jueves, 26 de julio de 2007

Frida Kahlo

En cierta ocasión le insinué que tenía una crema que quitaba el vello.
- ¿Y a ti quien te ha dicho que yo me quiera quitar el bigote? ¡A mi me encanta!


Creo que Frida Kahlo fue una maestra de la vida, no porque nada le saliera especialmente bien, sino porque se enfrentó a todo con pasión y porque, humildemente, hizo lo que pudo. Humilde o arrogantemente, eso no importa.

Una de las cosas que más admiro de Frida mujer es que jugó espectacularmente con todo lo relativo al género. Creo que ella sabía muy bien lo que significaban las cosas de hombres y las cosas de mujeres, y creo que las utilizó sabiamente, dotándolas y despojándolas de sentido al mismo tiempo.

Ya antes de iniciar su relación con Diego Rivera, Frida aparecía de esta guisa en una fotografía familiar:


No tengo ni idea de los motivos profundos de Frida para vestirse de hombre, ni tampoco soy ninguna experta en su biografía; aún así, me atreveré a considerar que Frida adelantaba aquí la performance que, a mi juicio, la teoría queer tanto ha banalizado. Frida, vestida de hombre o de mujer, fue siempre bastante andrógina, y en esta fotografía parece estar cuestionándonos acerca de su identidad. No para obtener ella respuestas, sino para hacernos reflexionar sobre nuestra propia visión, sobre nuestro concepto del género. Y creo que Frida podía hacer eso de manera profunda porque no practicó la performance un día, sino que lo hizo durante toda su vida, jugando con los roles de género en momentos muy concretos y demostrando con ello que conocía su significado más profundo.

Los autorretratos y fotografías de Frida vestida a la manera tradicional mexicana son bien conocidos. Y también los motivos por los que ella adoptaba esa vestimenta, que iban desde la muy revolucionaria reivindicación nacionalista hasta la más personal artimaña para encandilar a Diego. Pero creo que es muy interesante destacar que ella no vestía así porque lo considerase la manera natural de vestir para las mujeres, o porque pensase que así ella era como debía ser, sino por otros motivos (personales, colectivos, emocionales, intelectuales) que nada tenían que ver con lo natural.

Y así es como, tras su divorcio de Diego, pintó este retrato:


Ella sabía muy bien que a Diego le atraía su apariencia femenina, pero también sabía (o, al menos, eso creo yo) que esa apariencia no era más que apariencia, que no formaba parte esencial de ella; en definitiva, que el pelo largo y los vestidos eran características de quita y pon. Y si bien podían estar llenos de significado en un momento, en otro podían perderlo, siendo sustituidos por sus contrarios: el pelo corto y el traje, por ejemplo.

Considero que la profunda versatilidad que Frida mostró hacia la apariencia es sólo una muestra de su profunda versatilidad hacia todo lo que tenía que ver con los roles de género. Así, al igual que adornaba con esmero su peinado, protegía con fiereza su bigote, siendo consciente (¡de eso estoy segura!) de los significados, profundos o superficiales, que ello conllevaba en cada momento. Para mí, Frida dio al mundo una más que interesante lección de androginia, llena de sabiduría y juego, como (a mi juicio) debe ser.

A todas aquellas mujeres lesbianas que tienen/tenemos una relación problemática con la pluma, creo que la maestría de Frida Kahlo puede ayudarnos a iluminar un poco el camino.


Encantada de recibir esa luz.

miércoles, 25 de julio de 2007

Maravillas del marketing

Ayer llegué a mi casa de madrugada, después de darme un atracón viendo “The L word” y sufriendo aún la resaca de la última discusión con mis padres. Entonces vi que me había llegado una carta del banco surrealísticamente apropiada para el momento, pues en el sobre venía escrito tres veces “Soy así”.

Ni corta ni perezosa, abrí la carta para descubrir que los técnicos de marketing se habían superado incluyendo en su interior un test de grafología. Para descubrir tu personalidad, tenías que escribir en un recuadro “Soy especial. Soy así”. Con los ojos entrecerrados y a la luz del flexo, me puse manos a la obra, sonriendo para mis adentros mientras pensaba que en mi caso sería mucho más revelador escribir “Soy lesbiana. Soy así”.


Según los resultados del test, de mi caligrafía se puede deducir que soy dulce, graciosa, emocional, colaboradora, modesta, humilde, paciente, con autocontrol, razonable, cuidadosa y precavida. Una joya, vamos. De hecho, mientras soñaba con dormirme me puse a pensar en que, si algún día decidía ser madre, enviaría el test a la agencia de adopción, porque sin duda reunía todas las características de la madre amantísima ideal. Con tremendo perfil, mi orientación sexual sería pasada por alto seguro.

En realidad, toda esa sarta de buenos sentimientos no me sirven en la actualidad más que para que mi novia me dé muchos mimos (lo cual no es despreciable, en cualquier caso) y para que alguna buena amiga me diga que ya está bien de ser tan tonta. Y es que todo eso es muy bonito, pero también hay que aprender a defenderse, y yo ni siquiera he pasado las pruebas para que me acepten en el curso. En fin.

Por supuesto que no voy a contratar ninguno de los adaptadísimos servicios que el banco me ofrecía, pero le agradezco profundamente que me hiciera pasar un buen rato de reflexión chorra. Si algún técnico de marketing me lee, le pido desde aquí que siga mandándome polleces del estilo, que me divierten un montón.

Estaré encantada de rellenar más tests.

martes, 24 de julio de 2007

La misoginia se mama

He crecido considerando algo natural el hecho de que todas las mujeres de mi familia fueran unas arpías. A su lado, todos los hombres eran unos santos: pacientes, atentos, sencillos, sabios… Por supuesto, mi madre y yo éramos una excepción en esto, pero por una razón igualmente perversa: no nos gustaban las joyas, ni el maquillaje, y nos realizábamos a través de nuestro trabajo; es decir, estábamos adornadas por características pretendidamente masculinas.

Sé que esta situación, tristemente, no se daba ni se da sólo en mi familia, ya que mis amigas de la adolescencia también tenían este tipo de ideas en la cabeza sin que pueda recordar que ninguna las hubiésemos escuchado en el colegio o en el instituto. Me viene a la memoria una de tantas conversaciones sobre hombres en las que todas sacábamos la misma conclusión horrenda:

- Es que los hombres son más nobles.
- Sí, claro que lo son.
- No como nosotras, que somos unas arpías.
- Sí, porque fíjate en ellos, siempre tan amigos.
- Sí, ellos nunca se enfadan.
- Siempre anteponen a sus colegas.
- No como nosotras, que en cuento podemos…
- En cuanto podemos, nos damos puñaladas en la espalda.
- Ya te digo…
- Pero ellos…
- No, ellos son más nobles.

Por desgracia, no estoy en condiciones de asegurar que ninguna mujer de mi familia sea una arpía, ni que varias de mis amigas de la adolescencia no me dieran puñaladas en la espalda. Lo que me pregunto es qué fue primero, ¿la arpía o la idea de ser una arpía? Porque cuando una crece sabiendo que las mujeres somos malas, en el momento de decidir si comportarse de forma noble o rastrera, quizás, simplemente, te dejas llevar por la corriente. No es que esté justificado, pero tal vez una parte de ello se pueda explicar por algo distinto a nuestra natural tendencia a la maldad.

En cualquier caso, y desde hace un tiempo, me estoy esforzando por encontrar la nobleza en todas las mujeres de mi familia. Lo peor no es que no la haya, lo peor es lo que me cuesta mirarlas con otros ojos, con los ojos con los que se mira a una igual, alguien que ha sido tan injustamente considerada como yo, y que se ha comportado como ha podido en un mundo que no se lo ha puesto nada fácil.

La misoginia se mama.
Las gafas de no verlo, los ojos de mirarlo, nos las quitamos y ponemos cada cual.

Encantada.

jueves, 19 de julio de 2007

Maternidad, divina palabra

Con motivo de la celebración del Orgullo, sacaron hace poco un pequeño reportaje en un telediario que trataba sobre las dificultades de adopción de las parejas homosexuales a pesar de la Ley del Matrimonio. Fue así como me enteré de algo que por desgracia sospechaba: aunque dos mujeres lesbianas se casen, el hijo biológico de una no se convierte automáticamente en el hijo lo-que-sea de la otra. Muy al contrario, “la otra” debe pasar por un trámite de adopción equivalente a cualquier trámite de adopción, independientemente de estar casada con la madre biológica, de haber planeado el tener ese hijo juntas, de haber acompañado el embarazo y de convivir, cuidar y amar a esa nueva personita desde su primer día.

Con las parejas heterosexuales no ocurre lo mismo. Una puede inscribir a su hijo en el registro rellenando la casilla del padre con el primer nombre que se le venga a la cabeza. Digo esto porque es posible coger al primer hombre con el que te cruces por la calle y pedirle que figure como padre de tu hijo. Es decir, que para figurar como padre nadie te pide que certifiques que eres el padre biológico, pudiendo darse el caso de que los lazos de sangre que te unan con ese niño sean los mismos que en el caso de “la otra” madre lesbiana: es decir, ninguno. En los casos de las parejas heterosexuales, se da por hecho que el hombre ha colaborado en la creación del hijo, lo cual puede no ser cierto; en las parejas de lesbianas, se da por hecho que la madre no-biológica no ha colaborado en nada y es una extraña para la criatura, cuando, en realidad, su colaboración ha podido ser mucho más estrecha que la de gran número de padres. O quizás no, pero si no les hacen preguntas a ellos, ¿por qué a nosotras sí?

Sin embargo, la historia puede volverse mucho más truculenta todavía. Al parecer, y según me enteré ayer leyendo un libro sobre experiencias vitales de mujeres lesbianas, para conseguir una inseminación artificial como madre soltera también hay que pasar diversas pruebas y exámenes, y no precisamente físicos. Según explicaba una mujer, advirtiendo la ignorancia en la que vivimos la mayoría, para ser inseminada también es necesario conseguir algo así como un certificado de idoneidad. Y yo me pregunto, sin atrever a responderme, si el hecho de estar casada con otra mujer te eximirá de aparecer como “madre soltera” a los ojos de determinados médicos. Es decir, si el hecho de estar casada con una mujer planteará alguna diferencia con respecto a aquellas que estén casadas con un hombre o que sencillamente acudan con un “él” a la consulta, independientemente de su estado civil.

En fin, que el panorama resulta terriblemente desesperante si se compara con la facilidad de tener hijos “por la vía natural”. Al fin y al cabo, y al contrario de lo que parecen pensar algunas personas, la capacidad reproductiva de las mujeres lesbianas es equivalente a la de las mujeres heterosexuales. Lo cual implica que cualquiera de nosotras podría irse mañana mismo “de caza” y conseguir algunos mililitros de esperma gratis y sin preguntas. ¿Acaso no acudían a ese método las amazonas? Muchas considerarían (yo la primera) que acostarse con un hombre no es lo que se dice agradable. Pero, ¿acaso lo es que te metan la aguja para inyectarte el semen casi hasta las mismísimas trompas de Falopio? Quién sabe, tal vez con la emoción de estarte reproduciendo hasta te lo pasas bien. Y seguro que hombres dispuestos hay a patadas.

Qué pena que todo esto no se quede más que en un delirio mitológico, ya que, por lo que a mí respecta, no estoy dispuesta a acostarme con ningún hombre, y menos exponiéndome a contraer alguna ETS, y menos sabiendo que luego no querré tener relación con él pero no podré olvidar su cara, y menos siendo consciente de que mi pareja se volverá un trío fantasma, etc, etc, etc.

Aún así, creo que el derecho a la reproducción también nos asiste a las mujeres lesbianas, y que nuestro caso concreto no está suficientemente protegido. Algunos dirán que las mujeres lesbianas sabemos de antemano dónde nos metemos, ya que no podemos reproducirnos con nuestra pareja; pero también saben dónde se meten las mujeres cuya pareja es un hombre estéril, y ahí está el Estado para ayudarles a procrear, algo que no hace por nosotras.

En fin, que yo todavía no sé si quiero tener hijos, pero en cualquier caso me gusta tomar las decisiones por mí misma, y no coaccionada por unos poderes abstractamente justos y concretamente lesbofóbicos. Lo peor no es constatar que aún existen desigualdades, lo peor es que algunos se llevarán las manos a la cabeza espantados, recurriendo al tan manido “pero si ya se pueden casar, ¿qué más quieren?”

Ni más ni menos que lo que tendría si fuera hetero. Eso quiero.

Y estoy encantada de pedirlo.

miércoles, 18 de julio de 2007

América, esa gran mujer

No sé si será mi torpeza congénita o una realidad, pero cada vez que busco o encuentro páginas web sobre temas lésbicos en español, un 90% son hispanoamericanas. Se podría aducir que, de los 400 millones de hispanohablantes, sólo 40 viven en la Península; pero el caso es que a mí me atufa otra cosa.

Y lo que me atufa es que no encuentro páginas web españolas porque, sencillamente, no hay. Y me pongo a pensar y a recordar los nombres de colectivos patrios famosos y resulta que ninguno es exclusivo de lesbianas. Y lo que es peor: si visitas la anecdótica sección lésbica de los colectivos mixtos, te la encuentras plagada de telarañas.

Así que me arrodillo y beso el suelo por el que pisan nuestras hermanas americanas, que en un ambiente mucho más hostil que el nuestro, consiguen que toda la red tiemble a golpe de caderas. Porque a una humilde españolita que sueña con encuentros lésbicos internacionales, olimpiadas lésbicas y tango para lesbianas, se le hace la boca agua pensando y sabiendo que allí los hay.

Sin dejar de lado la admiración y el quite de sombrero en su honor, vuelvo a mirarme al ombligo, no obstante, y me pregunto, ¿qué pasa con nosotras? ¿Qué nos dan de comer a las lesbianas españolas para que languidezcamos lloriqueando porque lo que nos pasa no le gusta a mamá (esto va por mí, por supuesto)? Se me ocurren muchas respuestas, pero hay una que brilla más que las otras: en España, las lesbianas hemos olvidado qué es el Feminismo.

Para nada quiero echar en cara a las que han hecho el camino hasta aquí que hayan tomado decisiones equivocadas. Porque no creo que lo hayan hecho. Gracias a ellas, hoy disfrutamos todas de igualdad legal (más o menos), de una considerable aceptación social y de pequeñas cuotas de visibilidad. Hay bares para chicas (o algo parecido), obras de teatro que tratan sobre nosotras, estamos representadas en algunas series (con mayor o menor acierto) y diversos colectivos organizan algunas actividades solo para mujeres. Personalmente, yo no he hecho nada para que todo esto funcione, así que respeto, admiro y agradezco a las que sí lo han hecho su impagable labor.

Pero no podemos quedarnos ahí, aún hay que hacer mucho más, y me pregunto qué sentido tiene seguir caminando detrás de los gays cuando tal vez nuestros caminos deban ir separándose. Nunca lo harán del todo, por supuesto, porque ambos compartimos el estigma homosexual; pero las lesbianas también llevamos a cuestas la cruz de la misoginia, y de eso no nos pueden defender ellos, quienesquiera que ellos sean. Muchas de las discriminaciones que sufrimos, gran parte del modus operandi de la lesbofobia, tienen su origen en el hecho de que las lesbianas somos mujeres, y eso no se nos puede olvidar.

En la mayoría de las páginas web hispanoamericanas que visito, la perspectiva de género y el Feminismo son fuertes y robustos cual brazo curtido; aquí no. Aquí, como mucho, se queda todo en una declaración de intenciones que luego no se ve. Y ese es el problema: ¿dónde está la fuerza de un feminismo lésbico que no se ve?

Y por Safo que si estoy equivocada, que si hay una oleada de lesbianas feministas barriendo el país y yo aún no me he enterado, nada desearía más en este mundo que salir de mi error. Sin embargo, creo que, al menos desde los colectivos homosexuales, oleada, lo que se dice oleada, como que no hay. Y tampoco desde las organizaciones feministas, aunque alguna, de vez en cuando, sí que nos haga una mención especial.

Y ese es quizá parte del problema, porque las mujeres lesbianas, una vez más, tenemos que abrirnos de piernas para poner un pie en el mundo homosexual y otro en el de la mujer. Lo cual es complejo, y sinceramente creo que, si estuviésemos más concienciadas, nos lo podríamos facilitar.

A nosotras y a las otras, como las de más allá.

Encantada (y muy mujer).

lunes, 16 de julio de 2007

Tara


La diosa Tara es una de las pocas deidades femeninas presentes en el panteón budista. Sin embargo, su solo ejemplo puede iluminar el camino de muchas mujeres.

Cuenta la leyenda que la princesa Yeshe Dawa (‘Luna de Sabiduría’) acumuló grandes cantidades de mérito durante su vida. Conscientes de su potencial, varios monjes le aconsejaron que se reencarnara en un hombre, ya que un cuerpo masculino le permitiría llegar a niveles de iluminación superiores. Sin embargo, la princesa optó por reencarnarse sucesivamente en cuerpos de mujer, reivindicando de este modo la sabiduría femenina y su potencial. Fue así como Yeshe Dawa se convirtió en Tara, el buda femenino.

Etimológicamente, Tara significa ‘la que ayuda a atravesar’. Es una deidad que protege a los seres que se encuentran atrapados en la rueda del Samsara (la existencia o el sufrimiento), facilitándoles el camino hacia la liberación. Para ello, Tara los libra de un peligro fundamental: el miedo.

Creo que la imagen de Tara puede ayudarnos a comprender que las mujeres somos perfectas tal y como somos, y que para vivirnos plenamente, respetando y valorando nuestra realidad, es necesario que nos libremos de uno de nuestros mayores enemigos: el miedo a ser.

¡Encantada con ello!

martes, 3 de julio de 2007

Resaca de Orgullo


El Orgullo de este año me ha resultado agridulce, y desde luego, no ha sido el Orgullo de mi vida. Y es una pena, porque con la coña de que era el Orgullo Europeo, llevaba un año esperándolo ilusionada.

Para empezar, no me ha gustado nada que, desde las instituciones, se le haya llamado “Desfile del Orgullo”. Entiendo que la parte de las carrozas (que ni siquiera llegué a ver, por cierto) sea un desfile, pero el resto no lo es, y el resto es más de la mitad (por lo menos) del Orgullo.

Yo, personalmente, voy a cualquier cosa menos a desfilar. De hecho, puede que grite consignas y baile frenéticamente, pero en cuanto aparece una cámara de dimensiones públicas, me agazapo cual animalillo asustado y salgo huyendo con el rabo (¿?) entre las piernas.

A pesar de que estaba reservada toda la Gran Vía (entre otras calles), hubo momentos en los que el espacio para “desfilar” no permitía el paso de más de cuatro o cinco personas. ¿Y por qué? Porque el resto estaba ocupado por unas seis, siete o incluso ocho filas de espectadores.

Por muy curtida en manifestaciones que esté, nunca había presenciado paradoja semejante: que el número de manifestantes que pasaban en ese momento por la calle (no digo en total… ¡sólo faltaría!) fuese inferior al número de espectadores. Como dijo alguien que caminaba cerca de mí (dando voz, sin duda, al clamor popular):

- Pero, ¿a qué coño están esperando? ¿A que les lancemos caramelos?

Y es que estas frases ilustran claramente la estupefacción que, por momentos, vivimos muchos, porque, más que en una manifestación, parecía que estábamos en la cabalgata de los Reyes Magos. Y lo digo con conocimiento de causa, porque también estoy muy curtida en cabalgatas.

La verdad es que yo respeto profundamente todo lo de las carrozas, los hombres travestidos y los osos enseñando orgullosamente sus barrigas. Lo respeto y, además, considero que han aportado al mundo una nueva manera de manifestarse, creando la manifestación-fiesta. El color, la música, la alegría y el buen rollo son una manera maravillosa de reivindicar tus derechos y de quejarte de lo que no te gusta. Inclusiva, pacifista, y por supuesto, muy mediática, lo cual creo que es sumamente inteligente.

Pero de ahí a convertirnos en una actividad más dentro del Parque Temático Gay de Madrid… ¡no, gracias! Por mucha visibilidad que aporte (ahora todo el mundo sabe que existimos, y no sólo que existimos, sino que somos legión), aporta también grandes peligros (existimos, sí, pero para muchos, somos una legión de monos de feria).

Como ejemplo diré que entre los espectadores había también muchos niños. Y yo me pregunto si cuando sus padres les animaron a ir al “desfile” lo hicieron diciendo “mira, hijo/a, he aquí unas personas injustamente discriminadas a lo largo de la Historia cuya dignidad debes respetar”, o más bien exclamando “¡mira cuántas locas, Panchito! ¡pásatelo bien mirando las plumas de colores, pero no te acerques demasiado, no vaya a ser que te pegue algo!”.

Por lo demás, sobra decir que la parte “desfile” aporta visibilidad específicamente gay en su mayoría, y que el hecho de disfrazarse de mujer no nos reivindica en absoluto, sino que nuevamente incide en lo colorista de la mujer como figura decorativa.

En resumidas cuentas, prefiero esto a cortar carreteras quemando neumáticos o a destrozar mobiliario urbano, pero tampoco me parece el modelo perfecto. A ver si el año que viene, menos europeo y más madrileño, tenemos un Orgullo mejor.

Encantada de estar ahí, siempre.