viernes, 29 de junio de 2012

Encuentro de bolloblogueras


El miércoles asistí al encuentro de bolloblogueras celebrado en el Entredós, una fundación feminista en Madrid, al que Farala nos convocó desde su blog.

Al principio, no las tenía todas conmigo. La posibilidad de perder el anonimato de mi blog me aterraba. No tanto porque se supiera quién lo escribía, sino por la posibilidad de no poder seguir escribiéndolo en los mismos términos. Reconozco, además, que nunca antes había conocido a alguien por Internet, y me sentía invadida por miles de dudas y una vergüenza casi paralizante.

Afortunadamente, los puntos a favor de asistir al encuentro terminaron por pesar mucho más que estos escuálidos contras. Hacía ya tiempo que tenía ganas de participar en una reunión de blogueras para poder conocer a quienes leo desde hace tantos años. Nunca antes había trabado relaciones tan especiales por Internet, y poder disfrutar de ellas sin una pantalla de por medio constituía y constituye para mí todo un privilegio.

También me interesaba compartir las reflexiones que se generaran entorno a la creación de cultura lesbiana a través de los blogs. Para mí, escribir un blog como lesbiana es una manera de vivir y construir mi identidad muy importante. Como ya he explicado anteriormente, he estado tentada de dejar de hacerlo muchas veces; sin embargo, hay algo en ello que me atrapa y vacía de significado las otras posibilidades. Así que tenía muchas ganas de saber cómo interpretaban y valoraban las demás esta experiencia que para mí es tan enriquecedora.

El caso es que me armé de valor y me planté allí a las ocho en punto. No sabía muy bien cómo iba a desarrollarse el asunto, así que, siguiendo el refrán, hice lo que vi hacer al resto: pedí una limonada y me senté en una mesa poniendo cara de mujer de mundo. A los cinco minutos, ya me había terminado casi todas las galletitas saladas, mi limonada iba por la mitad y el impecable papel de mujer de mundo se deshacía en un manojo de nervios.

Fue entonces cuando vi a Farala entrar por la puerta. Me entraron ganas de correr a abrazarla, pero en el último instante tuve una epifanía de sensatez y recordé que ella no sabía quién era yo. Así que me limité a seguirla con la mirada, tratando de no abalanzarme antes de tiempo. Tras dejar pasar unos minutos prudenciales, que ocupé royendo lo que quedaba de mis galletitas, decidí abandonar el cálido refugio de mi silla y presentarme.

Uno de los temas que tratamos aquella tarde fue la idea de que un blog solo muestra una parte de quienes somos. Sin embargo, a mí me pareció que Farala en persona se parecía bastante a la Farala bloguera que había leído hasta entonces. Una mujer cálida y acogedora, grandísima anfitriona, divertida, abierta y sin pelos en la lengua. Evidentemente, todo esto no me lo transmitió con solo dos besos, sino que pude ir comprobándolo a lo largo de toda la tarde.

Farala me presentó a muchas otras blogueras, a quienes ya leía (como La Letra Escarlata) o a quienes tuve la suerte de conocer aquella tarde (Arponauta o Lenteja). Pronto me sentí rebosante de entusiasmo, terminé mi limonada de un trago y me dejé arrastrar por el hermoso torbellino de emociones e ideas en que se convirtió aquel encuentro.

Durante la charla me senté detrás de Elenita Faraláez, a quien llevaba un rato viendo corretear entre las mesas y que se libró de un buen achuchón porque pienso que el espacio vital de los niños también hay que respetarlo. Si ella supiera cuánto me río todavía cada vez que recuerdo aquel cartelito que le colgó a su madre para informarla de que no quería ir al dentista, o lo mucho que me emociono cuando pienso en el precioso libro de adopción que tiene... Gracias, Elenita, por asegurarme que las croquetas eran de champiñones. ¡No sé qué habría cenado sin ti!

Porque después del encuentro formal, Farala me animó a quedarme al más informal e íntimo que hubo después, en el mismo lugar y con la misma limonada fresquita entre mis manos. ¡Qué afortunada me sentí de poder estar allí, y cuánto eché de menos a otras blogueras a quienes leo y que aún no conozco! Después de esta, os quiero conocer a todas, así que... ¡preparaos!

Espero que, tal y como hablamos, el encuentro vuelva a repetirse. Aunque, con solo asistir a uno, yo ya me siento llena de energía.

¡Y encantada!

domingo, 24 de junio de 2012

¡Aleluya!


Poco a poco, el matrimonio igualitario va ocupando los espacios que le son propios. Así, esta semana se ha anunciado que entrará en la 23ª edición del diccionario de la RAE, elaborado por la Asociación de Academias de la Lengua Española. Los hispanohablantes, pues, estamos de enhorabuena.

La entrada relativa a "matrimonio", además, recibe modificaciones también en su acepción heterosexual, que se vuelve más inclusiva: "Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses". La correspondiente al matrimonio entre personas homosexuales es absolutamente equivalente, lo que tal vez en un futuro permita la fusión de ambas: "En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses". Como nota curiosa, por cierto, no puedo dejar de señalar que el "matrimonio católico" ha sido relegado a la tercera acepción.

Gracias a los avances legislativos en varios países hispanoamericanos, hoy podemos disfrutar de este nuevo triunfo, el cual, aunque meramente simbólico, tiene también una gran importancia. Por fin la RAE se estira y guiña su ojo progresista, tras los continuos sinsabores a los que nos tiene acostumbradas.

Espero que próximamente, el Tribunal Constitucional español nos dé una alegría en el mismo sentido.

¡Encantada!

sábado, 23 de junio de 2012

Esa... ¡no volverá!


Hace unos días, V. y yo tuvimos un encuentro en la tercera fase.

Era por la mañana y mi novia ya se había ido a trabajar. Yo estaba a punto de irme también, solo me quedaba cerrar las ventanas después de ventilar la casa, cuando advertí la pequeña revolución que V. había montado con unos cojines. Para asegurarme de que el frenesí no lo había llevado a saltar por ninguna ventana, empecé a llamarlo para ver dónde estaba, y lo encontré agazapado bajo la mesa de la cocina. Me disponía a agacharme para hacerle unos mimos, pues parecía algo asustado, cuando percibí lo que él estaba percibiendo: un fuerte aleteo en el techo de la cocina.

¡Había entrado una golondrina en casa!

He de confesar que mi primer impulso fue salir corriendo despavorida. Ya sé que las golondrinas no son muy grandes, pero dentro de nuestra cocina a mí me pareció un águila imperial. Afortunadamente, el aleteo ensordecedor y los gruñiditos de V. no consiguieron desconectar del todo mi cerebro racional, así que, medio reptando, logré llegar hasta la ventana de la cocina para abrirla. La golondrina no tardó ni medio segundo en salir, ni yo en volver a cerrar la ventana detrás de ella.

El que tardó unos segundos más en reaccionar fue V. Estaba en estado catatónico. Cuando, definitivamente, se dio cuenta de lo que había pasado, salió corriendo hacia la ventana y la acarició con la patita, como diciendo: "¡Vuelve, amiga, vuelve!". Después, me acompañó hasta la puerta, todavía visiblemente alterado, temblando mientras fuera de casa se escuchaba el continuo piar de las golondrinas que nos sobrevuelvan (o, hasta ese día, nos sobrevolaban) cada mañana.

Volverán las oscuras golondrinas
a jugar con el gato en el cristal,
pero aquella que entró en nuestra cocina,
esa... ¡no volverá!

Encantada.

miércoles, 6 de junio de 2012

A veces siento que me alcanzo


A veces siento que me alcanzo
de puntillas
con las yemas de los dedos
(ya me estoy tocando)
alegre confiada
libre
un espíritu ligero
flotando
por encima de sus miedos.

A veces tiemblan mis tobillos
vuelvo a perderme
respiro
por debajo de mí misma
(ya soy sólo un anhelo)
me abandono despacio
y caigo
con los dos pies sobre el suelo.

sábado, 2 de junio de 2012

El enésimo tentáculo de la homofobia


Esta semana he tenido que enfrentarme a una situación bastante desagradable con una amiga, que me ha dado mucho que pensar.

Cuando conocí a R, ella llevaba varios años saliendo con una chica y no le iba nada bien. Desde el principio, trató de dejarla muchas veces, aunque siempre volvían. El problema principal era que R no se gustaba a sí misma cuando se veía con una mujer. La idea de ser lesbiana le horrorizaba, procuraba ocultarlo y sentía que todo el mundo la juzgaba negativamente si besaba o cogía de la mano a su novia en público.

Durante los primeros años de nuestra amistad, R hizo muchos progresos. Poco a poco fue superando su homofobia interiorizada, salió del armario con sus amigos, e incluso con su familia y en el trabajo, y tanto el compromiso como el bienestar con su pareja aumentaron. Todo esto me hacía sentir muy orgullosa de R, que se había ganado toda mi admiración. Sin embargo, a medida que R iba saliendo de su agujero, su novia se volvía más huraña, celosa y vengativa. Hasta que tuvieron que dejar la relación durante algunos meses.

En este lapso de tiempo, R tuvo una aventura con otra mujer, que tampoco salió demasiado bien. Así que volvió con su novia y empezaron a vivir juntas. Aislada de la mayoría de sus amistades y maltratada por su novia, R no era feliz. Pero aguantaba. Hasta que, de buenas a primeras, su novia decidió dejarla. El destrozo fue completo cuando, al poco tiempo, R se enteró de que su ex salía con un hombre.

Con el duelo a medio superar y ninguna gana de seguir siendo lesbiana, R empezó a flirtrear tanto con hombres como con mujeres. En su adolescencia, había salido con hombres, pero no le había ido bien en el aspecto sexual; esto, sin embargo, no le ocurría con mujeres. Sin querer comprometerse con nada ni con nadie, R solapó relaciones y rollos durante muchos meses, hasta que decidió plantarse. Entonces conoció a un chico, con el que lleva saliendo ya casi un año.

Siempre que sale con un chico, R dice sentirse mejor, pues su autoestima crece, no se ve cohibida ante los demás y asegura que puede ser más ella misma. Sus dificultades en el terreno sexual, además, puede tener un origen concreto, que R trata de superar con ayuda psicológica.

Durante todo este tiempo, R y yo hemos sido amigas. Creo haberle mostrado toda la comprensión y apoyo del que he sido capaz, unas veces mucho (pues me siento identificada con ella en algunos aspectos); otras, no tanto (me molesta especialmente la posible actitud de huida ante las dificultades que presenta la homofobia, externa o interiorizada).

El caso es que, en el último año, R y yo apenas nos hemos visto. Ella ha estado atravesando problemas de salud y familiares, y yo me he centrado bastante en cuidar la relación con mi novia. No me parecía raro, por tanto, nuestro distanciamiento; aunque tampoco me gustaba y prefería acortarlo.

Así que esta semana quedé con R, de manera bastante espontánea, con la excusa de celebrar su cumpleaños. Y he aquí que me encuentro una reunión multitudinaria con un montón de amigos, la gran mayoría de los cuales eran parejas hetero. Y descubro que, a pesar de sus problemas, R ha estado manteniendo una relación fluida con todos ellos.

Me sentí tan mal que a punto estuve de coger mis cosas y marcharme. Porque me di cuenta de que R me había estado excluyendo de su vida, de manera sutil y tal vez incluso inconsciente, pero por un motivo claro: mi lesbianismo. Evidentemente, no es la primera vez que esto me ocurre, pero nunca hasta ahora había sentido ese rechazo por parte de una persona que sabe lo que se siente en mi lugar y que, aun así, te aparta del mismo modo. 

Cuando lo hablé con mi novia, llegamos a la conclusión de que a R le recordábamos esa parte de ella misma que actualmente le resulta molesta e incómoda; del mismo modo que sus amigos hetero le recordaban lo que no era durante el tiempo que estuvo saliendo con mujeres (pues a muchos de ellos los conoció antes que a nosotras, pero hasta hace un año no recuperó su relación con ellos ni nosotras supimos de su existencia).

Sin embargo, por más comprensible que resulte la situación desde un punto de vista racional, a mí me duele. Me duele verme apartada de la vida de alguien por mi orientación sexual (y por la suya, claro) y me duele darme cuenta de que la amistad puede verse afectada por el sexo de la persona con quien salgas. Y, por supuesto, me duele doblemente viniendo de la persona de quien viene (a pesar de que, atendiendo a las evidencias, debería dolerme la mitad).

El caso es que ya no sé si quiero seguir manteniendo esta amistad; la cual, por lo demás, parece que viene derrumbándose desde hace cierto tiempo. Soy casi incapaz de superar determinadas decepciones, por lo que me costaría una energía que ahora mismo no estoy dispuesta a emplear en algo que se puede ir por la taza del váter.

A pesar de todo, me jode: me jode que se den estas situaciones, y que no las veamos, o las veamos y no queramos solucionarlas, o que las veamos y las deseemos. Qué mundo más feo, en el que la homofobia determina la amistad, o en el que no existen ciertas amistades, sino solo la homofobia.