sábado, 17 de octubre de 2009

Aventuras ecologistas en el hipermercado

Salgo del trabajo más tarde de lo que me gustaría y decido hacer un último esfuerzo para arrastrarme hasta el centro comercial, con la idea de hacer una pequeña compra de productos que no venden en mi supermercado de siempre. Me refiero a esos que tanto nos gustan a los vegetarianos: zumos multivitaminas, colacao trescientos minerales, leche de soja enriquecida, etc.

La perspectiva de leer decenas de etiquetas sin que nadie me meta prisa me proporciona las fuerzas que me faltan. Llego, aparco, me pongo el abrigo, cojo el monedero, entro en el hipermercado.

Me entra el pánico de ser la única compradora que no utiliza carro sino cesta.
Me entra el pánico de que los de seguridad crean que voy a robar porque doy vueltas sin sentido y me paro durante varios minutos delante de la misma estantería.
Me entra el pánico de encontrarme con padres y madres de alumnos que me obliguen a hacer horas extra y olisqueen en mi compra.

Tras superar todos mis pánicos, por fin consigo una cesta al final del pasillo, regreso a la puerta para hacer un recorrido ordenado sin el cual no sería capaz de salir de allí hasta la madrugada, no me encuentro a nadie o, al menos, no miro a nadie a la cara para no encontrármelo, y empiezo a coger lo que buscaba. Me congratula descubrir varios 3x2, 2x1 y ofertones del día, que me reafirman en la idea de que ser vegetariana no sólo es fácil sino que resulta inesperadamente barato. Me acerco a la caja feliz, confiada y alegre, sin sospechar del inicio de una nueva tragedia.

Me coloco en la fila y recuerdo que en aquel hipermercado ya no dan bolsas de plástico, y que yo no llevo ninguna, ni tan siquiera tengo alguna en el coche. No pasa nada, me digo, compraré un par de bolsas de fibra de patata y echaré una mano al medio ambiente.

La primera caja de bolsas está vacía.
La segunda caja de bolsas está vacía.
La tercera caja de bolsas está llena, pero no puedo arrancarlas, me enredo, se me caen varias al suelo y cuando me llevo las que creo querer llevarme me doy cuenta de que apenas podría decir si he cogido dos o doscientas.

La cajera mira mi compra y las bolsas alternativamente y sonríe con ironía.
Yo continúo ignorando las advertencias del destino.

(La primera vez que compré bolsas de fibra de patata pensé que tenían pinta de ser muy poco resistentes, pero enseguida me dije que aquella era la voz del miedo a lo desconocido y no del raciocinio, y que, aunque me parecía que aquellas bolsas iban a deshacerse en cualquier momento, eran bolsas ecológicas, y eso sólo podía significar algo bueno).

Meto mi compra en las bolsas y camino hacia el coche. Vuelvo a tener la sensación de que empiezan a estirarse y que pronto arrastraré la compra por el suelo. Contra todo pronóstico, no obstante, llego al coche sana y salva y me repito que aquella es sólo la voz de mis prejuicios.

Vuelvo al centro comercial y compro un ramo de flores para mi novia. Cuando regreso al coche me doy cuenta de que no he pasado por el herbolario. Decido guardar mis fuerzas para ir otro día: será lo único inteligente que haga.

Arranco el coche, conduzco, llego a casa. Cuando abro el maletero, los yogures de soja están por todas partes. Los recojo, pero se me caen los envases de encurtidos, semillas y hojas de menta. Los recojo, pero todo está muy mal colocado y las bolsas gimen suavemente. Cruzo la calle y, cuando llego a la acera, una de las asas se rompe. Me agacho, trato de hacer un pequeño nudo. El nudo se rompe. Me agacho, trato de coger la bolsa por el costado. El costado se rompe. Me agacho, trato de hacer algo que me ayude a recorrer los cincuenta metros que me separan del portal: la bolsa ya no es una bolsa, sólo quedan jirones de fibra de patata. Decido cogerlo todo entre mis brazos y llegar al portal como sea, con la esperanza de que la otra bolsa resista dos minutos. El destino me da un respiro y así es.

Dejo los yogures de soja, los zumos, el colacao y la menta en el portal mientras subo el resto corriendo. Cuatro pisos a patita que me dejan extenuada. Mientras busco dos bolsas de plástico (del malo) noto cómo el corazón me late en las sienes. Tengo calor, quiero quitarme el abrigo, los zapatos y los pantalones, pero la imagen de mis vecinas robándome los yogures impunemente me lo impide. Bajo corriendo los cuatro pisos, meto el resto de mi compra en las bolsas. Subo corriendo los cuatro pisos. Cuando estoy a punto de desmayarme me acuerdo del ramo de flores de mi novia. Vuelvo a bajar los cuatro pisos y llego hasta el coche. Estoy segura de que es el mío porque el mando lo abre, pero los ojos me hacen chiribitas y la cabeza me da vueltas. Cojo el ramo, el bolso, cincuenta exámenes y el paraguas. Me arrastro penosamente hacia el portal. Subo los cuatro pisos al límite de mis fuerzas. Guardo cada cosa en su sitio y dejo el ramo de flores en la mesa de mi novia. Me desnudo y me meto en la cama.

Me he quitado tanta ropa y la he dejado de tan mala manera que, cuando mi novia entra en casa, no me ve. Me busca por todas las habitaciones, pero en vez de encontrarme descubre el ramo. Corre por el salón llamándome y por fin se da cuenta de que estoy sepultada bajo la ropa, la colcha, la manta y las sábanas. Con el último estertor de un moribundo, la sonrío, me sonríe y me hace feliz.

Ella también ha hecho la compra, pero en el supermercado de siempre. De sus bolsas de plástico altamente contaminantes e intactas, va sacando las cosas y colocándolas. Anda, pero si has comprado yogures, y frutos secos, y zumo… Sí, sí, digo yo, mientras recuerdo a dos señoras con un carrito mirando cómo se me caía todo aquello y se acercaba peligrosamente a la alcantarilla, y cómo un señor con mono azul se reía.

Y me pregunto por qué echar una mano al medio ambiente tiene que significar necesariamente partirte la espalda, por qué fabrican las bolsas de fibra de patata más finas que una media, por qué los sustitutos ecológicos no pueden ser iguales o incluso mejores que los contaminantes, y sobre todo, por qué no venden todo lo que necesito en el supermercado de siempre.

Entonces recuerdo que la mano a la medio ambiente sólo se la echamos los ciudadanos concienciados con nuestros pequeños gestos, gestos que terminan siendo muecas por la mano al cuello que nos echan los supermercados, el sistema financiero y la ideología del capital.

Al menos, pienso para consolarme, los jirones de fibra de patata no tardarán 400 años en descomponerse.

Encantada.

sábado, 10 de octubre de 2009

Salir del armario. Las respuestas clásicas (II)

La respuesta de los hombres ante nuestra salida del armario es una, grande y condicionada por el patriarcado. Para ellos, para todos ellos, el lesbianismo es inaceptable por una sencilla razón: están excluidos. Incluso los gays tratan de encontrarle los tres pies a nuestro querido gato en busca de una explicación suficiente para entender cómo pueden dos mujeres vivir felices y contentas, e incluso follar. Entre ellas.

De todas las formas de rechazo verbal al hecho incuestionable de nuestra existencia, ahí van las tres más repetidas:


1. La egocéntrica

¡Lesbiana! Pero… ¿tanto te he traumatizado?

Se dice que el 90% de las lesbianas hemos conocido varón. Pues bien: esta respuesta (o cualquiera de sus variantes) es la que balbucean los desgraciados a los que nos atrevemos a sugerir que no, no éramos frígidas. Ni frígidas, ni mojigatas. Tampoco estábamos deslumbradas ante su potencia. Simplemente, nos evadíamos de la incómoda situación imaginando que nuestras manos se posaban en dos hermosos pechos que nos sacaban de allí volando. Pero claro, esta es una evidencia muy difícil de asimilar para aquellos seres convencidos de que su sexo es el centro de la creación, de que su hombría es la vara de medir todo lo que merece la pena, de que ninguna mujer puede desear ardientemente algo que no se parezca mínimamente a ellos. Por eso, la única interpretación que cabe en su cerebro es que sí, sí éramos frígidas. Frígidas y mojigatas, pero nunca lesbianas. Y que tanta potencia nos deslumbró hasta el punto de obligarnos a buscar refugio en una amiguita. Inocente, suave y sin posibilidad de penetración.

Si esta respuesta no fuera consecuencia de un patriarcado que se empeña en negarnos nuestra autonomía sexual, me conformaría con una sonrisa sarcástica como toda réplica.

Ilusos.


2. La irónica

¡Claro que sí, mujer! El muerto al hoyo… ¡y el vivo al bollo!

Junto a nuestros ex-novios, existe un segundo tipo de hombres a los que les cuesta asimilar nuestra homosexualidad: los amigos que nunca nos tuvieron. Esos chicos diferentes, especiales, a los que utilizábamos como paños de lágrimas ante nuestros continuos fracasos, y que se mantenían a la espera de que el resto de los hombres nos decepcionara para recordarnos que ellos todavía estaban allí. Y ocurrió, sí, que los hombres nos decepcionaron. O mejor: descubrimos que nos eran indiferentes, que nuestro problema no eran ellos, sino más bien ellas, y entonces corrimos a contárselo.

La reacción de un amigo incondicional ante nuestro lesbianismo es impredecible. Negación, ira, depresión y todas las demás fases del duelo. Si además era tan inteligente como nos parecía, se recubrirá de un escudo de ironía y soltará por su boca rayos y centellas. Comprendámosle: después de pasarse media vida besando compulsivamente a la rana, ésta va y se transforma en sapo. De los buenos. Nada más y nada menos que bollera. Lo que faltaba.

Si el chaparrón irónico y la fura incontenible escapan, la amistad se recupera. Especialmente si nuestro querido amigo se echa novia. Entonces empieza la fase divertida… ¡no dejar de hablar de mujeres!


3. La paternalista

Quiero que sepas que, si algún día necesitas semen, puedes contar con el mío.

Esta respuesta demuestra que los lazos que nos unen (o nos unían) a los hombres con los que salimos del armario no determinan su reacción. Porque esta, la reina de las respuestas masculinas, nos la dan ex-novios, amigos, hermanos, primos, tíos… y como nos descuidemos, hasta nuestro propio padre.

Me pregunto en qué diccionario aparece definida la palabra “lesbiana” como 'mujer sedienta de semen' (¡¡¡¡iiiiiiiihhhhhhh!!!!) para ser una acepción tan extendida en el mundillo masculino. Porque no falla: hombre con el que sales del armario, hombre que tarde o temprano te ofrece su semen, sin ni siquiera esperar a saber si quieres ser madre, o incluso mejor, si quieres serlo… ¡de un hijo suyo! Claro que ellos interpretan el hecho de que necesitemos el semen para ser madre como su venganza final, la prueba irrefutable de que no podemos ser lesbianas sin ellos, o al menos, no lesbianas completas, o mejor aún, satisfechas.

Qué pena (por no decir otra cosa) que continúen confundiendo el hecho de ser madre con el de ser mujer, heterosexual o lesbiana. Ninguna mujer necesita al hombre para ser lo que es, y lo mismo es aplicable cuando una mujer es lesbiana. Por supuesto que, mientras nuestra biología no cambie, necesitamos de un óvulo y un espermatozoide para reproducirnos. Qué pena (para ellos) que ser madre no signifique siquiera haberse reproducido.

Lo divertido, no obstante, es mostrarles nuestra sorpresa ante la cantidad de películas y series de lesbianas americanas que han debido ver para pensar que ese el procedimiento de inseminación artificial internacional, ya que en países como España está prohibido recibir semen de un amigo (ex-novio, primo, tío…) y pretender que después desaparezca, puesto que si queremos que se de el piro, hace falta que las donaciones sean anónimos. De todas formas, a mí me gusta imaginarme a los tíos que me ofrecen semen viendo películas de lesbianas y relamiéndose ante la posibilidad de dejar su huella en mi cuerpo.

Animalicos.


Quien crea que hasta aquí han llegado las respuestas clásicas es que no ha salido del armario las suficientes veces como para no haber recibido todavía la absoluta reina y señora de las respuestas, la que nos descoloca, descompone y hasta descuajeringa, emitida tanto por hombres como por mujeres. Tal es la grandeza de esta respuesta, que merecerá una entrada sólo para ella.

Continuaremos…

viernes, 2 de octubre de 2009

Mejor vivir... sin miedo

Uno de los motivos que me empujaron a abrir este blog fue el poder disfrutar de un espacio de anonimato. Anteriormente, tenía otro blog en el que algunos de mis lectores eran gente que me conocía, lo cual me impedía muchas veces expresarme con libertad. En otras ocasiones, y por este mismo motivo, había descuidado mi privacidad, de manera que publiqué alguna información que todavía no estaba realmente preparada para compartir.

Por eso, cuando empecé a escribir aquí procuré ser más cuidadosa y preservar ese anonimato que, a su vez, garantizaba mi libertad. Sin embargo, el tiempo ha ido pasando y mis prioridades han cambiado. Hoy estoy dispuesta a ceder en mi autoprotección a cambio de algo que cada día me resulta más valioso: el privilegio de compartirme con mis lectoras, que a su vez me invitan muchas veces a compartirlas como escritoras. Hoy he comprendido, por otra parte, que la autocensura que nos imponemos no depende tanto de quién lea nuestro blog, como de nuestra seguridad en nosotras mismas, que es algo que cada una debemos trabajar sin excusarnos en otras personas.

Esta evolución en mi pensamiento, este deseo de compartirme, es lo que me ha animado a hablar de una parte de mí de la que me resulta muy difícil hacerlo como lesbiana: mi profesión. Para mí, la profesión más hermosa, la que me realiza cada día, la que aporta sentido a una gran parte de mi vida, la que no cambiaría por ninguna otra. Y también la más difícil de ejercer siendo homosexual: EDUCADORA.

Cuando escribía en mi otro blog, a veces publicaba anécdotas que me ocurrían en mi trabajo: conversaciones con alumnos, actividades que no funcionaban, pequeñas frustraciones y grandes alegrías. Pero poco a poco empecé a tener miedo de “ser descubierta”. La idea de que uno solo de mis alumnos pudiera enterarse de que era lesbiana me aterraba, por eso le puse cien mil candados a lo que escribía, hasta terminar abandonándolo. Y nunca pensé que llegase el día en que, en este otro blog, me animase a retomar el tema.

Sin embargo, después de una primera época de terror, he ido ganando más confianza en mí misma, dejando por el camino, por fortuna, algunos de mis miedos infundados. Hoy creo que, si alguno de mis alumnos, de mis alumnas, leyese este blog, le costaría reconocerme en él, por tantos motivos. Además, dudo que alguno se interesase por leerlo, y en el caso de que tuvieran interés, entonces seguramente no habría de tener ningún miedo a “ser descubierta”, porque probablemente esos alumnos, esas alumnas, tendrían tanto que esconder, o tantas ganas de compartirlo, como tengo yo.

Con este blog, además, he descubierto algo que antes de conocía: la alegría de pertenecer a una comunidad. Ahora siento que no escribo este blog sólo para mí, ni tampoco sólo para hablar de mí, sino que lo hago dentro de una red de lectoras y escritoras que poco a poco construye una realidad: la nuestra, la de las mujeres lesbianas. Y a ella quiero pertenecer también como educadora, enriqueciéndola no ya con mi perspectiva, sino simplemente con mi presencia, con mi propio ser. Creo que guardarse esa información, no compartirla, no asegurar que existimos, sería egoísta y le restaría algunos pasos a ese camino que hemos decidido recorrer en común.

Por suerte, y gracias a la estupenda lista de blogueras docentes que me envió Farala, hoy conozco, además, a otras mujeres con las que comparto profesión y cuya iniciativa de ser visibles, al menos como escritoras de un blog, no sólo me gustaría sino que creo que debo secundar.

Encantada de hacerlo desde hoy.