www.damon-tommolino-art.com/prod02.htmCuando todavía no sabía que era lesbiana, sólo guardaba en el altillo mis diarios. Sin embargo, a medida que fui tomando conciencia de mi condición, el altillo empezó a llenarse de libros de temática lésbica hasta que no pudo albergar ninguno más.
Los primeros libros que compré me los recomendaron en el grupo de ayuda al que asistía. En aquellos primeros meses, cuando ser lesbiana me angustiaba sólo un poco, quizá porque todavía no me lo creía y lo analizaba todo desde una perspectiva intelectual, leí algunos libros con auténtica devoción. Para cada tema que tratábamos en el grupo, yo tenía mi cita preparada: “ah, no, no hay que pensar así, porque como dice el libro de…”.
Mi angustia era tan pequeña, y mis ganas de afrontar un nuevo reto tan grandes, que incluso me atrevía a leer aquellos libros en el metro. Forré las portadas porque sus fotografías me parecían demasiado llamativas, pero íntimamente deseaba que todo el mundo supiera qué libros leía y por qué. “Esto es visibilidad lésbica”, me decía desde una postura tan combativa como inocente.
A medida que avanzaban los meses, y que aquello que mis padres consideraban una fase, un capricho, seguía adelante, la situación en mi casa se recrudeció y los libros del altillo empezaron a crecer. Ya no los forraba, porque ya no me atrevía a sacarlos de casa. Ya no los leía llena de devoción, sino ávida de consuelo. Ya no me parecía travieso abrirlos de noche, a escondidas, cual quinceañera, porque sentía que la que estaba escondida en el altillo no era mi colección de libros, sino que, envuelta en sí misma y con una postura imposible, la que intentaba ocultarse era yo.
Al principio pensaba que salir del armario era sólo cuestión de atreverse, de dar el paso, de decirlo un día, sin pensar, sin lamentarse, sólo decirlo. Y una vez que se pasara el mal trago, saliera como saliera, ya estaba, ya había terminado, nunca más se volvería a entrar.
Me equivoqué. Yo salí del armario con mis padres y ellos me hicieron volver a él. Chantajes, amenazas, llantos, charlas interminables, los métodos no importan: a veces una quiere salir y se encuentra las puertas del armario cerradas desde fuera.
Pero los meses pasaron, y al tiempo, decidí poner de mi parte para mitigar tanto dolor. Fui así como mi altillo empezó a llenarse de cómics para lesbianas, y fue así como descubrí que aquello que mis padres me decían con los ojos crispados lo satirizaban las creadoras por doquier. No podían tener razón cuando los padres de todas las lesbianas habían dicho lo mismo, cuando los tópicos eran tan típicos que hasta servían de material para una viñeta. Había decidido ponerle el punto divertido a mi experiencia, y a base de libros, lo conseguí.
Para entonces mi altillo rebosaba. Los libros y los diarios se peleaban por ocupar el sitio que ya no había, de manera que algunos libros que compré con intención lésbica (aunque la temática fuera neutra) tuvieron que ocupar una estantería exterior. Fue por eso que, cuando empecé la mudanza, uno de los primeros armarios que desalojé fue el altillo.
Sacar tanto libro lésbico de la casa de mis padres fue toda una experiencia. Allí estaba yo, con las manos repletas de bolsas repletas de libros repletos de lesbianas, caminando hacia mi coche mientras aguantaba la risa que me provocaba la idea de desparramar todos aquellos libros por el suelo del garaje. Pero lo único que ocurrió es que todos llegaron sanos y salvos a mi nueva casa, y que entre mi novia y yo pudimos dejarlos sobre nuestro escritorio, donde todavía respiran aliviados después de una amarga existencia en el armario.
Cuando soñaba con la casa que compartiría con mi novia, uno de mis sueños era poder sacar todos aquellos libros del altillo, poder romper aquella metáfora de mi armario y liberar un espacio más para ocuparlo con una vida que no tengo por qué esconder. Ahora que pronto viviremos juntas, sólo espero que cualquiera que nos visite pueda ver mi colección de libros, y que quien prefiera no verla simplemente no pise la casa de dos mujeres que son también lo que esos libros muestran de su ser.
Todavía hay muchos armarios en mi vida, pero no quiero que mi casa sea uno de ellos.
Encantada de liberarla para nosotras dos.






Para terminar, es interesante señalar que las valquirias eran consideradas las diosas más bellas de todo el panteón. Como prueba de ello, en algunos relatos se les reconoce la capacidad de transformarse en cisnes, un poderoso símbolo de belleza y majestuosidad. Esta cualidad redunda en la importancia de su soberanía, ya que las valquirias habrían permanecido vírgenes, en un principio, a pesar de la codicia de los hombres. No obstante, la tradición termina entregándolas a varios guerreros, entre ellos un héroe de la talla de Sigfrido.


















