domingo, 17 de enero de 2010

Quien la sigue, la consigue

Mi novia y yo empezamos a buscar casa a principios de verano. Antes siempre andábamos mirando pisos por internet, comprobando que eso del desplome de los precios que decían cada día en televisión era mentira, haciéndonos a la idea de cómo podría ser el piso de nuestros sueños y tratando de adecuar esa idea a la cruda realidad. Pero en verano tomamos la decisión, buscaríamos un piso en serio y lo compraríamos, si todo iba bien.

Entonces empezamos a patearnos las calles, reunimos información sobre hipotecas, pasamos horas y horas en internet haciendo búsquedas compulsivas, visitamos varios pisos, hablamos con dueños y agencias, negociamos, revisamos las ofertas de los bancos, las subastas, examinamos nuestras conciencias y nuestros extractos bancarios, asistimos a salones inmobiliarios, empleamos el pensamiento creativo para buscar alternativas, y en tres meses llegó la desesperanza.

Los barrios que nos gustaban eran muy caros, los pisos viejos, necesitados de una reforma integral que no teníamos ni dinero ni ganas ni conocimientos para emprender. Los pisos nuevos eran más caros todavía, y los asequibles nos los entregarían poco antes de que llegásemos a la jubilación, si de hecho eran construidos. Nos habíamos dejado la ilusión en los buscadores virtuales, conocíamos ya todas las ofertas del mercado y el piso que imaginábamos se lo había concedido el ayuntamiento a una amiga de una amiga (¡maldita!). Lo pero es que habíamos visto tantos, tantísimos, que nos sentíamos incapaces de discriminar cuál sería el nuestro. ¿Cómo íbamos a saberlo, si todos nos parecían iguales?

El caso es que lo supimos. Cambiamos de barrios, de expectativas, ajustamos el presupuesto a la realidad de nuestras nóminas, respiramos hondo y seguimos buscando. Un poquito hoy, un poquito mañana, sin atrevernos a visitar ninguno para no acumular decepciones. Hasta que un día, de pronto, un soplo de viento fresco nos animó a contactar con los dueños de varios pisos, y uno de ellos nos devolvió la llamada.

Nos plantamos en la casa sin ningún pálpito anticipatorio. El dueño era majo y la casa estaba bien: tenía, como todas, puntos en contra y puntos a favor. Dimos una vuelta, nos fijamos en lo que pudimos y nos marchamos, diciéndole al dueño lo que a todos los anteriores: que si nos decidíamos, nos pondríamos en contacto.

Pasaron varias semanas en las que nos dimos cuenta de que la casa iba ganando puntos a favor y perdiendo puntos en contra. No había que hacerle reforma, tenía terraza y ascensor (¡al fin!), el precio era asequible y, sobre todo, era especial. Personalmente, me siento atraída por las casas especiales, por las que tienen una distribución diferente, y esta la tenía. Así que, sin prisa pero sin pausa, volvimos a llamar. No sabíamos si, con el tiempo que había pasado, habrían vendido la casa o todavía estaría esperándonos. Yo pensaba que, si ese piso estaba en nuestro destino, no se nos habría adelantado ningún otro comprador. Y así fue.

Ya hemos dado la señal y llevado los papeles al banco.
¡Al fin vamos a comprarnos nuestro propio piso!

Y las ideas negativas que durante seis meses poblaron mi cerebro se disolvieron como por arte de magia.

¡Encantada!

lunes, 11 de enero de 2010

Salir del armario. Las respuestas clásicas (III)

De entre todas las respuestas clásicas a nuestras salidas del armario, estas son sin duda mis preferidas. Por inesperadas, rompedoras, cuestionadoras; porque establecen los lazos más fuertes de intimidad, porque significan una apertura real por ambas partes; porque nos humanizan, acercan, difuminan. Porque me dejan con la boca abierta.

La de ellos:

Así que lesbiana… mmm… pues fíjate que yo… bueno, nunca se lo había contado a nadie, pero… ¡una vez tuve un lío con un hombre! Sí, no sé… Ocurrió casi sin darnos cuenta, ¿sabes?, porque yo soy heterosexual, pero es que él era un amigo muy especial… muy especial, no sé si me entiendes… y bueno, pues ocurrió y… fue bonito, la verdad.

Boca abierta. Ojos como platos. ¿Tantos meses pensándomelo para esto…? Y sin embargo… ¡vaya! Después de todo, he asistido a un acontecimiento único: un hombre heterosexual me ha confesado que, de alguna manera, ha amado a otro hombre. No ha hecho bromas estúpidas, no me ha ofrecido un trío ni su semen, no se ha puesto irónico o pesado… ¡al contrario! ¡Se ha sincerado! ¡Se ha abierto a mí! Ha suavizado su propia orientación sexual y, con ello, nos hemos acercado. Creo que… ¡merece un aplauso!

La de ellas:

No te preocupes, si lo que te pasa es normal. A mí también me ha pasado. Fíjate. Con una compañera de clase, todavía me acuerdo… No sé, supongo que sería admiración o algo parecido… El caso es que su compañía me resultaba especial. Me parecía guapa. Me gustaba. Supongo que me gustaba, ya ves…

Boca abierta. Ojos como platos. ¿Tantos meses pensándomelo para esto…? Y sin embargo… ¡un momento! ¿Cómo que “normal”? ¿Ha querido decir, quizás, “común”? ¿Común? ¡Común! Pero si sólo somos un 5% de la población… ¿por qué le parece normal, que quiere decir “común”? En cualquier caso… ¡qué más da! Se ha sincerado. Se ha abierto a mí. Ha suavizado su propia orientación sexual y, con ello, nos hemos acercado. Creo que… ¡merece un abrazo!

Y hasta aquí puedo leer.
¡Encantada!

lunes, 4 de enero de 2010

Regalos

Empecé a hacer regalos de Reyes al poco de enterarme de que estos eran en realidad los adultos de la familia, o más específicamente (en mi caso al menos), los padres. Desde entonces, es decir, desde hace muuucho tiempo, cada año me hago el mismo propósito:

─ Esta vez compraré los regalos en noviembre. Y si no me da tiempo, a primeros de diciembre. Sí. Lo tengo claro. Pero en navidades… ¡nunca más!

Por supuesto, todos los años desde entonces he comprado los regalos en navidades. Y para más señas, he estado comprando regalos hasta, o incluso exclusivamente, los días 4 y 5 de enero. Así que resulta fácil imaginar a qué clase de tortura nos he sometido a mi novia y a mí esta mañana.

Gran Vía. Preciados. Sol. Una lluvia torrencial y más gente que en la guerra.

Mi novia y yo nos complementamos estupendamente en muchos aspectos, pero uno de ellos NO es caminar bajo el mismo paraguas. Ella no me tapa. Yo me canso. Ella camina medio metro por delante de mí. A mí se me cae el bolso. Si a esto le unimos que mis zapatos (los únicos que tengo) son más malos que un dolor y que he arrastrado los bajos de mis vaqueros por todo el centro de Madrid… se entenderá que haya acabado con los pantalones calados hasta la rodilla, los zapatos que parecían chanclas, los calcetines como una plantación de nenúfares y la bufanda (que me quité porque tenía calor) tan capaz de dispensar agua corriente como una cantimplora.

¿He mencionado ya que si hay algo en el mundo mundial que me ponga de verdadera mala leche es mojarme cuando llueve?

Después de terminar las compras, nuestro plan era ir a la peluquería para empezar el año nuevo con un poco más de dignidad de la que lo acabamos. Pero en la peluquería había suficiente clientela como para quedarnos a hacer noche, así que decidimos dejar a un lado nuestra dignidad para llegar puntuales a la siguiente cita: comida en casa de mis suegros.

Y allí me planté yo, empapada, despeinada y de un humor de mil demonios. Sólo de pensar la cantidad de puntos que iba a perder con mi suegra cuando arrastrara los pantalones vaqueros por la alfombra del recibidor ya quería evaporarme de inmediato. Lo que yo no sabía es que mi novia me prestaría unos estupendos pantalones de su hermano (en cuyas perneras podrían meterse dos o tres de mis piernas) y que una vez consumado el delito tendría la poca compasión de espetarme eso de:

─ ¿Qué pasa, tía? ¿Te has vuelto rapera?

Pues sí. La rapera de la familia se pasó toda la comida en silencio mirando su plato, mientras se hacía mala sangre con su situación: “En casa de mis suegros… ¡y en chándal!”. Creo que no lo he dicho, pero el chándal es una de las prendas de vestir que considero más denigrantes para mi persona… solo precedida por la minifalda. Suerte que luego recuperé algunos de los miles de puntos perdidos llevando a mi suegra al metro en el coche, y suerte también que después de comer nos acercamos a un centro comercial donde por fin encontré el regalo para mi madre que nos hizo recorrernos el centro de manera compulsiva (se me había olvidado explicar que el regalo que más tiempo nos llevó encontrar… no lo encontramos).

─ ¿Te queda algún regalo más de Reyes que comprar, cariño?
─ Sí, cielo ─me vi obligada a admitir después de todo. ─ Uno pequeño para ti.
─ Pues no lo compres. Déjalo. No pasa nada. Vamos, que… ¡ni se te ocurra volver a salir mañana!

El año que viene, en noviembre. Prometido.

Encantada.

sábado, 2 de enero de 2010

¡Feliz 2010!

Este año lo hemos empezado haciendo un rito en compañía de unas amigas. Cada una ha ido escribiendo en varios papelitos algunas de las cosas que han marcado su 2009 y de las que se quisiera deshacer, y después hemos ido quemándolos por turnos.

Al principio yo no las tenía todas conmigo, porque me dan bastante miedo las velas y mucho más quemar cosas con ellas, y también porque todo lo que se me ocurría dejar atrás se parecía demasiado a los típicos propósitos de año nuevo: el estrés, no hacer ejercicio, las cosas feas que me digo… Es decir, lo mismo de lo que llevo intentando deshacerme desde hace no me acuerdo cuántos años. Y no es que no lo vaya consiguiendo poco a poco, a mi ritmo (que es un ritmo bastante lento, por cierto); pero precisamente por eso no me animaba a darle un empujoncito ritual, pues no veía la diferencia entre eso y lo que hago cada enero.

Sin embargo, a medida que mi novia y mis amigas fueron quemando sus papeles, me fui dando cuenta de que nuestro rito tenía una gran importancia simbólica. No es que por escribir una cosa en un papel y quemarlo esta fuera a desaparecer; pero el mero hecho de escribirla, de decirla en alto, de compartirla y de verla arder, se asemejaba bastante a una catarsis teatral. De pronto, todas comprendimos cuáles eran nuestros puntos débiles, qué nos había estado haciendo sufrir y contra qué debíamos luchar. Más que dar por finalizada la batalla, acabábamos de declararles la guerra.

En mi caso, he cobrado conciencia de que, desde hace unos años, en mi interior ha ido creciendo un enemigo nuevo que no existía con anterioridad: el miedo. Un miedo sin referente concreto, o mejor, con tantísimas posibilidades que termina abarcándolo todo. Un miedo a que ocurran cosas terribles como las que ya me han ocurrido, cosas que tienen lugar sin previo aviso, repentinas, y que te vuelven la vida del revés sin que te dé tiempo a rebelarte. Un miedo que me paraliza, que ahoga mi optimismo y esperanza (que son mi escudo y mi espada), que me quiere quieta, escondida, vuelta sobre mí misma y sin capacidad para hacer, sentir, pensar o decir nada.

Y el camino está claro: para superar los miedos hay que enfrentarse a ellos. Así que ya tengo tarea para el 2010.

Encantada.