viernes, 26 de octubre de 2007

Herencia matrilineal (I)

Una de las herencias más preciadas que he recibido por vía matrilineal es la del gusto por las plantas. A mi abuela le gustaban, a mi madre le gustan, y a mí, desde hace poco, aunque suficiente, también.

Mi abuela solía tener su casa llena de plantas, y además, regalaba a los vecinos el fruto de su creatividad poniendo algunas plantas en el descansillo. Era un pasillo largo, adornado con grandes cristales, donde mi abuela cuidaba sus plantas sin pedir a cambio siquiera un bien merecido reconocimiento.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que un vecino se quejara de que el descansillo era un lugar común y que mi abuela no tenía derecho a colocar allí sus estupideces. Después de grandes broncas sin sentido, y a falta de palabras para explicar que no trataba de invadir, sino de regalar, mi abuela tuvo que recoger sus plantas y dejar el descansillo vacío, envuelta por la tristeza y la impotencia que ella expresaba destilando una mala leche sin par.

Muchas veces he pensado en la injusticia que mi abuela tuvo que sufrir, y en cómo el fruto del trabajo desinteresado, amable y entusiasta de las mujeres es tantas veces desechado sin la más mínima sensibilidad.

Mi madre también llena su casa de plantas, aunque desistió pronto de intentar lo mismo en el descansillo después del precedente tan nefasto de mi abuela. Sin embargo, no por ello ha dejado de ofrecer su creatividad, regalando esquejes, pétalos y macetas por doquier. Por si esto no fuera suficiente, la he visto arrastrar grandes macetas hasta su oficina para decorarla con ellas y alegrarles el día a los demás. A pesar del gran valor simbólico de estos regalos, no siempre son bien recibidos, pues una planta cualquiera apenas puede competir en valor con ese tipo de cosas que salen del bolsillo, no del corazón.

Pero mi madre regala vida, el fruto de su trabajo, lo que ella misma ha ayudado a crecer con sus propias manos, tal y como millones de mujeres hacen cada día, a lo largo de sus vidas, sin que se le dé el más mínimo valor, cuando es un trabajo tan valioso que ni todo el oro del mundo lo podría pagar.

En cuanto a mí, apenas he comenzado mi afición a través de un bonsái, un cactus y las macetas que planeo poner en la terraza de la casa que espero compartir con mi novia. Sin embargo, ese incipiente contacto con la tierra, el tacto de las hojas, la acción de regar cada día, me han aportado sobrada cantidad de paz y armonía como para reconocer que mi afición no hará sino crecer. Tal vez debido a las experiencias de mis predecesoras, no aspiro a compartir mi creatividad con los demás, sino que la realizo por puro placer egoísta. A pesar de ello, tengo ya en mi haber numerosos regalos de flores y plantas, lo que acredita cierto altruismo, incluso a mi pesar.

Regalar una planta es regalar una vida, una oportunidad, una esperanza, una ilusión.
Las mujeres las regalamos cada día, y tal vez pronto el mundo lo comprenderá.

Encantada de verlo ocurrir.

jueves, 25 de octubre de 2007

Cifras y letras

Esta semana han salido en los telediarios los resultados de la última encuesta sobre uso de anticonceptivos entre las "mujeres españolas". Como voy haciendo zapping, y al final, veo unas cuatro o cinco veces la misma noticia, mi malestar interior se fue transformando en indignación, ira y ganas de matar, para terminar aguado en la idea de este post.

Sé que es uno más de tantos olvidos, pero aún no he llegado al nivel de paz interior en el que ser discriminada como por casualidad no haga que me hierva la sangre. Y es que, en el momento en que dan esos datos insensibles (“ocho de cada diez mujeres utilizan métodos anticonceptivos”), y encima se atreven a interpretarlos (“un 20% no utiliza ninguno”… y a quién le importa el porqué), me dan ganas de zarandear mi puño en el aire y gritarle al televisor:

- ¡Pedazo de mierda! ¡¡Un 10% de esas mujeres somos lesbianas!!

Si la sociedad tuviera un mínimo de sensibilidad, advertiría que se está refiriendo al uso de métodos anticonceptivos por parte de mujeres que tienen relaciones heterosexuales. Sé que parece una redundancia, y de hecho lo es, pero examinando las noticias queda claro que, en realidad, se ignora deliberadamente el hecho de que existen mujeres no heterosexuales.

En primer lugar, las palabras empleadas se refieren a todas las mujeres, sin excepción:

El uso de anticonceptivos entre las españolas aumenta un 31% en diez años.
(Ahora me entero de que yo no soy española).

Las españolas menos proclives al uso de estos sistemas son, según dicha encuesta, las andaluzas, extremeñas, levantinas y murcianas.
(Las lesbianas no, que no somos españolas).

Fijándonos en los datos, queda claro que, si dos y dos siguen siendo cuatro (y hasta donde puedo recordar, eso parece), las cuentas no nos salen:

Un 86% de las mujeres entre 25 y 44 años utiliza métodos anticonceptivos.

Bien. Si las mujeres lesbianas somos un 10% de la población, y se nos hubiese tenido en cuenta en esta encuesta, eso querría decir que sólo un 4% de las mujeres no utiliza métodos anticonceptivos, de las cuales, siendo optimista, consideramos que un 1% lo hace por descuido… ¡en este momento sólo el 2% de las mujeres heterosexuales intentan tener un hijo! Eso sin tener en cuenta que muchas mujeres heterosexuales no tienen pareja, o han pasado la menopausia, o son estériles, o incluso célibes.

A mí que me registren, pero esta encuesta me parece una basura.

Sí, es verdad, quizás estoy equivocada. Puede ser que el problema sea mi mala interpretación de base: porque la encuesta, en realidad, se refiere sólo y exclusivamente a las mujeres heterosexuales activas que no pretenden quedarse embarazadas. Entonces sí, entonces todo tiene sentido, y sólo me quedaría apuntar una pequeña duda:

esa información crucial... ¿¿dónde coño la ponen??

Podrían acusarme de sacarle punta a todo, y nos les faltaría razón, porque se la saco; pero es que no soporto este tipo de comentarios, estudios, encuestas y demás de carácter tan totalizador como falso. ¿Por qué si sólo se refieren a un sector de la población hacen como si se refiriesen a toda? ¿Puede ser que hagan esto por simple descuido, porque el sector al que se refieren se presuponga, o que incluso todo el mundo lo haya entendido correctamente menos yo?

Disculpen mi atrevimiento, pero creo que no.

El sector de la población al que se refieren es uno de los sectores femeninos más valorados por la sociedad: mujeres heterosexuales que buscan tener sexo con hombres por puro placer. No digo que esté mal, porque de hecho, es estupendo; digo que las demás (lesbianas, heterosexuales sin pareja, bisexuales, célibes, mujeres estériles, y un largo etcétera) también existimos, también somos “mujeres españolas”, también tenemos la posibilidad de usar métodos anticonceptivos y no lo hacemos por una razón.

En mi caso, no utilizo métodos anticonceptivos porque soy lesbiana.
Pero eso a nadie le importa.

Esta situación me hace recordar la típica pregunta incómoda que nos hacen a todas en el ginecólogo:

- ¿Utilizas métodos anticonceptivos?
- No.
- ¿No mantienes relaciones sexuales...?

Por supuesto, la pregunta por las relaciones sexuales va siempre después, y encima, a nadie se le ocurre hacer mención explícita a la orientación de dichas relaciones. ¿Por qué no podrían hacerlo todo más fácil y empezar así?:

- ¿Mantienes relaciones heterosexuales?
- No.

Porque les importamos un pimiento.

Encantada, española y lesbiana.

miércoles, 24 de octubre de 2007

El otoño

Me gusta el otoño.

Cuando regreso a casa del trabajo, huelo la lluvia en las nubes, noto la brisa más que fresca sobre mis mejillas, reconozco la oscuridad incipiente… Entonces me encojo de placer ante la perspectiva de pasar la tarde sentada en mi mesa, frente a la ventana, junto a una taza de té humeante, leyendo, estudiando, escribiendo, o simplemente mirando cómo las primeras gotas mojan el cristal.

Me gusta el otoño.

A la mayoría de las personas que conozco les desagrada. Pueden apreciar cierta melancolía, pero el sentimiento evocador dura unos instantes: después llegan la tristeza, el mal humor, la depresión, los finales abruptos, los teléfonos colgados repentinamente, el aislamiento, la pereza… Desde hace varios otoños, junto con las primeras hojas me llueven también los primeros problemas, y siguen haciéndolo hasta que el invierno congela las emociones, para bien o para mal.

Aún así, a mí, desde una perspectiva tan individual como imposible, me gusta el otoño.

A medida que se acortan los días, a medida que la luz se vuelve más tenue, mi corazón se acurruca entre las mantas y respira envuelto en paz. La Naturaleza se despoja de lo inservible, y yo lo hago también, con la misma parsimonia, empezando a hacer hueco para lo que vendrá. La cabeza se me llena de inicios, de embriones, de primeras experiencias, todo virtual pero posible, todo futuro pero armónico, tranquilo, sereno, feliz.

Soy muy feliz en otoño. Sobre todo cuando nadie lo estropea.

Estar calmada, rodeada de una hermosa melancolía, con tiempo suficiente para mirarme las puntas de los pies. Eso es algo distinto para mí, necesario, regenerador, y me hace feliz.

Me gusta el otoño.

Y estoy encantada de que haya llegado, al fin.

lunes, 22 de octubre de 2007

Falacias de la homofobia

Hubo un tiempo en mi vida en que me dediqué a visitar compulsivamente páginas webs de contenido homófobo. Fue breve pero intenso, y como excusa consciente, me dije a mí misma que era necesario conocer al enemigo para combatirlo. Sin embargo, hoy puedo admitir que una parte de mí albergaba la íntima esperanza de encontrar una explicación a “mi problema”. Lejos de explicaciones, no obstante, allí lo único que encontré fue una sarta interminable de memeces, que me permitió aceptar, al fin, la realidad de mi existencia, de mi injusta discriminación y de mi derecho a tener los mismos derechos que los demás.

Una vez comprendida, en cualquier caso, la experiencia resultó enriquecedora, aunque sólo sea desde el punto de vista discursivo. Y es que los argumentos utilizados sacaban sobresaliente en el sencillo arte de saltarse todas las reglas del pensar correcto.

Para empezar, la mayoría eran argumentos de fe: que si Dios piensa que tal, que si Dios dice que Pascual, etc. Estos argumentos fallan doblemente: primero, porque está por ver que Dios haya dicho todo lo que ponen en su boca (y también está por ver que la palabra de Dios no pueda ser reinterpretada 25 siglos después). Por otra parte, los argumentos de fe son lo que son: argumentos válidos sólo para los que tienen fe. Y quizá alguien debería recordar a quien los utiliza que los ateos somos ya hordas inconmensurables, y que a mí lo que Dios diga o deje de decir me importa bien poco, puesto que no lo considero un ser de mayor entidad que Don Quijote, pongamos por caso.

Otra sarta de argumentos caía en el despropósito de confundir la causa con el efecto. Al parecer, las personas homosexuales tenemos relaciones con personas de nuestro mismo sexo debido a nuestras malas experiencias con el sexo contrario. Dejando de lado la evidencia de que gran parte de las personas homosexuales nunca han tenido relaciones de pareja con el sexo contrario, y por tanto, no han podido tener malas experiencias (y por tanto, sólo con esa prueba ya se desmonta la teoría); este argumento comete el error de suponer que la homosexualidad es un efecto, cuando en realidad, es la madre de todas las causas. ¡Claro que muchos homosexuales hemos tenido experiencias nefastas con el otro sexo! ¡Por algo somos homosexuales! Y es que, para muchos, el camino hacia el descubrimiento de nuestra orientación sexual no ha seguido el atajo de la simple atracción por el mismo sexo, sino que se ha perdido en el laberinto del rechazo al sexo contrario, con toda la complejidad que eso conlleva. Sin embargo, los repetidos fracasos son precisamente lo que contribuye a hacernos ver hasta qué punto ya éramos homosexuales desde el principio, comprobando que no “nos volvimos” nada “raro” a posteriori.

Esta falacia se aplicaba también para explicar los presuntos “desarreglos psicológicos” provocados por nuestra “enfermedad”. Así, se decía que una de las causas de la homosexualidad era la baja autoestima, lo que nos conducía a tener relaciones sexuales con personas de nuestro mismo sexo por el hecho de no atrevernos a tenerlas con personas del sexo contrario. Dejando de lado, nuevamente, la evidencia de que la autoestima es una clara consecuencia de la discriminación sangrante a las que nos somete la sociedad; me pregunto si los autores de una teoría tan sobresaliente se habrán llegado a plantear alguna vez para tener relaciones con quién se necesita más autoestima. Desde luego, cualquier homosexual puede reconocer que tener relaciones heterosexuales es más fácil a casi todos los efectos, y que la verdadera fuerza, la verdadera autoestima, hay que sacarla a relucir cuando se quiere tener una relación tan prohibida y denigrada como la homosexual.

La sarta de estupideces seguía interminablemente, pero desmontarla era tan fácil como aprender a sumar. Resulta doloroso, no obstante, comprobar que es este tipo de ideas absurdas lo que provoca la muerte, el encarcelamiento y el sufrimiento de por vida a millones de personas en todo el mundo; el lado positivo, creo, es conservar la esperanza en que cualquier sociedad mínimamente civilizada habrá de ser capaz de ver lo inservible de estos razonamientos, y por tanto, con el tiempo iremos viendo caer, una a una, todas las discriminaciones que sufrimos.

O, al menos, eso es lo que estoy encantada de pensar.

lunes, 15 de octubre de 2007

Metáforas de mi armario: El altillo

www.damon-tommolino-art.com/prod02.htm

El armario puede tomar formas diversas, formas que no son sino metáforas de lo que el mismo armario simboliza. En mi caso, una de las metáforas más significativas es el altillo.

Cuando todavía no sabía que era lesbiana, sólo guardaba en el altillo mis diarios. Sin embargo, a medida que fui tomando conciencia de mi condición, el altillo empezó a llenarse de libros de temática lésbica hasta que no pudo albergar ninguno más.

Los primeros libros que compré me los recomendaron en el grupo de ayuda al que asistía. En aquellos primeros meses, cuando ser lesbiana me angustiaba sólo un poco, quizá porque todavía no me lo creía y lo analizaba todo desde una perspectiva intelectual, leí algunos libros con auténtica devoción. Para cada tema que tratábamos en el grupo, yo tenía mi cita preparada: “ah, no, no hay que pensar así, porque como dice el libro de…”.

Mi angustia era tan pequeña, y mis ganas de afrontar un nuevo reto tan grandes, que incluso me atrevía a leer aquellos libros en el metro. Forré las portadas porque sus fotografías me parecían demasiado llamativas, pero íntimamente deseaba que todo el mundo supiera qué libros leía y por qué. “Esto es visibilidad lésbica”, me decía desde una postura tan combativa como inocente.

A medida que avanzaban los meses, y que aquello que mis padres consideraban una fase, un capricho, seguía adelante, la situación en mi casa se recrudeció y los libros del altillo empezaron a crecer. Ya no los forraba, porque ya no me atrevía a sacarlos de casa. Ya no los leía llena de devoción, sino ávida de consuelo. Ya no me parecía travieso abrirlos de noche, a escondidas, cual quinceañera, porque sentía que la que estaba escondida en el altillo no era mi colección de libros, sino que, envuelta en sí misma y con una postura imposible, la que intentaba ocultarse era yo.

Al principio pensaba que salir del armario era sólo cuestión de atreverse, de dar el paso, de decirlo un día, sin pensar, sin lamentarse, sólo decirlo. Y una vez que se pasara el mal trago, saliera como saliera, ya estaba, ya había terminado, nunca más se volvería a entrar.

Me equivoqué. Yo salí del armario con mis padres y ellos me hicieron volver a él. Chantajes, amenazas, llantos, charlas interminables, los métodos no importan: a veces una quiere salir y se encuentra las puertas del armario cerradas desde fuera.

Pero los meses pasaron, y al tiempo, decidí poner de mi parte para mitigar tanto dolor. Fui así como mi altillo empezó a llenarse de cómics para lesbianas, y fue así como descubrí que aquello que mis padres me decían con los ojos crispados lo satirizaban las creadoras por doquier. No podían tener razón cuando los padres de todas las lesbianas habían dicho lo mismo, cuando los tópicos eran tan típicos que hasta servían de material para una viñeta. Había decidido ponerle el punto divertido a mi experiencia, y a base de libros, lo conseguí.

Para entonces mi altillo rebosaba. Los libros y los diarios se peleaban por ocupar el sitio que ya no había, de manera que algunos libros que compré con intención lésbica (aunque la temática fuera neutra) tuvieron que ocupar una estantería exterior. Fue por eso que, cuando empecé la mudanza, uno de los primeros armarios que desalojé fue el altillo.

Sacar tanto libro lésbico de la casa de mis padres fue toda una experiencia. Allí estaba yo, con las manos repletas de bolsas repletas de libros repletos de lesbianas, caminando hacia mi coche mientras aguantaba la risa que me provocaba la idea de desparramar todos aquellos libros por el suelo del garaje. Pero lo único que ocurrió es que todos llegaron sanos y salvos a mi nueva casa, y que entre mi novia y yo pudimos dejarlos sobre nuestro escritorio, donde todavía respiran aliviados después de una amarga existencia en el armario.

Cuando soñaba con la casa que compartiría con mi novia, uno de mis sueños era poder sacar todos aquellos libros del altillo, poder romper aquella metáfora de mi armario y liberar un espacio más para ocuparlo con una vida que no tengo por qué esconder. Ahora que pronto viviremos juntas, sólo espero que cualquiera que nos visite pueda ver mi colección de libros, y que quien prefiera no verla simplemente no pise la casa de dos mujeres que son también lo que esos libros muestran de su ser.

Todavía hay muchos armarios en mi vida, pero no quiero que mi casa sea uno de ellos.

Encantada de liberarla para nosotras dos.

sábado, 6 de octubre de 2007

Un bebé en la mochila

Todos los días subo en el autobús que me lleva al trabajo con una mamá que carga a su bebé dentro de una mochila. Es una mamá que me llama mucho la atención porque no se parece a otras mamás que no me gustan nada.

No me gustan nada las mamás que, cuando no eran mamás sino simplemente mujeres, cuidaban exquisitamente de su cuerpo y, ahora que uno o varios churumbeles se lo han destrozado, se arrastran lánguidas por la vida como si el mundo les debiera algo. Yo creo que las mujeres tenemos todo el derecho del mundo a anteponer nuestro cuerpo a cualquier otra cosa, y por supuesto, a anteponer nuestro cuerpo al hecho de ofrecerlo para crear en su interior otra vida, ya que este proceso no es ninguna broma, ni ninguna mujer deja de serlo por no querer pasar por él. Sin embargo, una vez que una mujer decide quedarse embarazada y dar a luz, considero esencial que acepte las consecuencias, y que cuando se mire horrorizada en el espejo (momento terrible, estoy segura), acto seguido se gire para contemplar a su pequeño llena de amor, no que salga despotricando a la ventana y le grite al mundo cuánto le debe. Entiendo que muchas circunstancias obligan a las mujeres a tener hijos sin desearlo del todo o sin estar preparadas para aceptar sus consecuencias con madurez, pero también creo que muchas mujeres ya deberíamos ser capaces de decidir por nosotras mismas, y que dejarse arrastrar por la comodidad o el qué dirán tiene consecuencias fatales que todas deberíamos tratar de evitar.

Tampoco me gustan nada las mamás que se comportan como una especie de estación de servicio para sus vástagos, con las piernas permanentemente abiertas para crearlos y los pechos permanentemente llenos para alimentarlos. Creo que todas las mujeres, mamás o no, debemos mantener nuestra individualidad, sin desperdigarnos entre las personas que nos rodean, pues ello acarrea consecuencias perniciosas para nosotras y para los demás. Así, muchas madres que lo dieron todo (y no niego que fueran coaccionadas para hacerlo), después pretenden recibir una parte proporcional a cambio, cuando eso, por definición, es algo que no puede ocurrir. Ser madre consiste en dar a fondo perdido, y si después, con el paso de los años, aquel bebé por el que pasaste tantas noches en vela se ha convertido en un adulto que te respeta, te aprecia, comparte cosas contigo e incluso te visita, entonces puedes considerarte una mamá afortunada. Darlo todo esperando recibir algo a cambio no es darlo todo, es abrir una cuenta de crédito a una persona que tal vez nunca en su vida la pueda pagar.

Pero la mamá del autobús no es una mamá como estas, es una mamá dueña de sí misma que, a la vez, ama profundamente a su bebé. No sé por qué sé eso de ella, si sólo la veo durante unos minutos en el autobús de la mañana, pero es algo que siento dentro de mí como una poderosa intuición.

El otro día me volví hacia ella en un momento en que consideré que podía mirarla sin parecer una acosadora, y la pillé en una hermosa estampa llena de amor. Mientras que su bebé colgaba con las piernas y los brazos abiertos de la mochila, mirando a cualquier parte con la boquita abierta, ella lo abrazaba fuertemente con los ojos perdidos hacia el infinito. Era una imagen tan bella, que tuve que dejar de mirarla y empezar a pensar en cosas horribles para evitar que un llanto descontrolado me hiciera llegar al trabajo con peores pintas de las que ya llevo todos los días.

En ese momento me di cuenta de algo en lo que nunca había reparado. Y es que normalmente tendemos a pensar que son las personas más jóvenes o desvalidas que nosotros (bebés, niños, adolescentes, ancianos) las que nos necesitan, las que están ahí para recibir de nosotros cariño, cuidados, atención. Sin embargo, observando a esa mamá abrazada a su bebé, me di cuenta de que, en ese preciso instante, era ella la que lo necesitaba a él. Me di cuenta de que ese bebé, sin hacer nada más que existir, que respirar, que colgar de su mochila, estaba llenando la vida de esa mamá como quizás nadie nunca pudiera llegar a hacerlo. Me di cuenta de que, en ese momento concreto, el bebé le estaba dando más a su mamá de lo que ella podría darle en toda su vida. Y me pareció una idea hermosa, una idea que me enterneció el corazón y me hizo valorar súbitamente a muchas de las personas que me rodean. Personas por las que tengo que hacer muchísimas cosas y que, sin embargo, me reportan a mí más de lo que yo puedo reportarlas.

Y así es como llegué al trabajo feliz, contenta y llena de amor.

Encantada de montar en autobús.

jueves, 4 de octubre de 2007

Desastres mentales


Reprimir mi lesbianismo durante años, a pesar de haber sido un mecanismo inconsciente, me ha creado numerosos desastres mentales. Uno de ellos, quizá el más doloroso, es haber perdido mi capacidad de comportarme con naturalidad al relacionarme con otra gente.

Puedo fechar en los quince años el momento en que dejé de ser natural con mis amigas. Hasta entonces, guardo una ristra completa de fotos en las que aparezco abrazadísima a todas ellas y siempre muy sonriente. A partir de los quince, los abrazos desaparecieron y la sonrisa se difuminó de melancolía. No sé qué pasó, simplemente, empecé a pensar que aquellos abrazos, aquellas caricias, aquel ir cogidas de la mano ya no estaban bien. Lo curioso es que yo temía que ellas pensaran que mis intenciones eran perversas, cuando en realidad hoy creo que era yo la que tenía miedo del placer que a veces me causaban esos roces amistosos.

No llegué a darme cuenta de este cambio hasta que, hace pocos años, una amiga me comentó de pasada que yo pertenecía a esa clase de personas “a las que no se les puede tocar”. Hasta entonces, juro solemnemente que había estado segura de que fueron mis amigas las que habían cambiado para conmigo, dejando de abrazarme quién sabe por qué razón. Pero después de ese comentario empecé a pensar y me di cuenta de lo que siempre había sabido: que quien realmente tenía una razón para dejar de tocarlas era yo.

Con los hombres no puedo marcar una fecha para mi cambio, aunque también sé que lo hubo, y que probablemente fue a la misma edad. Yo siempre había sentido una camaradería especial hacia ellos, que me hacía estar a gusto en su compañía, supongo que porque no percibía ningún tipo de tensión sexual. Sin embargo, llegó un momento en que también identifiqué lo excesivamente relajado de mi camaradería, que no respetaba ciertos límites, límites que, al parecer, había que respetar. Fue así como fui perdiendo mi naturalidad hacia los hombres, creyéndome una mujer ligera de cascos, o para que nos entendamos, una calientapollas. Porque lo que yo entendía como amistad ellos lo consideraban una incitación sexual que, una vez frustrada, me dejaba en mal lugar.

De esta manera aprendí que yo poseía algo intrínsecamente malo, que hacía las cosas al revés y siempre de manera sucia y perversa. De esta manera aprendí a desconfiar de mis impulsos naturales, de mis instintos, y empecé a comportarme como yo creía que se esperaba de mí: mecánicamente, con prótesis que me eran ajenas, perdiendo mi espontaneidad.

Recién me he dado cuenta de este desastre mental, y apenas soy capaz de analizarlo, de entenderlo, de aceptarlo. En mi día a día, pienso una y otra vez si debería mirar a esta o aquella persona a los ojos, si es un momento adecuado para ofrecer un abrazo, si he de saludar o mejor mirar hacia otro lado. Aún me pregunto cuántos minutos exactos puedo frecuentar la compañía de las personas que me son agradables, cuáles son los contextos en los que se desarrolla una relación de este u otro tipo de manera normal, cuántas veces puedo llamar por teléfono, qué datos personales tengo derecho a conocer, cuándo, cómo y por qué. Y siento pena de mí misma, una terrible tristeza al verme convertida en un robot, sin saber, una vez más, qué es lo que quiero, sin saber, una vez más, quién soy.

Sólo espero que este desastre mental sea de los que tienen arreglo, para poder arreglarlo un poco cada día y recuperar así mi naturalidad.

Porque estaba encantada de tenerla, y hoy, desde mi corazón de lata, la añoro a más no poder.