jueves, 28 de abril de 2011

Un paso más

Ayer salí del armario con mi doctora.

Era un tema que tenía pendiente y en el que ya había empezado a trabajar: visibilizarme como lesbiana para, nunca mejor dicho, curarme en salud.

La verdad es que, para ser sincera, debería admitir que fue ella la que me dio la mano y me ayudó a salir.

Entré en la consulta para la revisión mensual de mi medicación. Ella empezó a hacerme esas preguntas aparentemente sencillas de las que saca tantísima información sobre mi estado de salud. “¿Lloras?”. “Sí”. Y entonces escribe en el ordenador durante un buen rato, mientras yo miro fijamente mi talonario de recetas y pienso que pronto se me van a acabar.

“¿Dirías que te sientes igual o mejor que el mes pasado?”. “Igual”. “Pues entonces vamos a cambiar la medicación”. El plan era empezar a dejar los antidepresivos este mes o el que viene, pero no funcionó. Ahora tomo otros diferentes, para las recaídas.

Cuando entré en la consulta, no quedaba nadie esperando. Así que la doctora decidió dedicarme un poco más de tiempo. “¿Cuál es la causa de tu llanto?”. “La tristeza”. “¿Y la causa de tu tristeza?”. Yo sentí cómo me temblaba el labio inferior. Miré otra vez mi talonario de recetas y contesté. “La mala relación que tengo con mis padres”. “Pero, ¿esto ha sido siempre así o es algo reciente?”. “No ha sido siempre así, es desde hace unos años”. “¿Y cuál es la causa de esa mala relación?”. Respiré hondo y respondí. “Salgo con una chica”.

Me sentí como si tuviera quince años y la directora del instituto me estuviera interrogando.

Pero ella me ayudó a mostrar un poco más de valor. “Eres lesbiana”, afirmó mientras me miraba fijamente a los ojos. “Sí”, le respondí yo del mismo modo, sintiendo cómo poco a poco recuperaba mi dignidad.

Entonces charlamos. Ella me dijo que lo comprendía, que era duro enfrentarse al rechazo de los padres, que con la edad que los míos tenían deberían mostrar otra actitud, que la relación paterno-filial era más complicada en el caso de las lesbianas que en el de los gays, y que la madre de su mejor amigo se había hecho la loca durante veinte años, montando un pollo increíble cuando él le contó que se casaba con ese compañero de piso con el que vivía desde hacía dos décadas en una casa con una sola cama en una sola habitación.

Yo asentía, sonreía, me solidarizaba, mientras iba arrellanándome en el sillón y me dejaba invadir por el alivio de haber vuelto a salir del armario, de haber conquistado un nuevo territorio de libertad.

“Tu madre viene de vez en cuando por aquí, ¿no?”. “Sí”, le respondí. “Pues ya le diré algo, ya”. Mi expresión de espanto no puede traducirse en palabras. “Claro, mujer… ¡Algo le tendré que decir!”.

Atravesé el umbral de la consulta con una mezcla explosiva de emociones borboteando en mi interior. Durante mucho tiempo no he querido salir del armario con mi doctora porque la compartía con mi madre. Temía que la doctora, aun saltándose el secreto profesional, le hiciera algún comentario a mi madre sobre mi intimidad. Pues, aunque mi madre ya sabe que soy lesbiana desde hace muchos años, sus reacciones ante mi visibilidad son imprevisibles, y me aterrorizan más que una victoria electoral del PP.

Pero de pronto estaba ya fuera, y la doctora de mi lado, dándome su apoyo incluso para ayudar a que mi madre entrara en razón.

En eso pensaba mientras bajaba las escaleras y salía del centro de salud; en eso y en las mentiras que pueblan mi historial clínico, una civilización fantasmagórica cuyo único destino desde ahora es dejar de reproducirse y terminar por desaparecer.

Porque yo sí que me había saltado a la torera eso de que a los médicos siempre se les dice la verdad.

Encantada.

miércoles, 20 de abril de 2011

El sexo de las bicis


Hasta que mi novia y yo nos pusimos a recoger información para comprarnos unas bicis, yo pensaba que estas eran como los ángeles; es decir, que no tenían sexo. Pero después me he enterado de que no, pues resulta que hay bicis macho y bicis hembra.

Al parecer, las bicicletas para mujeres estarían adaptadas a las características de nuestro cuerpo: piernas más largas que las de un hombre de nuestra misma altura, acompañadas de un torso más corto (la primera noticia que tengo), peso extra para la espalda a causa de los pechos (eso ya me lo suponía), hombros más estrechos, caderas más anchas (vale, vale...). Esto hace que haya diferencias en el manillar y el sillín; pero, sobre todo, en el cuadro: si tiene forma de rombo paralelepípedo, la bici es macho; si le falta la parte de arriba o es más baja, la bici es hembra.

Sin embargo, y a pesar de la teoría antropométrica, yo me sigo preguntando... ¿POR QUÉ?



Lo que básicamente no entiendo son las diferencias en el cuadro, y, tras varias semanas estrujándome la cabeza, he llegado a la conclusión de que la única causa real es la vestimenta. Para aquellas mujeres que decidan montar en bici con falda, será más cómodo que la parte superior del cuadro no se la levante. Sin embargo, ¿no es también más cómodo para los hombres carecer de esa barra situada peligrosamente cerca de sus genitales? ¿Y si tropiezan y se caen hacia delante...?

En conclusión, ¿qué clase de satán inventó los cuadros con forma de rombo (¿y por qué se llaman cuadros, si son un rombo?), teniendo en cuenta que molestan a todo el mundo?

Por si esto fuera poco, también me he dado cuenta de que, en mi inconsciente, todas las bicis eran macho. ¿Tendrá de esto la culpa el falocentrismo imperante y el sistema patriarcal? Mi respuesta ha de ser necesariamente afirmativa, a tenor de la conversación que, al respecto, tuve hace poco con mi padre:

- ¿Te acuerdas de la bici que tenías cuando eras más pequeña?
- ¿La verde o la azul?
- La verde, la verde... ¡Lo que duró esa bicicleta! Además, era de señorita...
- Yo es que eso de las bicis para hombres y las bicis para mujeres es algo que no entiendo. ¿Tú sabes por qué son distintas?
- ¡¡Pues hija, porque así son las cosas, y ya está!!



Afortunadamente, las bicis que mi novia y yo nos hemos comprado tienen cuadro mixto. ¡Que también existen!

Encantada.

jueves, 14 de abril de 2011

¿Por qué soy republicana?


Personalmente, encuentro muchas razones para ser republicana. Algunas, emocionales, como el recuerdo de un bisabuelo republicano hasta las trancas al que no conocí; otras, intelectuales, como la actitud rebelde e inconformista ante lo que me rodea, que parece haber nacido conmigo. Sin embargo, realmente existe una única razón de peso para que yo lo sea, y esa única razón es suficiente.

Yo soy republicana por principios.

En primer lugar, por el principio de que todas las personas somos iguales ante la ley. Ya sé que este principio se lo saltan a la torera en todos los países, republicanos o no; pero, al menos, en el papel mojado de una constitución republicana no se cometen las incoherencias que encontramos en una monárquica. Según nuestra constitución, todos somos iguales, pero yo nunca he podido optar a ocupar el puesto de representante del Estado, ni podré optar nunca al mismo mientras esta carta siga vigente. Si todos somos iguales, todos deberíamos disfrutar, al menos en teoría, de una igualdad de oportunidades para acceder a cualquier cargo. Y esto no ocurre en una monarquía, porque en ella sólo representas al Estado si eres hijo biológico de quien antes que tú lo representó, lo cual reduce la igualdad a cero. Es decir, en una monarquía la igualdad no existe, porque la desigualdad forma parte de su esencia. Por eso soy republicana.

En segundo lugar, por el principio de que la organización del Estado debe tener en cuenta la diversidad de sus habitantes, y mostrarse neutral ante sus diferencias; particularmente, en el caso de la diversidad de creencias. A este respecto, elijo un Estado laico que respete la libertad de conciencia, incluida la de aquellos que no creen en la existencia de ningún dios, como es mi caso. Y esto resulta imposible cuando se mantiene un derecho sucesorio basado en la consanguineidad, derecho que sólo se comprende y sustenta al contemplar la intervención divina. La monarquía se basa en la idea que una sola familia ha sido elegida por dios para guiar a su pueblo, y que dicha elección es, por tanto, sagrada. Ya sé que a lo largo de la Historia la familia elegida ha ido cambiando a través de intervenciones plenamente humanas, como las guerras; pero, en origen, esa categoría de “elegidos” es la única que justifica que ellos puedan acceder a un honor que los demás ciudadanos tenemos vetado, por lo que monarquía y religión están íntimamente unidas. Y como yo soy atea, también soy republicana.

Finalmente, por el principio de respeto a la autonomía de las personas y a la autodeterminación de los pueblos. Yo creo que las personas de manera individual y los grupos en que decidimos organizarnos tienen derecho a gobernar su vida personal y social como consideren y decidan. Por eso, entiendo que la Democracia participativa es el sistema de gobierno que más respeta este principio, pues en ella no sólo los cargos, sino también las decisiones que estos tomen, están abiertos a la población. Para que esto tenga lugar, los ciudadanos deben poder ostentar un poder del que evidentemente carecen en una monarquía. Así, porque creo en la verdadera soberanía popular, soy republicana.

Cuando escucho a alguien decir que mantener a la familia real es muy caro, y que por eso sería más rentable ser una República… el argumento se me queda corto.

¡VIVA EL 14 DE ABRIL!

Encantada.

domingo, 3 de abril de 2011

Aniversarios


Poco a poco vamos juntando aniversarios.

Tal día como hoy, hace un año, dormimos por primera vez en nuestra casa nueva. Todavía olía a pintura y a barniz, nuestras cosas estaban amontonadas en una habitación, la ubicación de los muebles eran provisional y no había sofá.

Dentro de un mes, celebraremos nuestros seis años de relación. Ha llovido mucho desde aquella primavera en que no queríamos planear nada, ni nombrarlo, ni hacernos preguntas difíciles que todavía no podíamos responder. Sólo permanecer abrazadas, aspirando el aroma de las flores y dejando que pasase el tiempo, siempre demasiado breve, sin imaginar siquiera todo lo que nos quedaba por vivir.

Unos días después, llevaremos tres años y medio viviendo juntas. Aprendiendo de una convivencia que no deja de sorprendernos, de retratarnos a ambas de mil maneras, cuyos momentos especiales exprimimos hasta la última gota, sin dejar de encontrar las fuerzas para reconducir los difíciles hacia el mejor final.

Disfruto coleccionando estos aniversarios, encontrando excusas perfectas para celebrar nuestro amor, segura de que, con el tiempo, irán a más.

Encantada.