viernes, 8 de octubre de 2010

Conviviendo con la ansiedad


Creo que la lección más importante que he aprendido en los últimos años es que debemos respetar a nuestro cuerpo y escucharlo cuando trata de decirnos algo. Me parece que existe algo así como una inteligencia somática, la inteligencia de nuestro cuerpo, que en numerosas ocasiones demuestra ser claramente superior a la sobrevalorada inteligencia racional.

En mi caso particular, durante el último año he estado sometiéndome a una cantidad de estrés, autoexigencia y sufrimiento nada saludables con el beneplácito de mi inteligencia racional. Hubiera seguido haciéndolo hasta quién sabe cuándo si no hubiera sido porque mi cuerpo se ha plantado y ha decidido obligarme a parar por las malas.

Desde luego, no perdió el tiempo: en cuanto pude permitirme una tarde de descanso, la pasé acompañada por la ansiedad. En algunas ocasiones era capaz de apuntar su origen: un problema al que le daba vueltas sin encontrar la solución, una situación que me desestabilizaba, unas palabras tal vez malintencionadas, tal vez malentendidas, etc. Pero la mayor parte del tiempo la ansiedad sencillamente estaba ahí, intentando hacerme ver que el verdadero problema no era esto o aquello, sino todo en general: el modo en que había decidido conducir mi vida.

Algunas personas cercanas ya me habían recomendado acudir a “alguien” para poder compartir mi dolor y recibir algún tipo de orientación sobre cómo manejarlo. Sin embargo, en medio de la vorágine en que me encontraba no era capaz de encontrar una buena razón para hacerlo. ¿Qué iba a decirle a esa persona? ¿Que me daba miedo esto o aquello? ¿Que quería conseguir no se qué y no sabía si lo iba a lograr? Mis ideas, sentimientos y proyectos más queridos centrifugaban a tal velocidad que juntos formaban un gran problema que era incapaz de separar o nombrar.

Afortunadamente, la ansiedad me dio la excusa perfecta para animarme a acudir a una psicóloga. Era tan grande, tan sinsentido, y estaba tan fuera de control, que me pareció suficiente como para plantarme delante de una persona y pedirle ayuda. “Vengo porque siento muchísima ansiedad”. Cuando me preguntó por qué, pude dejar salir todo lo demás.

Este aviso de mi cuerpo, claro y contundente, me está sirviendo para darme cuenta de que mi vida debe dar un giro. En primer lugar, he de aprender a manejar una serie de circunstancias que me atormentan: poco a poco, tengo que ir responsabilizándome incluso de mi no responsabilidad. Pero también necesito replantearme mi modo de vivir, mis prioridades y el ritmo con el que me conduzco, demasiado frenético para darme cuenta de qué es lo esencial.

En cuanto a la ansiedad, todavía sigo sintiéndola, incluso ha aumentado en algunos momentos. Afortunadamente, cada vez está más llena de contenido, dejando de tener esa vida propia tan angustiosa. Además, estoy aprendiendo a manejarla, permitiendo que me muestre lo que de verdad me duele, lo que me importa y me es prioritario, sin hacerse por ello dueña y señora de mi cuerpo.

De hecho, hace algunos días sufrí mi primer ataque de ansiedad. Acababa de quedarme dormida cuando de pronto me desperté sobresaltada. Era tan intenso el malestar que me invadía, que me puse de pie instantáneamente y corrí al baño como si tuviera que sacar urgentemente un demonio de mi cuerpo. El frío del suelo en mis pies me ayudó a darme cuenta de que no había ningún demonio. A pesar de ello, volví a la cama dando tumbos y preguntándome si la cena no estaría envenenada o si habría tomado una pastilla en mal estado, pues tenía la sensación de estar drogada. Tardé unos momentos en recordar que había preparado la cena con mis propias manos y que no había ingerido pastilla alguna, así que me dispuse a despertar a mi novia para que me llevase corriendo al hospital, pues me invadía la certeza absoluta de estar al borde de la muerte.

Fue entonces cuando recordé este fantástico post de Candela en el que describía un ataque de ansiedad (¡salvaste mi noche, amiga!). Y me di cuenta de que uno de mis síntomas era tener la sensación de estar desdoblada, como si mi alma flotara unos centímetros fuera de mi cuerpo, algo que Candela también describía. En ese momento me percaté de que también tenía taquicardia, algo que hasta entonces me había pasado desapercibido, y supe que, efectivamente, ni estaba poseída, ni me habían envenenado, ni, por supuesto, me iba a morir: sólo sufría un ataque de ansiedad.

Me costó alrededor de una hora volver a la calma, pues, a pesar de estar segura de lo que me ocurría, seguía sintiendo un miedo atroz y no me atrevía a apagar la luz. Sin embargo, gracias a las respiraciones que me había enseñado a hacer la psicóloga, pude controlar la taquicardia primero y la ansiedad desenfrenada después, y finalmente, me volví a dormir.

“Lo que tiene que hacer una para que le hagan caso”. Si mi cuerpo tuviera voz propia, seguramente proferiría alguna frase semejante. Y tendría razón: a estos niveles he tenido que llegar para darme cuenta de que algo no iba bien y que tenía que hacerme cargo urgentemente.

Por suerte, estoy en ello y sé que a partir de ahora todo va a ir a mejor.

Encantada de haber sufrido las embestidas de mi inteligencia somática.
Espero que pronto vuelvan a ser sólo el último recurso.