Los derechos de las personas LGBT y de nuestras familias forman parte del conjunto de los Derechos Humanos. Y aunque algunos preferirían creer que no, un pequeño paseo por la Declaración de 1948 nos recuerda que así es:Artículo 1
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
Artículo 2
Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.
Artículo 3
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
Artículo 5
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.
Artículo 7
Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.
Artículo 12
Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.
Artículo 16
1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.
3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.
Artículo 18
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.
Artículo 19
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.
Artículo 25
2. La maternidad y la infancia tienen derecho a cuidados y asistencia especiales. Todos los niños, nacidos de matrimonio o fuera de matrimonio, tienen derecho a igual protección social.
Artículo 26
2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.
Que los Derechos Humanos se incumplan en todo el mundo no quiere decir que debamos resignarnos y dejar de exigir que se respeten también para las personas LGBT. Es más: en el caso de que nuestros derechos no estuvieran recogidos en esta Declaración, su inclusión habría de ser un nuevo frente en nuestra lucha, y la modificación de un texto discriminatorio nuestra meta.
Humana como los demás,
y encantada.







¡Encantadas!















Evidentemente, no esperaba un acto masivo como ocurre en el Día del Orgullo, entre otras cosas porque aquello es un fiestón (por encima de cualquier otra cosa, vayamos admitiéndolo) y esto se quedaba en llana manifa. Y aunque un acto semejante nunca estará suficientemente concurrido (deberíamos haber asistido 3 millones de madrileñas, de nacimiento o adopción), he de decir que el ambiente me resultó sumamente agradable. ¡Lesbianas del mundo, desengañaos! Las chicas más interesantes no acuden a los bares de ambiente... ¡están todas preparándose para manifestarse el 8 de marzo!
Otra diferencia que me llenó de gozo fue la convivencia de generaciones que se produce en esta marcha. Me harté de ver mujeres más que maduras vestidas de violeta y cantando proclamas. Hubiera querido hacerme una foto con todas y cada una de ellas e invitarlas a tomar un café para que me contaran cuál había sido su experiencia como feministas. Porque estas mujeres seguramente empezaron a pensar sobre su condición cuando todavía no podían comprarse ni una lavadora sin la firma de su padre o marido.
Junto a estar mujeres, marchaban también muchas madres con sus hijas (e hijos), niñas y jovencitas que portaban carteles y se iban empapando del movimiento. Me llenó de orgullo verlas y saber que sus madres las estaban educando así en el respeto a ellas mismas, y no pude menos que apuntármelo como clave personal para cuando yo también sea mamá.
Para mal, me resulta imposible terminar esta crónica sin aludir a la práctica inexistencia de reivindicaciones específicamente lésbicas. Aunque mi novia y yo nos recorrimos gran parte de la manifestación, sólo pudimos encontrar una pancarta que, aunque digna, no tenía apenas seguidoras. Tengo la esperanza de que los grupos pro-lesbianas marchasen al final (porque la esperanza es lo último que se pierde, y porque en el final, final de la manifestación no estuvimos); aun así, me parece que hay colectivos de sobra para que su presencia se hiciese notar más de lo que se hacía.
Lo cual no quiere decir que no hubiera lesbianas. Lesbianas había por todas partes: cantando a favor del aborto, contra el maltrato, por la solidaridad entre mujeres de diferentes culturas, contra la precariedad laboral femenina; cantando contra y por todo lo que había que cantar. A lo que me refiero es que es una pena que no pudiéramos cantar por nuestras reivindicaciones específicas, acompañadas de otras mujeres cuyos temas sí apoyamos, a pesar de que, en numerosas ocasiones, ni siquiera nos incumben.

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