lunes, 25 de marzo de 2013

Muerte de una sirena


Cuando era pequeña, me regalaron un libro con el cuento de La Sirenita. Era una edición preciosa, con unas ilustraciones hermosísimas, tan comunes hoy en los libros infantiles, pero que, por aquel entonces, se estilaban mucho menos.

La lectura de este libro es uno de los recuerdos más claros que conservo de mi infancia. Yo ya conocía la historia, creo que porque había visto la película de Disney, y se me hacía raro ver a los personajes dibujados de un modo distinto. No obstante, me gustó reconocer la trama: el reino del mar, el naufragio, cómo la sirena salva al príncipe, el trato con la bruja, el milagro de las dos piernas...

El motivo por el cual esta lectura ha quedado grabada en mi mente es que su final era muy distinto al que yo conocía. Todavía recuerdo cómo busqué una última página perdida la primera vez que lo leí, incapaz de asumir aquel terrible desenlace; cómo volví sobre mis pasos buscando un detalle pasado por alto, una luz de esperanza ante tanta desolación.

Y es que, en mi cuento, la Sirenita moría. Después de haber abandonado el mundo que conocía, dejando atrás a su familia; tras aceptar los terribles riesgos que conllevaba su apuesta, la Sirenita no se ve recompensada. Ni siquiera se le permite desandar el camino y regresar a su hogar. Debe pagar su osadía con la muerte y convertirse en espuma de mar.

Creo que este fue el primer relato que leí con un final que no era feliz. Y me impresionó vivamente. ¿Por qué? ¿Cómo se justifica tanta saña con un personaje puro, bueno, hermoso, valiente y cuyo único pecado ha sido luchar por el amor y la felicidad...?

Estos días he recordado esta historia y su valiosa aunque terrible enseñanza: que la vida no es justa. Nos enseñan que, si uno tiene buenas intenciones, si no desea el mal, si se esfuerza, si lucha por lo hermoso, si pone en ello todo su empeño... al final gana. Pero la vida no sabe de lógica argumental ni de justicia poética. Ganar o perder, los finales felices o desgraciados se distribuyen al azar en nuestras historias de vida, y a veces un protagonista mezquino consigue todo aquello que no merecía y, otras veces, un personaje honrado acaba siendo castigado con el peor de los finales.

Estos recuerdos, estas dolorosas reflexiones se me mezclan hoy con una canción de Josh Rouse que he escuchado mucho últimamente. Su estribillo me parece una preciosa banda sonora para esa Sirenita de mi infancia, para estas emociones que hoy me arrastran hacia el fondo de un mar de pena en el que mi cuerpo no sabe flotar.

Sinking down slow, sinking down slow,
sinking down... slowly.

sábado, 2 de marzo de 2013

Las últimas/primeras veces


Tardé varias semanas en encontrar el momento adecuado para dejarte marchar. Nunca se me han dado bien las despedidas, las separaciones, y creo que se debe a que me resulta existencialmente inasumible enfrentarme a las últimas veces.

No podía ni pensar en dejarte un martes, cuando aún me quedaban por delante el último miércoles, el último jueves, el último viernes. Tampoco podía separarme de ti una tarde, mientras veía cómo se erguía frente a mí el monstruo de la última noche. Por eso tomé la decisión una mañana, un día en que todo se resolvería en apenas unas horas, aliviada de haberme enfrentado ya a todas las últimas veces con la calma inocente de quien permanecía en la inconsciencia.

Desde entonces mi vida se ha llenado de primeras veces.

Recuerdo la primera vez que hice mi cama, la que hasta hacía apenas unas horas había sido la nuestra, para dormir en ella, por primera vez, sola. La hice llorando, convencida de que sufriría de insomnio el resto de mi vida. Pero la hice también con mucho cuidado, empleando todo el tiempo del mundo en alisar cada arruga, en remeter bien las sábanas, como un acto del amor hacia mí misma que, a partir de entonces, debería presidir mi vida si quería aspirar a una mínima posibilidad de sobrevivir al espanto de tu ausencia.

A aquella primera vez le siguieron muchas otras. La primera vez que me levanté sola. La primera mañana antes de ir a trabajar. La primera compra solo para mí y para los gatos. La primera limpieza de la casa. La primera plancha, las primeras lentejas.

Y aunque todas estas primeras veces están teñidas del color de la tristeza, también se visten de la emoción de los comienzos, de la ambigua esperanza que albergan quienes empiezan de nuevo. A las primeras veces, además, les siguen las segundas, y las terceras, así hasta que llega el momento de perder la cuenta y asumir la nueva vida, la rutina nueva llena de ramilletes de experiencias desconocidas, alegres, conmovedoras, sutiles, plenas, cada vez más alejadas ya de esa tristeza primigenia.

Por más que hoy, lejos de haber alcanzado esa velocidad de crucero, todavía me sobran dedos para contarlas.