martes, 18 de junio de 2013

Dedicado a mis LECTORAS


Quiero dedicar mi última entrada a todas las personas que estáis al otro lado, detrás de otra pantalla: a mis lectoras y, también, a algún que otro lector despistado (!). 

Gracias a vosotras, he aprendido a disfrutar no solo de escribir, sino también de ser leída. Esta experiencia (muy nueva para mí, que hasta hace nada apenas compartía lo que escribo) me ha resultado muy reveladora. Me he dado cuenta de que merece la pena atreverse a compartir de la manera en la que lo he hecho con este blog. De hecho, mi intención no es dejar de hacerlo, sino todo lo contrario: quiero empezar un proyecto nuevo con fuerzas renovadas, aunque sé que para ello necesito tomarme antes unas pequeñas vacaciones.

Además de saberme leída, me he sentido acompañada, arropada, animada, comprendida... en muchos momentos de mi vida: duros, blandos y medianos. Y lo he sentido de una manera más cercana y auténtica de lo que jamás pensé que pudiera ofrecer el ciberespacio.

Así que, una vez más, quiero agradeceros que me hayáis acompañado durante todo este tiempo.
Vosotras también habéis hecho que Encantada blog haya sido posible.

domingo, 16 de junio de 2013

Seis años ENCANTADA


En estos días se cumple el sexto aniversario de mi blog y sé que con él se cierra una etapa importante de mi vida.

Hace ya tiempo que sentía la necesidad de un cambio. Lo intuía, lo sufría, lo soñaba. Algunos aspectos empezaron a cambiar sin mi permiso. Y ya que todo parecía moverse, consideré que sería un error resistirme a la corriente.

Cuando comencé a escribir en este blog, era una veinteañera asustada que, sin embargo, se negaba a prescindir completamente de la esperanza. Hoy soy una treintañera que ha visto cómo su vida ha elegido caminos alternativos para casi todo, y que, a pesar de ello, parece ir llegando a los mismos fines con los que un día se atrevió a soñar.

Mi blog me ha acompañado en todo este proceso. Con él he aprendido, he reflexionado, he compartido, he planeado, he crecido y madurado. Sin embargo, hoy necesito un nuevo horizonte para una nueva etapa de mi vida. Ignoro cuál será, pero pienso tomarme el tiempo que sea necesario para descubrirlo.

Así que, entre triste e ilusionada, he decidido escribir el penúltimo post de mi blog.
Encantada.

domingo, 14 de abril de 2013

A mí me huele a REPÚBLICA...


Qué hermoso día de primavera para celebrar el 82º aniversario 
de la proclamación de la II República.

Qué fantástica coyuntura política y social para sentir 
que la III está más cerca que nunca.

¡Viva la REPÚBLICA!
Encantada.

jueves, 11 de abril de 2013

Reconciliándome con mi trabajo


Poco a poco voy reconciliándome con mi trabajo. Desde que empezó el año, me hice el firme propósito de racionalizar mis esfuerzos y recuperar la ilusión. Y aunque la cabra siempre tira al monte, creo que lo estoy consiguiendo.

Para ello, me he centrado en dos motivaciones principales. La primera son las personas con las que trabajo; sobre todo, mi alumnos y alumnas. El momento de llegar al instituto y empezar las clases suele ser mi preferido de toda la jornada laboral. Y aunque a veces termino hasta el moño, casi todos los días consiguen arrancarme una sonrisa o emocionarme. Tal vez sea porque soy una persona de risa y lágrima fácil, pero en este caso... ¡mejor para mí!

Mi otra motivación es la materia que enseño. Me encanta hablar de Literatura, de Arte, de Historia. Me gusta leer, pensar, sentir, reflexionar. Así que estoy procurando desoxidarme, volver a estudiar, a aprender cosas nuevas, a sorprenderme y a emocionarme (¡sí! ¡emocionarse es la clave!) para que todo tenga sentido de nuevo, para recordar por qué escogí esta profesión partiendo de mis aficiones, de lo que más me gustaba hacer en la vida, con la idea de compartirlo con los demás.

Intento que no me roben también lo que merece la pena.
Y parece que funciona.

Encantada.

lunes, 25 de marzo de 2013

Muerte de una sirena


Cuando era pequeña, me regalaron un libro con el cuento de La Sirenita. Era una edición preciosa, con unas ilustraciones hermosísimas, tan comunes hoy en los libros infantiles, pero que, por aquel entonces, se estilaban mucho menos.

La lectura de este libro es uno de los recuerdos más claros que conservo de mi infancia. Yo ya conocía la historia, creo que porque había visto la película de Disney, y se me hacía raro ver a los personajes dibujados de un modo distinto. No obstante, me gustó reconocer la trama: el reino del mar, el naufragio, cómo la sirena salva al príncipe, el trato con la bruja, el milagro de las dos piernas...

El motivo por el cual esta lectura ha quedado grabada en mi mente es que su final era muy distinto al que yo conocía. Todavía recuerdo cómo busqué una última página perdida la primera vez que lo leí, incapaz de asumir aquel terrible desenlace; cómo volví sobre mis pasos buscando un detalle pasado por alto, una luz de esperanza ante tanta desolación.

Y es que, en mi cuento, la Sirenita moría. Después de haber abandonado el mundo que conocía, dejando atrás a su familia; tras aceptar los terribles riesgos que conllevaba su apuesta, la Sirenita no se ve recompensada. Ni siquiera se le permite desandar el camino y regresar a su hogar. Debe pagar su osadía con la muerte y convertirse en espuma de mar.

Creo que este fue el primer relato que leí con un final que no era feliz. Y me impresionó vivamente. ¿Por qué? ¿Cómo se justifica tanta saña con un personaje puro, bueno, hermoso, valiente y cuyo único pecado ha sido luchar por el amor y la felicidad...?

Estos días he recordado esta historia y su valiosa aunque terrible enseñanza: que la vida no es justa. Nos enseñan que, si uno tiene buenas intenciones, si no desea el mal, si se esfuerza, si lucha por lo hermoso, si pone en ello todo su empeño... al final gana. Pero la vida no sabe de lógica argumental ni de justicia poética. Ganar o perder, los finales felices o desgraciados se distribuyen al azar en nuestras historias de vida, y a veces un protagonista mezquino consigue todo aquello que no merecía y, otras veces, un personaje honrado acaba siendo castigado con el peor de los finales.

Estos recuerdos, estas dolorosas reflexiones se me mezclan hoy con una canción de Josh Rouse que he escuchado mucho últimamente. Su estribillo me parece una preciosa banda sonora para esa Sirenita de mi infancia, para estas emociones que hoy me arrastran hacia el fondo de un mar de pena en el que mi cuerpo no sabe flotar.

Sinking down slow, sinking down slow,
sinking down... slowly.

sábado, 2 de marzo de 2013

Las últimas/primeras veces


Tardé varias semanas en encontrar el momento adecuado para dejarte marchar. Nunca se me han dado bien las despedidas, las separaciones, y creo que se debe a que me resulta existencialmente inasumible enfrentarme a las últimas veces.

No podía ni pensar en dejarte un martes, cuando aún me quedaban por delante el último miércoles, el último jueves, el último viernes. Tampoco podía separarme de ti una tarde, mientras veía cómo se erguía frente a mí el monstruo de la última noche. Por eso tomé la decisión una mañana, un día en que todo se resolvería en apenas unas horas, aliviada de haberme enfrentado ya a todas las últimas veces con la calma inocente de quien permanecía en la inconsciencia.

Desde entonces mi vida se ha llenado de primeras veces.

Recuerdo la primera vez que hice mi cama, la que hasta hacía apenas unas horas había sido la nuestra, para dormir en ella, por primera vez, sola. La hice llorando, convencida de que sufriría de insomnio el resto de mi vida. Pero la hice también con mucho cuidado, empleando todo el tiempo del mundo en alisar cada arruga, en remeter bien las sábanas, como un acto del amor hacia mí misma que, a partir de entonces, debería presidir mi vida si quería aspirar a una mínima posibilidad de sobrevivir al espanto de tu ausencia.

A aquella primera vez le siguieron muchas otras. La primera vez que me levanté sola. La primera mañana antes de ir a trabajar. La primera compra solo para mí y para los gatos. La primera limpieza de la casa. La primera plancha, las primeras lentejas.

Y aunque todas estas primeras veces están teñidas del color de la tristeza, también se visten de la emoción de los comienzos, de la ambigua esperanza que albergan quienes empiezan de nuevo. A las primeras veces, además, les siguen las segundas, y las terceras, así hasta que llega el momento de perder la cuenta y asumir la nueva vida, la rutina nueva llena de ramilletes de experiencias desconocidas, alegres, conmovedoras, sutiles, plenas, cada vez más alejadas ya de esa tristeza primigenia.

Por más que hoy, lejos de haber alcanzado esa velocidad de crucero, todavía me sobran dedos para contarlas.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ruptura


Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

M. Hernández.

La Literatura me ha salvado la vida muchas veces. Hoy me la salva una vez más, prestándome las palabras que no encuentro para expresar lo que impide salir a mi voz. 

Después de tanto, después de todo, hemos decidido separarnos. Si es definitiva o momentáneamente, solo el tiempo lo dirá.

viernes, 1 de febrero de 2013

Un sueño


Desde hace varios meses, se me viene repitiendo un sueño cuyo significado simbólico no soy capaz de interpretar. A lo largo de este tiempo, además, ha ido mutando su forma, a pesar de mantener su fondo. Y a juzgar por la última vez que lo tuve, hace apenas dos noches, el mensaje que intenta transmitirme resulta cada vez más acuciante.

En el sueño, vuelvo a vivir en casa de mis padres. Nunca es una decisión voluntaria o consciente. De pronto, me doy cuenta de que estoy viviendo allí. Lo curioso, lo que se repite siempre, es que, de manera súbita, recuerdo que tengo mi propia casa y que puedo vivir en ella. Que no necesito estar en casa de mis padres; que, de hecho, ya tenía una casa antes de volver a la suya; y que, simplemente, he olvidado que la tenía.

Ante esta situación me siento de muchas maneras. Las primeras veces que tuve este sueño, sentía mucha angustia. En realidad, por aquel entonces no soñaba que vivía en casa de mis padres, sino que me había quedado a dormir allí unos cuantos días. Al recordar que tenía una casa, me entraba una urgencia tremenda de recoger mis cosas y marcharme. Concretamente, solía pensar que tenía que salir de allí antes de que mis padres volvieran, o antes de que me descubrieran. 

Recuerdo un sueño en particular en el que me veía a mí misma sacando las cosas del armario, aterrada, mientras mi madre se acercaba por el pasillo: sentía que, si me veía, intentaría que me quedase, algo que debía evitar por todos los medios.

Junto a esta angustia, sentía también un gran alivio, una gran alegría. ¡Tenía una casa! ¡Se me había olvidado, pero la tenía!

Posteriormente, los sueño empezaron a cambiar. Ya no llevaba algunos días durmiendo en casa de mis padres por equivocación: muy al contrario, me daba cuenta de que estaba viviendo con ellos, que llevaba meses haciendo vida en su casa y que me había olvidado completamente de la mía. Pero ya no sentía esa angustia por marcharme, sino una gran preocupación por haber abandonado mi casa. ¿Cómo estaría? ¿Sucia y llena de polvo...? 

En estos sueños, además, me sentía muy desorientada, porque no conseguía recordar cómo era mi casa. Sabía que tenía una y sabía dónde estaba, pero había olvidado completamente su forma, si había comprado ya algún mueble para ella o si estaba vacía, si me podía marchar inmediatamente o era inhabitable, si algunas de mis cosas estaban allí y tampoco me había acordado de ellas en todo ese tiempo...

Entonces, cogía el coche y me iba a verla. Y la sensación siempre era parecida. ¡Pero si tenía una casa preciosa...! ¿Cómo podía haberme olvidado de ella? Nunca era igual, pero siempre era grande, luminosa, bonita. Y estaba llena de muebles y lista para vivir porque, de hecho, yo ya vivía allí antes de olvidarlo y acabar en casa de mis padres. 

A veces, incluso, en mi casa había animales o niños, sucios, llenos de polvo y abandonados. Y yo me quedaba perpleja, no daba crédito a mi "despiste" (ni al hecho evidente de que hubieran logrado sobrevivir todo ese tiempo). Y me ponía a limpiarlo todo (churretes de los niños incluidos), sintiéndome fatal por dentro, pero sabiendo, a la vez, que ya llevaba mucho tiempo viviendo en casa de mis padres, que ya no podía hacer una maleta rápida para volver a mi casa, pues me enfrentaba a toda una mudanza, algo que no era posible preparar de inmediato. Y eso me hacía sentir triste, frustrada y muy enfadada conmigo misma.

La otra noche, el sueño volvió a cambiar. La base era la misma: de pronto, me daba cuenta de que vivía en casa de mis padres aun teniendo una casa propia que ya había habitado anteriormente. Pero no hacía nada. Incluso recordaba cómo era la casa (esta vez, tenía una terraza enorme llena de plantas), aunque no podía sentir nada positivo hacia ella. Tampoco hacia la casa de mis padres. Me sentía como vacía por dentro.

Entonces, mi padre venía a hablar conmigo. He de decir que, frente a mi madre, que suele tener una función muy negativa en mis sueños, mi padre es un personaje más neutral. Se acercaba a mí con un rostro muy serio, que no suele mostrar en la vida real, y me decía que teníamos que hablar. Mi madre y él querían saber cuándo me iba a ir a vivir a mi propia casa. Al parecer, llevaba ya mucho tiempo viviendo con ellos, demasiado incluso, y tenía que regresar. Yo le decía que sí, que era consciente, que sabía que tenía mi propia casa y que había pensado en volver, pero que no tenía fecha para ello, ni perspectivas de mudanza siquiera. Y eso era todo.

No había urgencia, ni ansiedad. No había miedo ni ilusión. Ni siquiera me sentía sorprendida al recordar que tenía una casa propia, ni tenía curiosidad por su estado. Nada, no quedaba nada en mi interior.

Esta serie de sueños me causa muchísima desazón. Se me saltan las lágrimas simplemente al escribir estas palabras y recordarlos. Pero, por más conmoción emocional que sienta, por más claro que tenga que apuntan a algo importante, no los sé interpretar. 

Deduzco que el sueño tiene que ver con ir hacia atrás. Después de haber conquistado una autonomía, vuelvo a una situación de dependencia; frente a un proyecto de vida, regreso a una calle cortada, a una vía muerta desde hace mucho tiempo. Entiendo también que, aunque al principio parecía que mis padres eran mis padres y su casa era su casa, en realidad simbolizan otra cosa. Porque al final son ellos mismos los que me dicen que su casa no es mi lugar. 

¿Y qué significa mi casa? Para mí, la casa es un lugar seguro, donde sentirse a gusto, en el que puedo desarrollar muchos aspectos de mi vida. En estos sueños, además, suele ser un lugar hermoso, luminoso, con vida en su interior. La casa es, también, un reflejo de mi vida, de mis proyectos, de lo que es importante para mí. 

Así que entiendo que, según el sueño, he ido olvidando todo eso, lo he ido dejando a un lado hasta el punto de que ya apenas me importa. Mis emociones, buenas y malas, se han ido enfriando. Estoy atrapada en una especie de limbo, donde nadie me retiene pero de donde no quiero salir.

¿Se refiere esto a algo en concreto, o es una sensación general en mi vida? Tal vez sea lo segundo porque, si fuera algo más concreto, quizá aparecería en el sueño, que, por lo demás, es muy general.

¿Alguna sugerencia...?

domingo, 20 de enero de 2013

Angustia existencial


Cuando era más joven, solía pensar que la angustia existencial era un divertimento burgués propio de personas cansadas de tenerlo todo. Me resultaba patético el sufrimiento reflejado en novelas como La náusea: qué montón de tonterías juntas, cuando el mundo está lleno de oportunidades, retos y aventuras.

Y es que así era mi mundo entonces: un horizonte abierto, un camino interminable, un manojo de sueños, de sorpresas, de esperanzas. Todo estaba por hacer, todo parecía en mi mano, y yo disfrutaba imaginando un futuro grandioso.

Pero el tiempo pasa, y el futuro llega, y no es malo ni bueno ni grandioso: tan solo el resultado de haber recorrido ya una parte del camino, de haberse acercado a un horizonte que ahora nos resulta más estrecho.

La vida no se acaba, los sueños tampoco, pero todo se hace más pequeño, más corto, más angosto. La rutina nos sofoca no tanto por su carácter repetitivo (que bien puede hacernos sentir paz, seguridad y orden), sino por su estatismo, por ser un camino que se cierra sobre sí mismo, sin llevarnos a ninguna parte. 

Cada día te levantas, te esfuerzas, te cansas, y todo para volver a levantarte, esforzarte y cansarte al día siguiente. No hay más objetivo que el propio devenir, un objetivo nada despreciable, pero, por alguna razón, insuficiente. 

Durante toda mi vida he luchado y he ganado. Quizá no lo que esperaba, pero siempre algo que me hacía sentir que la lucha seguía mereciendo la pena. Ahora me siento cansada, me cuesta imaginar futuros grandiosos; ya no tengo que pensar qué seré, porque ya soy, y, sin embargo, lejos de completarme, esa certeza me vacía.

Ahí es cuando la angustia existencial me hace comprender, de golpe, todo lo que antes despreciaba, a todas las personas que, antes que yo, se sintieron así y dejaron testimonio de ello. Y entiendo que es un sentimiento impropio de una persona joven y llena de esperanza.

Sé que esta angustia no es toda la verdad, como tampoco lo es el horizonte abierto que observamos cuando somos jóvenes, pues ni está tan abierto, ni lo miramos únicamente con júbilo (también cuando era joven me angustiaba lo indeterminado de un futuro hoy plenamente conocido).

Lo que ya no tengo tan claro es si estos momentos son crisis propias de una edad... o de un aburguesamiento culpable.

Encantada.

jueves, 17 de enero de 2013

¡Pónganse gafas!


Para mí, descubrir el Feminismo como forma de mirar el mundo supuso una auténtica revolución en mi vida. Una vez que me puse las gafas violeta, ante mis ojos aparecieron numerosos aspectos de la realidad en los que nunca antes había reparado. Ya nada fue igual y, desde entonces, me cuesta comprender la perspectiva de aquellos que todavía no miran a través de sus cristales.

El grupo que más me saca de quicio es el de los progres-de-vuelta-de-todo que consideran que el Feminismo ya no es necesario porque la igualdad es una realidad "suficientemente extendida". Aquellos que creen que, si nombras la diferencia, la creas y, por lo tanto, es mejor ignorarla. 

Hace poco, mi novia y yo tuvimos una conversación con unos amigos en la que salió el tema de los strip-tease en las despedidas de solteros/as. Se planteó la cuestión de si era lo mismo que una mujer se desnudara o que lo hiciera un hombre, y a mí se me ocurrió soltar algo así como que no podía ser lo mismo porque ocupamos lugares diferentes en la estructura de la sociedad. ¡En qué momento! Todo el mundo se me echó encima como si fuera yo la inventora del patriarcado o, en su defecto, una defensora acérrima del mismo.

La verdad es que, en situaciones como esa, nunca sé cómo actuar. Parece que todo lo que huele a Feminismo debe ser combatido, y a mí se me quitan las ganas de discutir. Entiendo que, si me callo, las ideas que me sublevan permanecerán y se seguirán extendiendo; pero, a la vez, siento que entrar en debate es una pérdida de energía sin sentido.

La única conclusión que saco de este tipo de reacciones es que el Feminismo, desgraciadamente, sigue siendo muy necesario. Que la lucha por desmontar las mentiras del patriarcado (y, sobre todo, las del neopatriarcado-aquí-paz-y-después-gloria) continúa siendo difícil, pero ineludible. Y que las gafas violeta deberían ser un complemento obligatorio que estuviera permanentemente de moda.

A veces, lo único que quisiera añadir en determinadas conversaciones es: "Por favor, ¡póngase gafas y después hablamos!", porque siento que el lenguaje de quien ve y el de quien todavía permanece ciego son incompatibles.

martes, 15 de enero de 2013

Mi compañero de desvelos


Los primeros días de instituto después de las vacaciones se me suelen hacer muy cuesta arriba. Este año no ha sido diferente y, con la vuelta a las clases, han regresado también las noches de insomnio. Si a este proceso le unimos una sesión de terapia con mi psicóloga, se comprende que hace unos días me despertara en plena madrugada sintiendo una ligera aunque molesta ansiedad.

Como suelo hacer en estos casos, me levanté de la cama y me fui al sofá. No me gusta dar vueltas en la cama, por más que mi doctora opine que si me levanto es peor para volver a dormirme; y mucho menos me gusta cuando me siento agobiada, con ganas de llorar y, sobre todo, muy indignada por volver a sentirme de esa manera. Así que me arrastré hasta el salón y, estrujando un pañuelo entre las manos, me puse a llorar, de los nervios, el agobio y el enfado, valorando si no sería mejor dar rienda suelta a un instinto más genuino que me impulsaba a arrancarme a patadas con lo primero que encontrase.

Aquella noche los gatos habían decidido dormir en el salón, aunque normalmente duermen en nuestra cama. Seguramente se despertaron en cuanto me oyeron levantarme, y cuando me senté en el sofá, vinieron corriendo a mi lado para ver qué ocurría. Después de olisquearme un poco, S volvió a su camita; pero V se quedó mirándome fijamente, con esos ojos suyos que te tocan el corazón, y al poco se subió en mi regazo, apoyó sus patitas delanteras en mi pecho y se puso a ronronear con fuerza.

Hace mucho tiempo que V no se nos sube encima más que en contadas ocasiones, y con sus seis kilos de peso y su historial delictivo, tener sus colmillos a pocos centímetros de mi nariz resultaba bastante impresionante. Por un momento creí que mi pequeño acceso de ansiedad se iba a convertir en una crisis en toda regla, porque pensaba que si me movía V iba a morderme, y si no me movía, estaría temiendo todo el tiempo que V me mordiera. Al final, sin embargo, decidí relajarme y confiar en mi gato, que hacía muchos meses que no me mordía y que, además, llevaba varias semanas volviendo a comportarse como un cachorro cariñoso (crecidito, pero cariñoso).

Así lo hice y, al rato, me sentía mucho más calmada, con ganas incluso de cerrar los ojos para intentar dormirme. V me había transmitido una gran tranquilidad con su ronroneo, y un gran amor con su gesto. Finalmente volví a la cama, contenta, sin ansiedad ni enfado, y tras dar las vueltas de rigor, me quedé dormida.

En realidad, lo que pasó la otra noche no fue nada extraordinario. V lleva siendo mi compañero de desvelos desde que vino a vivir con nosotras. Cuando era un cachorro, se tumbaba conmigo en el sofá y me arropaba con sus diminutas patitas. Más tarde, cuando empezó a dormir en nuestra cama, no llegaba a cerrar la puerta del baño al levantarme cuando ya le oía bajar de la cama de un salto y correr a hacerme compañía. Por las noches, V siempre me mima, me ronronea, me acompaña.

A veces me pregunto si V sabrá que, cuando me levanto de madrugada, es porque me siento agobia, triste, alterada. A veces me respondo que seguro que lo sabe, y que se queda a mi lado para cuidarme, como cuando estoy enferma y no se mueve de la cama hasta que yo lo hago. Ignoro el mecanismo por el que un animal puede comprender nuestros estados, pero el caso es que lo hacen.

Evidentemente, un animal no es un ser humano. No te da consejos, ni trata de razonar contigo, ni te da ánimos; pero, a cambio, te transmite un amor y una serenidad de los que pocos humanos son capaces. Creo que es difícil entender esto si no se ha sentido la compañía de un animal en un momento delicado, pero, cuando tienes ese privilegio, no te queda ninguna duda de lo que está ocurriendo.

Aunque odie el insomnio, sé que hay momentos en que no podré evitar sufrirlo; me queda el gran  consuelo de saber que cuento con un compañero de desvelos.

Encantada.

sábado, 12 de enero de 2013

Brotes verdes

La primavera pasada planté unos bulbos de tulipán que había comprado en Holanda. Me hacía muchísima ilusión imaginar mi terraza llena de unas flores tan alegres, así que, durante varios meses, los cuidé con mucho mimo. Pero la primavera pasó, pasó el verano y, cuando llegó el otoño, entendí que los tulipanes nunca germinarían. Y me sentí muy desgraciada. Me embargaba una sensación devastadora de que todo lo bonito me estaba vedado, y que no había nada que yo pudiera hacer para cambiarlo. Así que dejé de regar los tulipanes y ni siquiera fui capaz de sacar los bulbos y guardarlos para el año siguiente: preferí regodearme en la imagen de los bulbos podridos, rodeados de un montón de tierra inservible para otras plantas, afeando las jardineras de mi terraza.
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Y llegaron el invierno y las vacaciones y, un buen día, mi novia mi preguntó si había visto los tulipanes.
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– ¿Qué tulipanes? –respondí yo a mi vez, despistada.
– Los de la terraza.
– ¿Los de la terraza? –volví a preguntar yo, que no entendía a qué terraza se refería.
– ¡Los tulipanes de nuestra terraza! –insistió ella, exasperada–. ¡Que ya han salido!
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Supongo que me costó entender la noticia porque me resultaba absolutamente inconcebible que, durante los meses de calor y de lluvia, mientras los regaba con todo mi cariño, los tulipanes no hubieran crecido; y que, ante el frío, las heladas y el abandono, les hubiera dado por salir. Pero así fue, y, cuando me decidí a acercarme de nuevo a aquellas jardineras que contenían el germen de mis frustraciones, pude observar un montón de brotes verdes, que salían prácticamente de cada bulbo que, tantísimos meses atrás, había plantado.
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Y es que así se las gasta la Vida. Por más que una se empeñe en que es lógico y racional que algo ocurra, por más que una se esfuerce en que así sea, si Ella considera que no es el momento, no hay voluntad humana que pueda doblegarla. Pero cuando la Vida decide que ahora sí, que ahora va a ocurrir aquello por lo que tanto habíamos penado, las circunstancias adversas se quedan en agua de borrajas, pues la Vida se abre camino contra toda lógica, razón e inclemencias temporales.
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Sé que cuando entienda esta norma tan sencilla (que aquí manda la Vida, y no yo), dejaré de sufrir muchísimo. Mientras tanto, volveré a regar mis tulipanes con amor, ahora que mi ilusión y, de rebote, mi esperanza, se han visto renovadas.
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Encantada.

martes, 1 de enero de 2013

¡Feliz 2013!


Después de sobrevivir al fin del mundo... ¡estamos inmunizadas contra el 13!

Os deseo que este año nuevo traiga mucha suerte para todas.

Encantada.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Un año de TERAPIA


En estos días se cumple un año desde que mi novia y yo decidimos ir a terapia de pareja. Y he de decir que, independientemente de cómo resulte para nuestra relación, ha sido una buena idea.

Acudimos a terapia porque teníamos una serie de conflictos que no éramos capaces de resolver solas. Estos conflictos eran lo suficientemente graves como para provocarnos buenas dosis de infelicidad, pero no tan fuertes como para que nos decidiéramos a romper.

La mayor parte de las sesiones han estado repletas de buen rollo y colaboración. Las dos hemos ido a la terapia con muy buenas intenciones, pues teníamos todas las ganas de volver a estar tranquilas y felices, como lo habíamos estado tantas otras veces. Nos hemos reído mucho en gran parte de las sesiones (y nuestro terapeuta con nosotras) y al salir nos hemos vuelto a sentir muy afortunadas de tenernos la una a la otra.

Pero también ha habido sesiones muy duras. Personalmente, he descubierto que, para comprender ciertas cosas, y hacerlo de una manera rápida y profunda, necesito entrar en crisis. Y eso no es agradable ni fácil de sobrellevar. Algunas de las sesiones me sentaron como una patada en el estómago, y después pasé varios días llorando, enfadada o con ganas de mandar a la mierda a todo el mundo.

En este sentido, la terapia de pareja es muy diferente a la individual. Al menos desde mi punto de vista, el saber que no se trata solo de tu propio bienestar, sino también del de tu pareja, hace que todo parezca mucho más grave y que requiera de un esfuerzo mucho más urgente. 

A medio plazo, evidentemente, esto provoca una mejoría más rápida, porque no puedes eternizar los problemas, como a veces se hace en la terapia individual, cuando las mierdas quedan entre tu psicóloga y tú y, si haces como si no hubieran pasado, puedes ser capaz de convencerte de que no pasan.

Pero a corto plazo... los efectos son brutales, al menos en mi caso. Estas crisis, además, se agravan porque mi capacidad de reacción es bastante lenta, y durante la terapia no me doy cuenta de hasta qué punto algo está resultando devastador para mí. Así que no digo nada, y después de la sesión es cuando empiezo a sentirme fatal. Afortunadamente, con el tiempo he mejorado un poco en esto, y ahora ya consigo expresar mis emociones cuando nuestro terapeuta todavía puede reconducirlas lo suficiente.

En cualquier caso, creo que hacer terapia de pareja es algo muy sano, que no debería reducirse solo a los momentos de crisis, sino todo lo contrario. Y es curioso, porque muchas personas estamos convencidas de que el crecimiento personal es algo importante en nuestras vidas, pero no se nos ocurre que igual de importante resulta el crecimiento con los otros. Lo cual es una pena, porque este crecimiento, este aprendizaje, es mucho más rápido, profundo y emotivo, y además engloba también el crecimiento personal.

Gracias a nuestra terapia, mi novia y yo hemos aprendido mucho sobre nosotras mismas y sobre la otra. Creo que ahora somos personas más humildes y empáticas, más generosas y responsables. Y todo ello lo hemos conseguido en pareja, lo cual es una fuente de orgullo y unión, a pesar de todas las dificultades que conlleva.

Y aunque preferiría que la mayor parte de nuestros conflictos nunca hubieran ocurrido, estoy encantada de haber ido a terapia.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Crisis, cambio, oportunidad

Hace algunas semanas recordé eso de que, en chino, la palabra correspondiente a crisis está formada por otras dos: "cambio" y "oportunidad". Investigando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que es más una leyenda urbana que otra cosa; aun así, a mí, como a tantas otras personas, me ha servido para reflexionar y llegar a buenas conclusiones.

Y es que, desde hace un tiempo, me vengo preguntando dónde está mi oportunidad en medio de todos los cambios que me suceden últimamente. Y resulta que, al menos en el aspecto laboral, parece que la he encontrado. 

Este año, mis horas de trabajo y mis alumnos se han multiplicado. Y yo no terminaba de entender lo que significaba hasta que no llegaron los primeros exámenes y sus correspondientes correcciones. Hace más de un mes de aquello y, desde entonces, no he podido parar de corregir. Un tema se junta con el siguiente, termino un grupo y ya tengo otros tres esperando. Corregir llena mis días, fines de semana incluidos, y apenas puedo realizar otras tareas (ni laborales ni de las otras). Yo, que era famosa en mi centro por preparar fichas primorosas, por idear actividades creativas, ahora no tengo nada motivador, diferente, estimulante que ofrecer, porque si me dedicara a ello, no tendría de dónde sacar las notas para la evaluación.

Esta situación me ha amargado profundamente. Me he hecho preguntarme cuál es el sentido de mi profesión y, sumida en una desesperación absoluta, hasta cuál es el sentido de mi vida. Para mí, no había nada positivo en esto, y no dejaba de repetírmelo: "Nos han jodido. Con los recortes, nos han jodido la vida".

Hace unos días, sin embargo, empecé a ver la luz. Si bien es cierto que esta situación es prácticamente insostenible, y que las políticas que nos han llevado a ella son injustificables, y que a los peperos les desearía yo la mitad de lo que nos desean al resto; esta crisis, estos cambios me están sirviendo para alcanzar unas cotas inimaginables de asertividad.

En lo que respecta a darme a los demás, siempre he sido bastante pringada. Y más en mi trabajo que, hasta hace poco, era mitad empleo, mitad voluntariado social. Sin embargo, a base de no tener más remedio, he aprendido a decir que no con una soltura que roza el desparpajo.

Y eso que antes me apuntaba a todos los saraos. Estaba metida en mil comisiones, preparaba actividades extraescolares de todo tipo (concursos, gymkanas, fiestas), participaba en los programas de mejora de la convivencia, de la biblioteca... Al principio lo hacía porque estaba ansiosa de aprender un poco de todo. Después, porque todo el mundo contaba conmigo y me costaba muchísimo decir que no. Y aunque mi psicóloga me ayudó a aprender a decir que no y a comprometerme solo con aquello que podía sacar adelante, la crisis, los cambios han conseguido que mi nivel de participación se ajuste a la perfección a mi horario laboral.

Creo que dentro de poco alcanzaré lo que se ha convertido en mi ideal: ser como el típico funcionario que, cuando llega la hora de marcharse, cierra el garito y se va.

Quizá quienes me conozcan en ese estado piensen que soy una raspa con falta de compromiso y motivación. Y a mí me dará igual. Para una persona que se ha entregado con alegría a aquello en lo que creía, verse obligada a tener que dejar de hacerlo ya es lo suficientemente triste como para, encima, sentirse culpable por ello. Para alguien que, además, tenía ciertos problemas para poner límites, se convierte, irónicamente, en toda una oportunidad.

Seguro que si un pepero (o un cualquiero pro-recortes) leyera esto, pensaría que he ganado en eficacia, y que de eso se trata: de hacer más con menos, todo un éxito. Al pepero le diría yo unas cuantas cositas (si es que tengo paciencia para hablar, porque lo que me apetece no es precisamente eso), pero, sobre todo, le explicaría que toda la eficacia del mundo no le llega ni a la suela de los zapatos a un trabajo hecho con alegría e ilusión.

A mí me han robado ambas, y si me consuelo es porque quiero consolarme y ver en esta impuesta asertividad, en esta eficacia por narices, mi trocito de oportunidad.

En espera de poder recuperarme y volver a hacer un trabajo con auténtica calidad.

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