sábado, 20 de febrero de 2010

En el banco

De todas las formas que adopta la heteronormatividad, una de las que más me saca de quicio, quizá por lo absurdo, es la heteronormatividad gramatical. La he sufrido con todo tipo de personas: familiares, amigos, conocidos… Y la última vez, fue en el banco.

Mi novia y yo habíamos ido a solicitar información sobre las características de la hipoteca que pesa sobre la que, si nada lo remedia, en breve será nuestra nueva casa. Las dos nos sentamos enfrente de la encargada, mujer como nosotras, las dos nos presentamos con nuestros nombres, ambos clara y tradicionalmente femeninos, y sin embargo, ella insistió en robarnos una y otra vez el género.

─ Porque a vosotros os conviene subrogar la hipoteca…
─ Porque si vosotros finalmente os decidís a firmar…
─ Porque con un contrato como el que tenéis vosotros

Yo la miraba con los ojos como platos y me debatía entre enseñarle una teta o preguntarle abiertamente con quién estaba hablando, quiénes eran esos “vosotros”, si alrededor de la mesa yo sólo veía tres mujeres.

Me pregunto por qué lo hacen. Y sólo me respondo en algunos casos. Por ejemplo, mis padres. Mis padres se refirieron durante años a “nosotras” como “vosotros”, una de tantas maneras de negar nuestra relación. Pero, ¿y el resto? ¿Qué pasa con aquellas personas que aceptan nuestra realidad y, aun así, la distorsionan utilizando un pronombre masculino que resulta inaplicable? ¿Y a los que les da lo mismo? ¿Por qué insisten en no hacer honor a la realidad que tienen delante de sus narices?

Recuerdo una anécdota que me ocurrió al poco de empezar a vivir con mi novia. La presidenta de la comunidad pasó por todos los pisos avisándonos del día en que vendría el técnico a instalarnos el TDT, para que estuviéramos en casa por si necesitaba entrar. Dejando aparte que el TDT nunca funcionó, ni antes ni después de la visita del técnico, la presidenta empezó dirigiéndose a “nosotras” como “vosotros”:

─ Y como vosotros sois nuevos en la comunidad…
─ Y si vosotros no podéis estar en casa…
─ Y vosotros, ¿qué tal veis la televisión? (mal, señora, mal, y nos iremos sin haberla visto bien nunca).

Yo, en mi inocencia, creí que la presidenta realmente pensaba que éramos una pareja heterosexual, así que traté de sacarla de su error:

─ Bueno, por si tienes algún problema, te doy mi teléfono y el de [Nombre evidentemente femenino de mi novia].
─ Ay, sí ─respondió ella─, pero dime quién es quién, que vuestros nombres ya me los sé por el buzón…

Ignorando el momento cotilla, me dejó perpleja el hecho de que ella ya supiera que en nuestra casa vivían dos mujeres, y que a pesar de eso, hubiera utilizado el “vosotros”. ¿Por qué lo hacen? ¿Por costumbre? ¿Porque el 95% de las parejas son “vosotros”? ¿Porque creen estar desvelando una realidad oculta? ¿Porque les parece equivalente a hablar de nuestras relaciones sexuales? ¿Por qué, madre mía, que no soy capaz de entenderlo?

Por suerte, frente a la espada del “vosotros”, nos queda el escudo del “nosotras”. De mis padres me defendí durante años y hoy ya utilizan el género gramatical correcto. Con la del banco todo fue más rápido: un par de sesiones irradiando “nosotras” por todos los poros le sirvió para dejar de llamarnos como no debía.

─ Y vosotras, ¿tenéis hijos?

Qué alegría sentí cuando nos hizo esa pregunta, aunque sólo fuera para rellenar un formulario de subrogación: por fin reconocía nuestro género, nuestra relación e incluso nuestra unidad familiar potencial.

¡Encantada!

martes, 16 de febrero de 2010

¿Protegerlos del dolor?

Estas semanas están siendo una época de reflexión, emociones intensas y un tufillo confuso que me hace darme cuenta de que sí, de que vuelvo a sufrir una crisis interna, como cada vez que doy un paso a favor de mi lesbianismo y una parte de mí se vuelve loca de angustia.

Una de las preguntas con las que me flagelo tiene que ver con mi familia, centro de todos mis quebraderos de cabeza y dolores de corazón. Hace poco, explicándole a una amiga las inseguridades que me crea el manejo de mi (in)visibilidad familiar, ella me contó su experiencia de una forma tan natural que me provocó una crisis de conciencia.

Según mi amiga, permanecer en el armario con algunos miembros sensibles de la familia puede ser mejor que mostrarse abiertamente. Ella, por ejemplo, consideraba que si su abuela se enterase de que era lesbiana, sufriría muchísimo, y como no quería hacerla sufrir, prefería mantener en secreto su homosexualidad a pesar de haber salido del armario con otros miembros de su familia. Y esto no le hacía sentir mal; al contrario: pensaba que, de algún modo, estaba protegiendo a su abuela del dolor, y eso sólo podía ser positivo.

A mí esta perspectiva me dejó con un sentimiento agridulce. Por un lado, me reconfortaba la idea de que alguien pudiera decidir permanecer en el armario al encontrar un motivo al que otorgarle mayor importancia que a su visibilidad. No sé por qué, pero a veces me gusta sentir que no hay un único camino por el que resolver la vida de manera satisfactoria, me gusta saber que otras soluciones pueden ser positivas sin necesidad de obcecarse en una única forma de actuar.

Pero, por otro lado, empecé a plantearme una pregunta que sumó confusión a la confusión que ya me aturdía: ¿por qué yo nunca me había planteado la importancia de proteger a mis seres queridos del dolor de saberme lesbiana? ¿Por qué esa pregunta no se había formulado en mi mente, ni siquiera ante la evidencia de dicho dolor? ¿Por qué nunca había barajado el dolor ajeno como un elemento de peso a la hora de tomar decisiones que redundaban en el mismo? ¿Estaría siendo egoísta?

Pensando sobre esto me di cuenta de que, en primer lugar, no pude considerar el dolor que les crearía a mis padres saliendo del armario porque nunca creí que tal dolor fuera a aparecer. Ellos siempre se habían mostrado favorables a los derechos de las personas homosexuales, criticando posturas contrarias, como la de la Iglesia y el PP. No pude anticiparme a una reacción que parecía salida de ninguna parte y, por lo tanto, no pude tener en cuenta su dolor.

Pero, ¿y después? ¿Por qué esa pregunta no pasó por mi cabeza mientras veía a mis padres sufrir por mi causa, cuando incluso ellos me la plantearon más o menos directamente? ¿Por qué no la tuve en cuenta y me planteé la necesidad de protegerlos del dolor? La verdad es que los momentos más duros lo fueron también de confusión profunda, de bloqueo emocional, y en ellos sólo podía tener en cuenta una necesidad: la mía por sobrevivir. Pero, incluso a pesar de ello, y si alguna idea de protección como engañar a mis padres acerca de la continuidad de mi relación, o postergarla, o dejarla definitivamente pasó por mi mente, la deseché de inmediato. ¿Por qué? Supongo que porque tenía la certeza de que la única relación posible con mis padres era una relación basada en la sinceridad, en la apertura; que cualquier engaño al respecto sólo retrasaría un proceso que debía empezar cuanto antes; y que ese dolor que sentían tenía que ser superado: que sería bueno a largo plazo aunque no lo pareciera en el momento.

En cuanto al resto de mi familia, ahora que me planteo qué me gustaría hacer, reconozco que, entre todas las posibilidades, la idea de protegerlos del dolor me rechina más que ninguna. Y es confuso, porque, a la vez, suena estupendamente: preferir su bienestar antes que el mío, sacrificarme por aquellos a los que amo, tenerles siempre presente a la hora de tomar cualquier decisión… Y aunque todavía me encuentro en la fase de sufrir y sufrir sin elegir un camino, tengo algunas intuiciones que me advierten de que ese pensamiento no me va.

En primer lugar, me parece que proteger a los demás de algo incierto, que puede ocurrir y también puede no hacerlo, como el dolor ante una nueva realidad, es una perspectiva paternalista. Yo no sé si a mi tía P, a mi primo L o a mi abuela R les causaría más dolor saberme lesbiana del que les causa saberme soltera desde hace años, sin ningún interés aparente por tener pareja ni formar una familia, y llevando una vida de despreocupada veinteañera peligrosamente cerca de los treinta. Eso sin tener en cuenta que mantener mi secreto me aleja de todas las conversaciones personales, me impide mostrarme abiertamente como soy, y que ese muro de incomunicación es algo que se percibe aunque no se sepa nombrar. Yo no puedo decidir si mi lesbianismo les va a causar un dolor irrecuperable, menos aún a largo plazo, así que no me parece que tenga el derecho de decidir que he de protegerles del mismo.

Por otro lado, creo que esta perspectiva implica la creencia de que el dolor es algo negativo, algo que debe ser evitado, cuando en la mayoría de los casos es una oportunidad de crecimiento. Y sí, es verdad, no nos gusta crecer en el dolor, y sí, es cierto, algunas personas parecen quedarse ancladas en el dolor sin posibilidad de avance, como si su vida hubiese quedado destrozada para siempre (mi madre es un gran ejemplo de ello), pero aún así, ¿debemos considerar positiva esa protección? ¿Es mejor vivir en la ignorancia, alejados de un ser querido, que atrevernos a mirarle como es? ¿Tengo yo derecho a impedirles recorrer ese camino que les puede hacer superar el dolor y abrirse a una nueva realidad, con todo lo positivo que ello implica? A mí me parece que no.

Para terminar, me parece que la lectura altruista de proteger a los demás del dolor es en realidad una trampa. ¿Qué es más egoísta? ¿Compartir una realidad que nos resulta sumamente gratificante y liberadora o hurtársela a nuestros seres queridos? ¿Darles la oportunidad de crecer y transformarse en ella o tomar la decisión de que no tienen la madurez o son incapaces de la apertura de mente suficiente para comprenderla? Y sobre todo: aun en el caso de tener la certeza del dolor, incluso recibiendo señales inequívocas de no querer ver, de no querer saber, ¿qué es más egoísta? O mejor, ¿qué es lo único egoísta? Todo ello, por supuesto, dando por hecho que realmente tratamos de proteger a los demás del dolor, y no a nosotras mismas de ese mismo dolor que nos causa sabernos homosexuales, y por tanto, un objeto potencial del rechazo de las personas a quienes amamos. ¿A quién protegemos y de qué dolor?

En la vida real, donde las ideas abstractas tienen la manía de fracasar estrepitosamente, todas estas respuestas que me doy se complican mediante presiones, chantajes emocionales, inseguridades y miedo, por lo que todavía no puedo decir que haya tomado ninguna decisión. Sin embargo, no me gusta dejar posibilidades sin examinar, ni plantearme por qué aquello que intuyo que no se aplica en mi caso de hecho no lo hace, mientras que, para otras personas, puede ser una solución adecuada, honesta y auténtica.

Encantada de compartir mis reflexiones con vosotras.