claro que tampoco me convence la opción que se podría considerar contraria: la de quienes defienden que la pluma es una parte esencial de su personalidad, como si llevar deportivas o maquillarse fuera algo prescrito desde nuestro código genético.

El hábito no hace al monje, y por eso yo creo que la pluma es algo de quita y pon.

Lo cual no quiere decir que mostrar o no pluma en un momento u otro de nuestras vidas, en una actividad cotidiana u otra, con unas personas o con otras, no tenga un significado profundo que no determina pero sí condiciona nuestra actuación. Porque lo más importante de la pluma no es ella misma, sino su significado.

En mi experiencia vital, he tenido una relación fluctuante con mi pluma, una relación llena de significado que hace que mi pluma no haya sido casual, pero tampoco parte determinante de mi herencia biológica. Y aunque esta es una teoría personal salida de mi propia experiencia, tengo la osadía de pensar que se podría aplicar de manera general.

Cuando era muy pequeña, y todavía no había adquirido las estructuras mentales de qué es un hombre y qué es una mujer, vivía de manera natural el hecho de tener pluma. No me sentía mal por ello porque aún no comprendía que existían reglas sociales que lo sancionaban. Simplemente, se ajustaba de manera natural a mi personalidad, la cual reunía muchas otras características que con el tiempo sabría que eran consideradas como masculinas, y que yo vivía con gran orgullo y sin pizca de remordimiento.

Alrededor de los seis años, cuando empecé a entender que en la sociedad había normas y creí, según las posibilidades que mi nivel de desarrollo me brindaba, que esas normas eran incontestables debido a su bondad esencial, mi fluir natural se colapsó y mi pluma desapareció de manera repentina. Dejé de lado muchas de mis actitudes masculinas, pero no como resultado de una reflexión consciente acerca de lo que está bien y lo que está mal, muy lejos de mis capacidades, sino como un efecto no buscado y conseguido; como cuando un niño es capaz de meter el triángulo en el agujero circular sólo porque el círculo es mayor sin darse cuenta de que la pieza no es la que se pedía.

Esta situación, no obstante, duró muy poco. Alrededor de los nueve años, quizá antes, recuperé mi pluma, pero con un nuevo matiz. Yo ya sabía que mis actitudes masculinas, entre las cuales mi obcecación por llevar pantalones era sólo una más, eran consideradas por otras personas, algunas de mi misma edad, como algo que estaba mal, que no era adecuado en una niña como yo. Por eso mi pluma dejó de ser simplemente algo que fluía conmigo para pasar a ser una actitud contestataria. Mi pluma se oponía entonces a la no-pluma de muchas de las niñas que me rodeaban, iba acompañada de cierto rencor y desprecio por aquello que yo no era y que nunca podría ser, y me acercaba por primera vez a los niños, que hasta ese momento no eran un grupo diferenciado y que poco a poco fui identificando como aquellos que, de alguna manera, eran como yo.

Con la llegada de la pubertad, nuevamente, mi relación con la pluma varió. Las chicas y los chicos se separaron en dos compartimentos estancos que se atraían y repelían con una fuerza brutal. Ya no era fácil ver en los chicos a unos semejantes, porque ellos ya no me reconocían como tal y sus actitudes sexuales me eran ajenas, mientras que las chicas me resultaban un poco más amables y su compañía ya no me era tan odiosa. Pero, por encima de todo esto, lo que me hizo abandonar la pluma de nuevo fue la necesidad de forzar mi posicionamiento sexual. Ser capaz de atraer al sexo opuesto se convirtió en la mayor virtud, y todas las chicas sabíamos qué resultaba atractivo y qué no. En esos años tan sensibles, para mí fue más importante ganar cierto prestigio, asegurándome la supervivencia en sociedad, que mantener mis anteriores actitudes contestatarias o atreverme a cuestionar mi orientación sexual.

Poco a poco, sin embargo, mi relación con la pluma se fue haciendo más específica. Es decir: yo sabía en qué contextos podía permitirme algo más de pluma y en qué contextos no. Lo cual se traducía en salir los fines de semana pintada como una puerta e ir a clase a diario con una camiseta siete tallas mayor. Sólo me importaba ser “femenina” para atraer a los chicos; era un medio, no un fin. Ajustaba bastante mal con mi personalidad, pero me valía para conseguir mis logros, así que lo utilizaba de manera ejemplar.

Mi feminidad se relajó, no obstante, cuando tuve mi primera relación estable. Apenas me sentí segura de los sentimientos de mi ex novio, una oleada de pluma sacudió mi aspecto hasta extremos que incluso a mí me resultan llamativos. Esta vez tampoco fue fruto de una decisión premeditada; sencillamente, mi inconsciente se rebelaba ante una situación a todas luces inapropiada. Yo lo justificaba de mil maneras porque realmente no conocía la causa de mi actitud, pero está claro que, sin en algún momento mi pluma tuvo un significado profundo, fue entonces.

Cuando nuestra relación se rompió, volví a llenar mi armario de ropa femenina y me dejé el pelo más largo que he tenido jamás. De alguna manera, necesitaba deshacerme de la radicalidad de mi actitud anterior, que sólo pretendía defenderme frente a una amenaza muy clara, pero que no se correspondía del todo con la verdad de mi ser. Sentía que necesitaba recuperar muchas partes de mi yo que se habían inhibido, pero a la vez, era una forma de rebelarme ante mi experiencia anterior. Obviamente, mi pluma provocaba las críticas de mi ex, y una vez que lo dejamos, me vengué haciendo todo aquello que a él le hubiera gustado y que yo me resistía a llevar a cabo por sentirlo como una imposición.

Desde entonces, y a medida que he ido descubriendo que mi pluma apuntaba muchas veces en dirección a mi inexplorada orientación sexual, he seguido dos caminos en mi relación con ella. Por un lado, cuando me siento (y me permiten estar) tranquila y en paz con mi lesbianismo, incluso cuando me alejo un tanto del activismo, feminista u homosexual, exploro más ligeramente mis actitudes femeninas, que son muchas y que, de alguna manera, siempre han estado ahí. Sin embargo, cuando siento mi identidad amenazada, especialmente ante el eterno pensamiento de “tú no eres lesbiana porque no lo pareces”, cuando comprendo la necesidad acuciante de compromiso, utilizo la pluma como parapeto, como provocación ante una sociedad que se niega a entender la diversidad y el carácter fluctuante de las experiencias.

Con esto no quiero decir que en las demás personas la pluma signifique lo que significa en mí; pero sí que, en todos, la pluma tiene un significado. Que no está determinada, como prueba el hecho de que la pluma sea independiente de la orientación sexual; sino que es expresión de nuestra personalidad bajo determinadas circunstancias, una expresión motivada, aunque los motivos permanezcan en el inconsciente.

Por eso creo que debemos respetar la pluma, propia o ajena, hetero u homo, porque significa cosas, da cuenta de cosas, forma parte de la historial personal y los demás, desconocedores generalmente de nuestros semejantes, no somos nadie para juzgar o imponer normas ridículas sobre cómo han de comportarse otras personas.

Que la pluma esté motivada no quiere decir que se pueda o se deba cambiar. Debemos aprender a respetarnos en nuestras circunstancias, en nuestras diferencias, especialmente las personas homosexuales que tanto nos quejamos de la falta de respeto de la sociedad.

Encantada con una pluma que sólo me quito y me pongo yo.

lunes, 4 de agosto de 2008

Negar la evidencia

Últimamente me he dedicado a visitar varios blogs sobre vegetarianismo y defensa de los animales, y he encontrado cosas realmente estupendas. Pero también algunas profundamente penosas, como el hecho de que algunos de los activistas que los llevan tengan que gastar su precioso tiempo en defenderse de argumentos patéticos tipo “los animales no sienten”.

Es decir: se puede optar por comer carne y punto, esgrimiendo, si procede, argumentos de tradición, instinto, comodidad, algo parecido a salud, o lo que sea. Se puede optar por acudir a las corridas de toros y otras muestras de crueldad contra los animales, y utilizar los mismos argumentos. Se puede uno apretar el paquete con ambas manos y menearse al ritmo del “me la pela”. Hay muchas opciones, más o menos comprometidas, más o menos éticas; pero lo que por nada del mundo me parece una opción es negar la evidencia.

Los animales sienten. Entiendo que sea difícil de ver en el caso de un calamar o un boquerón, pero en los ojos de todos los mamíferos, de todos los reptiles, de todas las aves y de muchísimos peces se reflejan el sufrimiento y el dolor como en el espejo más limpio. Cuando se les arranca la piel, cuando se les mata a palos o a sablazos, cuando se les quema vivos, los animales sufren, sufren como lo haría cualquiera de nosotros en una situación parecida, en la que nuestro cerebro racional se desconectase y sólo nos quedara el mismo terror e incomprensión que les queda a ellos.

Otra cosa es que alguien decida que puede vivir con ello, pero ¿negar la evidencia?

Claro que no sé de qué me espanto. Todavía hay quien defiende que las mujeres somos una subespecie y que como tal debemos ser tratadas, que los negros son el eslabón perdido entre el hombre y el mono, que las personas discapacitadas estarían mejor gaseadas, que los homosexuales somos delincuentes que merecemos electrocución inmediata.

Y aún así, me cuesta creer que todavía existan personas que nieguen la evidencia. Que ni siquiera tengan la humanidad de mirar para otro lado, de revolverse con orgullo, de desdeñar altaneros a quienes piensan diferente. No. Con la ignorancia más profunda, más culpable, niegan la evidencia.

Y mientras termino estas líneas, dos de los gatos que viven en el descampado al que dan mis ventanas entonan una sinfonía de maullidos a dúo. No sé si lloran o ríen, no sé si se intimidan o se cortejan, no sé si se conocen o se están conociendo. Lo único que sé, a pesar de mi ignorancia, es que sienten.

Me niego a negar la evidencia.

Encantada.

sábado, 2 de agosto de 2008

Trauma telefónico

Son las cinco en punto de la tarde.
En nuestra casa hace el mismo calor insufrible de todos los días.
El ventilador está encendido.
Mi novia duerme la siesta.
Sin que sirva de precedente, y rompiendo una tradición milenaria, soy yo la que se levanta a coger el teléfono.
Al otro lado, la voz de una señorita tarda unos segundos en contestar.

− Hola, ¿es usted [Nombre y Primer apellido de mi novia]?
− No − son las cinco en punto de la tarde.
− ¿Y usted quién es?
− ¿Y usted? − pregunta obvia a las cinco en punto de la tarde.
[Inaudible] de la compañía [inaudible].
− ¿Perdón? − son las cinco en punto de la tarde.
− Me llamo [No me acuerdo] y le llamo de la compañía [todavía inaudible].
− Ah − son las cinco en punto de la tarde.
− ¿Es usted la titular de la línea?
− No − son las cinco en punto de la tarde.
− ¿Pero no es usted [Nombre y Primer apellido de mi novia]?
− No − son las cinco en punto de la tarde.

La señorita del otro lado toma aire, aprieta su puño derecho y suelta la bomba.

− Entonces, ¿es usted SU MADRE?

Son las cinco en punto de la tarde.
En nuestra casa hace el mismo calor insufrible de todos los días.
El ventilador está encendido.
Mi novia duerme la siesta.
El resto de la conversación podría dañar gravemente su sensibilidad.

Encantada.