viernes, 24 de octubre de 2008

Anorexia de género

Por diferentes motivos, conozco a varias personas afectadas de trastornos de la alimentación, como la anorexia y la bulimia. Adolescentes, mujeres adultas, incluso bebés recién nacidos. Más allá de mi experiencia, más allá de los estragos que estas enfermedades crean en las personas y quienes les rodean, me duele darme cuenta de que el 90% de quienes las sufren son mujeres.

Hay quien piensa que la anorexia y la bulimia son el resultado de la inmadurez y la frivolidad de unas pocas jovencitas. Nada más lejos de la realidad. Los trastornos de la alimentación están presentes incluso en los animales, y constituyen una de las maneras en las que nuestro cuerpo reacciona ante el estrés. Cuando un ser vivo, del tipo que sea, se ve sometido a la presión insufrible de un ambiente hostil, deja de ser capaz de alimentarse con normalidad. En caso de seguir ingiriendo su alimento, la tarea de procesarlo puede ser una carga tan pesada para su organismo que se vea obligado a dejar de comer, a comer por encima de sus posibilidades, o a vomitar.

¿Puede una enfermedad que afecta abrumadoramente a uno solo de los sexos estar causada por la mera suma de situaciones personales? ¿Se puede achacar sólo a características individuales, tales como la autoexigencia desmesurada o la obsesión con unos modelos inalcanzables? Yo creo que no. Para mí, la individualidad moldea y concreta los resultados de una presión estructural: la que el patriarcado ejerce sobre la mujer. Si las mujeres sufrimos trastornos de la alimentación, es porque toda una ideología y su estructura socio-cultural correspondiente lo quieren así.

Entonces, ¿hace cuanto que la presión sobre el cuerpo de la mujer se traduce en trastornos de la alimentación? Seguramente ambos fenómenos hayan ido de la mano desde siempre, lo cual demostraría que la anorexia y la bulimia son tan antiguas como la subordinación de la mujer, y que su mayor incidencia actual es sólo mayor en apariencia: siempre estuvieron ahí, pero como tantos otros problemas de salud femenina, hace pocos años que se les presta atención.

Buceando en algunos libros, he encontrado referencias explícitas a esta presión, a esta invitación a maltratar el cuerpo hasta la enfermedad como la que sigue, extraída de un tomo sobre las mujeres en la Edad Media europea:

Explícitamente definida como instrumento de custodia de la castidad femenina, la sobriedad impide que los alimentos y las bebidas, una vez en el cuerpo de la mujer, puedan excitarla al punto de encender en ella una irrefrenable lujuria. De aquí una serie de prescripciones alimentarias, presentes tanto en la literatura religiosa como en la laica (evitar el vino, el alimento excesivo, las comidas demasiado calientes o demasiado condimentadas). Si bien la mujer casada tiene que encontrar un justo equilibrio alimentario que la aleje de la lujuria sin poner en peligro la eficiencia generativa de su cuerpo, la religiosa y la viuda pueden ir más allá en la mortificación de la carne e imponerse una sobriedad alimentaria más rígida, que incluye la práctica del ayuno. Con el andar del tiempo, a partir de finales del siglo XIV y durante todo el siguiente, la insistencia sobre el valor de la sobriedad y del ayuno se vuelve más aguda y radical, implicando en ciertos casos también a mujeres casadas. Las normas que establecen cuándo, cuánto y cómo comer y ayunar se vuelven más detalladas y, unidas a una serie de prescripciones sobre los momentos y los modos propios de la disciplina corporal, se invisten de un ascetismo cada vez mayor. Un cuerpo fatigado de alimentos excesivos, debilitado por el vino, enervado por la excitación y agotado por la lujuria no place a Dios ni sirve al marido.

La mujer custodiada, en Historia de las mujeres. Carla Casagrande.

Estoy segura de que hay numerosos documentos similares a lo largo y ancho de numerosas obras de Historia o Antropología (siempre que tengan cierta perspectiva de género). En ellos se puede leer claramente cómo la mujer sólo es considerada como máquina reproductora y sólo para ello se la mantiene sana. Cuando la mujer no sirve a la reproducción, se le ofrece el nivel mínimo de supervivencia, para lo cual debe maltratar su cuerpo constantemente, en nombre de leyes discriminatorias y crueles, sean divinas o humanas. De hecho, en numerosas sociedades, la privación de alimento es utilizada como método anticonceptivo:

Las mujeres con carencia nutricional no son tan fértiles como aquellas cuyas dietas son correctas. También están claramente demostrados los efectos del estrés nutricional sobre la madre, el feto y el bebé. La nutrición materna deficiente aumenta el riesgo de nacimientos prematuros y de bajo peso, suponiendo ambas cosas un aumento de la mortalidad infantil; la mala nutrición materna también disminuye la cantidad y la calidad de la leche materna, disminuyendo de esa forma aún más las oportunidades de supervivencia del bebé. Estos efectos nutricionales variarán en la manera que interaccionen con la cantidad de estrés fisiológico y psicológico producido a una mujer embarazada y lactante. Además, las expectativas de vida de las mujeres pueden estar afectadas por los efectos de sustancias tóxicas, por técnicas abortivas basadas en lo que podríamos llamar shock corporal, y de nuevo la interacción de todos estos factores con el estado nutricional.

Prácticas de regulación de la población, en Antropología cultural. Marvin Harris.

En El segundo sexo, Simone de Beauvoir hace alusión a ideas similares. Así por ejemplo, critica algunas ideas de Balzac, al que acusa justamente de cínico:

Balzac exhorta al esposo a mantener a la mujer muy atada si quiere evitar el ridículo del deshonor. Tiene que negarle instrucción y cultura, prohibirle todo lo que le permita desarrollar su individualidad, imponerle ropa incómoda, empujarla a seguir un régimen de hambre.

Por supuesto, el control del cuerpo de la mujer que conlleva trastornos alimentarios no se refiere sólo a la falta de comida, sino también a su exceso. Esta situación está considerada, asimismo, en El segundo sexo, a través de una cita de la Revista de Psicología de ¡1934!:

El engorde artificial de las mujeres, verdadero cebado cuyos dos procedimientos esenciales son la inmovilidad y la ingestión abundante de alimentos adecuados, en particular leche, aparece en distintas regiones de África. Lo practican todavía los árabes e israelíes acomodados de la ciudad en Argelia, Túnez y Marruecos.

Nos engordan, nos adelgazan, nos mantienen enfermas e inútiles, al servicio de un sistema que no puede ser el nuestro. No son modas o falta de personalidad, no atacan sólo a frágiles adolescentes, por más que sean un blanco fácil, o a mujeres insatisfechas o ambiciosas. Forman parte de un programa que no nos considera personas, que no nos deja ser.

Nuestro cuerpo es nuestro, y es necesario que cobremos conciencia de ello, de cómo se nos obliga a maltratarlo, a no poner por delante la salud frente a exigencias que nos alienan. Es casi un deber frente a nuestras hijas, nuestras madres, nuestras amigas, esposas, novias, hermanas. Una responsabilidad de las mujeres para con las mujeres, de cada una de nosotras frente a sí misma.

No lo permitamos más. Dejemos de maltratarnos y apostemos por nuestra salud.

Encantada.

domingo, 12 de octubre de 2008

La voz

Los modelos sobre el proceso de desarrollo de la identidad homosexual que conozco suelen considerar una primera fase de “sensibilización”, en la cual se suceden pensamientos, sentimientos y experiencias que nos hacen “sospechar” que algo no va como debería, aunque todavía no sepamos que ese “algo” es nuestra orientación sexual. Esta fase de sensibilización tiene una duración variable, ya que la asunción de la homosexualidad no es nunca repentina, y además, suele ser más tardía en las mujeres.

En mi experiencia, hay un elemento de mi etapa de sensibilización que destaca por encima de los demás por su extrañeza, su magia y, sobre todo, por constituir una muestra de nuestra poderosa sabiduría interior. Durante años lo oculté como una falta, como algo terrible que sin embargo vivía en mi cabeza, como una vergüenza que me provocaba un terror genuino, como lo incomprensible, lo inexplicable; como la verdad. Si alguna vez, a escondidas, decidí ponerle nombre, este fue tan indefinido como mi experiencia: se trataba, sencillamente, de “la voz”.

Ocurría siempre que creía haberme enamorado de un chico. Recuerdo especialmente aquella vez en que tenía catorce años y pensaba que había descubierto a mi hombre ideal en uno de mis compañeros del colegio, un chico tímido, con gafas y un tanto enrevesado del que me llamaba la atención su manera de hablar. En mi mente permanece intacta la imagen de aquella tarde en la que escribía en mi diario, sentada en la mesa de mi habitación, explicando lo mucho que me gustaba, describiendo la forma de sus manos, la ropa que llevaba puesta la última vez que lo había visto y cuántos hijos había decidido que tendríamos juntos.

Estaba yo tan inspirada, tan concentrada en mi propia historia, tan arrebatada por el romanticismo adolescente, que me quedé clavada en la silla cuando escuché la voz. “Todo es mentira”, decía. “Ese chico no te gusta, no estás enamorada de ese chico, lo que sientes no es amor”. Lo peor de aquella voz es que hablaba como yo lo habría hecho, utilizaba mi mismo timbre para pronunciar unas palabras en las que yo no creía, que no sabía qué significaban y que, sin embargo, salían de mí, eran parte de mí hasta el punto de que aquella voz tan ajena parecía mi propia voz.

Cada vez que encontraba un candidato a mi hombre ideal, la voz reaparecía con la misma cantinela. “Todo es mentira”. Era su frase preferida. La repetía una y otra vez, una y otra vez cada vez que me perdía en mis ensoñaciones, que juraba en mi diario haber conocido a un chico especial, cada vez que imaginaba cómo sería salir con él, nuestra relación, nuestra vida, la voz estaba allí para recordarme que todo era mentira, que yo no sentía amor, que nunca ocurriría eso con lo que yo soñaba, que no era real, que no, que no, que no. Por supuesto, su insistencia me hizo plantearme varias veces si aquella voz en mi cabeza, quienquiera que fuese, tendría razón. Si cabía una posibilidad de que aquel universo de ensoñaciones juveniles, aquellos arrebatos románticos, no fuesen más que un producto de mi imaginación, de manera que lo que yo pensaba que estaba ocurriendo no fuera real.

En esos momentos de confusión extrema, de torpeza ansiosa que busca a tientas una luz, me preguntaba qué motivos podría haber para que yo no fuese ser capaz de enamorarme de verdad. Porque esa era la sensación que me quedaba, tras sufrir los asedios de la voz durante días, la sensación de que era incapaz de amar. ¿Cómo podía ocurrir? ¿Cómo podía ser yo, tan romántica y sensible como me creía, incapaz de amar? Y la única respuesta que me pude dar en aquellos días, durante los muchos años que duró la voz, era que yo, en el fondo, no era más que una niñata caprichosa, que me enamoraba de unos y de otros de manera aleatoria y superficial, y que después de conseguirlos desaparecía toda la emoción de la conquista y yo me lanzaba en busca de una presa mejor. De esta respuesta, claro, se deducía un juicio moral implacable: yo era mala, muy mala persona, o mejor, muy mala mujer, una perdida más entre todas las perdidas, algo terrible de lo cual sacaba una clara enseñanza. Debía cambiar.

No deja de resultarme curioso cómo la voz no sólo no consiguió guiarme por otros caminos más adecuados sino que me acabó avocando con más fuerza si cabe a cometer el mismo error. Porque cada vez que me enamoraba de un chico nuevo, y la voz, con sus frasecitas, volvía a estar ahí, yo me empeñaba en que aquel sería el definitivo, mantenía viva una llama más artificial que las olímpicas, me esforzaba cada minuto en convencerme de que aquello era amor verdadero, de que esta vez le ganaría la batalla a la voz, de que pronto se harían realidad todas mis fantasías, de que me sentiría bien siendo correspondida y la voz se esfumaría para siempre.

Sobra decir que esto nunca ocurrió.

A veces me pregunto por qué no fui capaz de darme la respuesta de que todo era mentira porque yo no podía amar sino a una mujer. Me pregunto por qué opté por sentirme tan culpable, tan pérfida y manipuladora, cuando se ve a la legua que yo nunca he sido nada de eso, que era la más pánfila de las enamoradas, que mi pasión era tan falsa como inocua, que no pude convertirla más que en arte mediocre y no en la tragedia terrible que vaticinaba a partir de la voz. Pero supongo que en el fondo, esa culpabilidad, esa idea de que yo era “mala”, formaba también parte de mi periodo de sensibilización. Me indicaba, de alguna manera, que lo que en realidad me pasaba para muchas personas no estaba bien.

A veces me pregunto, sorprendida, de dónde salió aquella voz. ¿Quién me mostraba, tan sabia, tan clara, el camino hacia mi verdadero yo? ¿Cómo podía tener una voz así dentro de mi cabeza? ¿Por qué sabía ella quién era si mi identidad era para mí misma una incógnita brutal? Y lo único que sé responderme, ahora, tras varios años libre de la voz que tanto me atormentaba, es que lo que yo escuchaba era lo que algunos llaman el guía interior, la voz del inconsciente o, incluso, del mismo Dios. Para mí, tal y como me parecía en un principio, aquella voz era la mía, era yo misma allanándome el camino, una yo misma más intuitiva y sabia que la yo misma que finalmente actuaba, pero una parte de mí al fin y al cabo, la misma parte de mí que ahora descansa una vez que me ha visto arribar al puerto de mi yo real.

Encantada de haber comprendido el mensaje de mi propia voz.

sábado, 4 de octubre de 2008

Intuiciones sobre la choza

A veces pienso que estamos tan acostumbradas a vivir en un mundo de hombres que hemos perdido la capacidad de imaginar un mundo de mujeres, o un mundo igualitario, o que incluso ya no podemos discernir la mera experiencia femenina en el mundo tal y como es.

Por lo menos a mí es eso lo que me pasa con algunos temas. Uno de ellos tiene que ver, nuevamente, con la menstruación: en numerosas sociedades de todo el mundo, es común la costumbre de apartar a las mujeres que están con la regla del resto de la tribu, confinándolas en las llamadas “chozas menstruales”.

Los antropólogos no se ponen de acuerdo con este tema. Algunos, hombres y mujeres, piensan que esta costumbre constituye una muestra más de la subordinación de la mujer, de la misoginia más profunda e infantil que considera que la sangre menstrual prueba la impureza femenina y que es peligrosa para los hombres. Otros, también hombres y mujeres, piensan que es un ritual que permite a las mujeres descansar del trabajo durante esos días, y que para ellas resulta un periodo placentero de recogimiento interior y libertad:

Las mujeres de la Antigüedad y las modernas aborígenes solían crear un lugar sagrado para esta clase de comunión y búsqueda. Dicen que, tradicionalmente, se establecía durante el período menstrual de las mujeres, pues en estos días una mujer vive mucho más cerca de su propio conocimiento que de costumbre. Los sentimientos, los recuerdos, las sensaciones que normalmente están bloqueados penetran en la conciencia sin ninguna dificultad. Si una mujer se adentra en la soledad en este período, tiene más material que examinar.

No obstante, en mis intercambios con las mujeres de las tribus de Norte, Centro y Sudamérica, así como con las de algunas tribus eslavas, descubro que los “lugares femeninos” se utilizaban en cualquier momento y no sólo durante la menstruación.

Siempre me río cuando alguien menciona a los primeros antropólogos, según los cuales en muchas tribus las mujeres que menstruaban se consideraban “impuras” y eran obligadas a alejarse del poblado hasta que “terminaban”. Todas las mujeres saben que, aunque hubiera un forzoso exilio ritual de este tipo, cada una de ellas sin excepción, al llegar este momento, abandonaba la aldea con la cabeza tristemente inclinada, por lo menos hasta que se perdía de vista, y después rompía repentinamente a bailar y se pasaba el resto del camino muerta de risa.


Clarissa Pinkola Estés.

Y la verdad, yo no consigo formarme una opinión sobre el tema. Por un lado, creo que considerar inútil a la mujer o apartarla durante su menstruación constituye una generalización indebida, ya que, a pesar de que muchas mujeres puedan sentirse absolutamente indispuestas durante algunos días o en algunas ocasiones, esto no les ocurre a todas ni en todo momento, y además, se puede paliar. El hecho de que nos hayan impedido acceder a puestos de responsabilidad o incluso realizar el más sencillo de los trabajos remunerados utilizando como excusa la menstruación me parece, aparte de un argumento débil y cutre, profundamente injusto, absurdo y demás.

Pero, por otro lado, creo que hay cierta verdad en lo que algunos antropólogos piensan cuando consideran que este aislamiento es un ritual de purificación muy positivo para la mujer. Y es que las mujeres soportamos una carga biológica gratuita que la sociedad debería recompensarnos de alguna manera. No considerándonos impedidas, sólo faltaría, sino honrándonos por algo que, aunque nos ocurre sin más, es la base del mantenimiento de la vida. Si se honrase la vida como algo maravilloso que no llevamos a cabo sino que ocurre, se honraría a las mujeres de la misma manera.

Sin embargo, yo creo que en nuestra sociedad estamos en las antípodas de ese pensamiento. A las mujeres se nos enseña, desde pequeñas, bien a considerarnos inferiores por estar indispuestas unos días al mes, bien a hacer como que esos días no existen ni importan a base de pastillas, tampones y un esfuerzo superior al que se le pide a cualquier hombre en una situación similar.

Y no, no me parece que este tema sea un tema menor. De hecho, considero que está en la base del respeto a las mujeres según lo que realmente significa ser mujer, acerca de lo cual no tengo apenas ideas pero sí algunas intuiciones, como la necesidad de conocer, aceptar y respetar la menstruación, sin despreciar a la mujer pero tampoco violentarla en lo que para nuestro cuerpo resulta natural.

Personalmente, no me importaría tener una chocita de esas para arrebujarme de vez en cuando. Y mucho menos si tenemos en cuenta su condición de lugar exclusivo para mujeres...

Encantada.

jueves, 2 de octubre de 2008

Normalidad, diversidad, dignidad... ¡felicidad!

Un juez decreta prisión incondicional para la ex-gerente del Consorcio de Desarrollo Económico de Baleares y su esposa.

Necesité leer varias veces el titular de las noticias hasta cerciorarme de que la primera impresión de mi cerebro era cierta: se trataba de una mujer y su esposa. Después, me dediqué a leerlo compulsivamente hasta que desapareció de la pantalla: ¡se trataba de una mujer y su esposa!

Entonces decidí que acababa de asistir a un suceso normal.

Para mí, la normalidad es eso: que se hable de un matrimonio de mujeres (esta vez, implicadas en una trama de corrupción; otra vez, por otros motivos) sin subrayar su carácter extraordinario, tal y como se haría con un matrimonio heterosexual. Y sin utilizar la palabra “lesbiana”, ya que, en este caso, lo relevante no es su orientación sexual, sino el hecho de que se hayan dedicado a malversar fondos públicos y unas cuantas lindezas más.

Para mí, eso es también el respeto a la diversidad: porque una puede ser lesbiana y muy buena persona, o también lesbiana y corrupta, o asesina, o timadora profesional. Y es que el hecho de ser lesbiana, por mucho que a algunos les gustase que ocurriera lo contrario, no implica nada más allá de que te gusten las mujeres. Nada. Absolutamente nada. Porque las lesbianas somos tan diversas como los demás.

Para mí, finalmente, el tratamiento que ha recibido esta noticia significa dignidad: dignidad para todas las lesbianas que no queremos que se nos asocie con unas mujeres corruptas sólo por compartir con ellas nuestra orientación sexual; dignidad para todas las que merecemos que nuestros matrimonios reciban un trato igualitario con los tradicionales, para la bueno y para lo malo, como derecho y como deber, exactamente lo que ocurriría con un matrimonio heterosexual.

Creo que con este suceso las lesbianas hemos avanzado un poquito más.
Y la lucha contra la corrupción, también.

¡Encantada!