viernes, 24 de agosto de 2012

¡No alimentéis a los trolls!


A lo largo de mi experiencia como bloguera (que se remonta a varios años antes de Encantada), he asistido a numerosas polémicas, discusiones e insultos públicos en los blogs en los que he participado, incluidos los míos. En general, no me gusta tomar parte en ellos porque no considero que (me) aporten nada; pero no puedo evitar hacerme algunas preguntas al respecto.

La principal de ellas es: ¿POR QUÉ?

¿Por qué se producen estas discusiones absurdas, sin sentido, pero sumamente enconadas, además de emocional e intelectualmente perturbadoras y destructivas?

Después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que todo gira en torno al troll. ¿Y qué es un troll? En la jerga informática, un troll es una persona que entra en un foro, blog o similar, para publicar comentarios que generen polémica, con el objetivo de herir, confundir y provocar enfrentamientos. Estas personas suelen ampararse en el anonimato; aunque, en ocasiones, también buscan notoriedad, por lo que pasan a ser conocidas por sus alias, perfectamente identificables.
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Cuando se detecta la presencia de un troll en una comunidad, se aconseja que no se le "alimente"; es decir, que el resto de los participantes procuren ignorar sus comentarios para no polemizar, ya que los trolls abandonan las comunidades donde no reciben la atención que buscan.


Y es que eso es lo que busca un troll: no enriquecer la entrada con otro respetuoso punto de vista, no aportar nuevos datos que desarrollen una reflexión, ni razonar, ni argumentar, ni tan siquiera compartir una experiencia. Lo que quiere es que se le haga caso, que se le alimente, y que las personas que participaban en esa comunidad dejen de prestar atención al tema que se estaba tratando o a la intención que tenía el autor del blog cuando escribía... para centrarse en él.

Lo cierto es que determinadas discusiones que he leído parecen haber sido deliberadamente provocadas por un troll. Y es que sus ataques no se pueden evitar; tan solo es posible controlarlos a través de la moderación de comentarios. Sin embargo, esta tarea tampoco es fácil. Personalmente, y dejando de lado a los trolls más evidentes, me resulta imposible diferenciar un comentario auténtico (aunque desafortunado) del comentario de un verdadero troll.

En lo más profundo de mi ser, no obstante, reconozco que querría tratar a ambos de la misma manera: ignorando o borrando sin miramientos aquello que considere fuera de lugar, pues creo que todos deberíamos esforzarnos por no comportarnos como un troll. Me parece que aprender a expresar críticas constructivas es algo positivo que se debe fomentar. Y, tal vez, una manera de hacerlo sería dejar de aguantar a quienes comentan sin ton ni son ni cuidado, soltando por su boca todo lo que les viene en gana en nombre de la libertad de expresión.

(Estoy pensando ahora mismo en que sería genial que hubiera algún tipo de etiqueta que permitiera calificar algunos comentarios como "dignos de un troll").

Lo cual me genera otra pregunta: ¿dejar de alimentar al troll implica coartar la libertad de expresión?

A mí me convence. ¿Y a ti?

Conozco a muchas blogueras que no dudan en establecer los límites de la libertad de expresión adecuados para su blog, pues no publican comentarios anónimos ni tampoco permiten la publicación inmediata de los que vienen firmados, sino que estos han de ser aprobados por ellas antes de ser visibles. Evidentemente, tienen todo mi respeto, porque cada una sabe lo que se hace con su blog y conoce también los ataques que ha sufrido. Como si no se quieren recibir comentarios, que es una opción posible.

Personalmente, no modero los comentarios porque me resulta tedioso; lo cual, sin embargo, no me permite liberarme del dilema de los trolls. Especialmente cuando algunas personas, que firman sus comentarios o que incluso son conocidas en la blogosfera, se comportan como tales. Y no me estoy refiriendo a aquellas personas que encienden el ordenador preguntándose: "¿A quién pondré verde hoy?"; sino a las que, dentro de una sesión normal, se ven poseídas por el espíritu de un troll al encontrarse con determinadas entradas.

Supongo que estas formas de actuar, como en la vida real, tienen que ver con la personalidad. Hay quien se enciende fácilmente, hay quien abre la boca y deja salir sapos y culebras, hay quien se cree con el derecho y el deber de dirimir entre el bien y el mal, hay quien considera que las faltas de respeto no están reñidas con la razón... y hay quien no hace nada de esto.

No pretendo predicar en el desierto. Ciertos comportamientos no pueden ser modificados desde fuera, y mucho menos desde la red. Sin embargo, todavía hay algo que me preocupa. Y es el caso de aquellas personas aparentemente sensibles, buenas lectoras y buenas escritoras, que de buenas a primeras te la lían parda en cualquier blog. Lo que más me interesa de este comportamiento, porque es más sencillo de modificar que un rasgo de carácter, es que muchas de las discusiones que presencio parecen estar relacionadas con una mala interpretación (o, simplemente, una mala lectura) de cierto contenido de un blog.

Ante determinadas discusiones, me queda claro que ciertas personas no comprenden de qué se trataba exactamente una entrada, ni el tono del autor, ni su intención. A pesar de todo esto, y como no podía ser de otra manera, comentan. Y a mí me dan ganas de escribirles: "¡Por favor, vuelve a leer lo que se ha escrito, porque tu comentario no tiene nada que ver...!". Pero no lo hago porque supongo que, si han comentado, es porque creen haber entendido bien.

Sé que en la vida real son comunes los malentendidos, y que estos también se pueden producir en la red. Sé que los malentendidos se multiplican cuando la comunicación es escrita y/o diferida, cuando la presencia de la persona que ha elaborado el mensaje no te ayuda en la comprensión. Sé que no todo el mundo tiene la misma competencia lectora, aunque esta es una explicación simplista que me niego a considerar. Lo que yo me pregunto es: ¿hay algo en la naturaleza de los blogs que propicie especialmente los malentendidos y el comportamiento tipo troll? A mí me parece que sí. O, por lo menos, se me ocurre una explicación.

Creo que la clave está en la conjunción de dos elementos: por un lado, la existencia de entradas largas y/o complejas, que requieren de una lectura atenta y pausada; por otro lado, las ansias irrefrenables de comentar.  

A veces ocurre que, frente a ciertos temas, los lectores nos encendemos y vamos dejando de leer lo que pone para leer lo que hemos leído otras veces, lo que hemos escuchado, lo que nos repiten desde niños, lo que nos saca de quicio. Y así, después de dos, tres, cuatro minutos, las letras concretas desaparecen para convertirse en las palabras mudas de un diálogo de besugos, donde pasamos a defender nuestra posición sin saber muy bien contra quién, ni por qué, ni hasta qué punto es necesario. En ocasiones, el dueño del blog responde en los mismos términos, ignorando incluso su propia entrada, otros comentaristas se animan... y ya tenemos líada la "Guerra de los Trolls".

Poseídos todos por un troll del ciberespacio, culpables todos de su existencia y de su patética actuación.

Acaso este comportamiento de lector-escritor-descuidado, de comentarista-cumpulsivo, ¿no podría considerarse también como propio de un troll? Al fin y al cabo, si lees por encima para decir: "¡Cuánto me alegro!"; parece que, en general, no puede producirse un malentendido demasiado grave. Pero si lees por encima para cagarte en todo, entonces quizá es que tu intención primigenia, casi casi desde que leíste el título de la entrada, era comportarte como un troll.

'¡Esta entrada es una mierda!. ¡Das asco! ¡Eres idiota! ¡Muérete!
POR FAVOR, ALIMÉNTAME'.

¿Qué se puede hacer, por tanto, para rebajar el enconamiento en la red, para mantener un clima adecuado al intercambio, la reflexión y el enriquecimiento en nuestros blogs? Yo insisto en el lema tradicional: que no alimentemos a los trolls. Pero no solamente al troll que tenemos enfrente, sea auténtico, dudoso o conocido; sino también al troll que llevamos dentro, a ese que nos posee y devora la sesera hasta hacer que nos comportemos como seres irracionales, incapaces de empatía, analfabetos funcionales que escupen bilis por la boca y generan caos y malos rollos alrededor.

Es posible que, aprendiendo a controlar a nuestro troll cibernético, aprendamos también a controlar a nuestro troll real.

Otra red, otro mundo es posible. ¡Empecemos por no alimentar a los trolls!

Encantada.

martes, 21 de agosto de 2012

La familia CRECE

Pues sí. Este verano, mi novia y yo nos hemos animado a ir a por la parejita. Y como resultado, ahora vive en nuestra casa esta preciosa bebita de ojitos color miel:


Se llama S y fuimos a buscarla a un refugio para animales. En un principio, nos la trajimos en acogida, temerosas de que V no pudiera soportar tener una hermanita. Para facilitar la relación, le preparamos a S una habitación con todo lo necesario (comedero, bebedero, rascador, un cojín a modo de camita, algunos juguetes y el arenero) y sólo la sacábamos de ahí a ratitos, dejando que V pudiera acostumbrarse a su presencia y a su olor poquito a poco.

He de decir que los primeros días fueron espeluznantes. V es un gatito muy miedoso, que puede reaccionar violentamente si se siente amenazado. Y la pequeña S le daba mucho, mucho miedo. Consecuentemente, durante tres o cuatro días se dedicó en exclusiva a bufar, gruñir y salir corriendo. Mi novia y yo (sobre todo yo, para qué negarlo) estábamos aterrorizadas, porque V nunca gruñe ni bufa, y ver cómo lo hacía constantemente resultaba impresionante. Y aunque nos habíamos informado sobre el tema, leyendo y hablando con la gente, nada podría habernos preparado para asistir a semejante espectáculo en directo.

De lo que nadie nos advirtió, y tampoco leímos en ningún sitio, fue de que las hostilidades de V no se dirigirían solo a la gatita, sino también a nosotras. Desde que entramos por la puerta y durante varios días, V no dejó de dedicarnos miradas de odio. Rechazaba nuestras caricias y juegos, dejaba su platito de comida intacto y, por las noches, no aparecía en nuestra habitación. La verdad es que temíamos que la situación superase a V para siempre, y esto nos hizo incluso replantearnos la conveniencia de devolver a S al refugio.

Allí nos habían asegurado, no obstante, que S era una gatita muy sociable, a la que le encantaba estar con otros gatos mayores. Afortunadamente, no se equivocaban, y gracias a su actitud valiente y decidida, fue consiguiendo poco a poco que V aflojara sus amenazas y tolerase sus acercamientos. Así, a los cuatro o cinco días S ya podía estar fuera de la habitación la mayor parte del tiempo, invitando a jugar a V bajo nuestra supervisión. V empezó entonces a darle pequeños zarpazos, sin sacar las uñas, lo que S interpretaba como un agradable reto. Esto fue un gran adelanto, pues hasta entonces V ni siquiera permitía que ella lo rozara.

A la semana de conocerse, felizmente, ya jugaban juntos, y los bufidos y gruñidos habían desaparecido. V volvió a aceptar nuestras caricias, recuperó el apetito y siguió durmiendo a los pies de nuestra cama, como había hecho hasta aquel momento. Nosotras empezamos a dejarlos juntos y solos, y desmontamos la habitación de S, que para entonces había explorado hasta el último rincón de nuestra casa y parecía entender que el futuro de su comedero, juguetes y demás no estaba entre aquellas cuatro paredes.  

Poco después, descubrí algo que me hizo recuperar toda la confianza en la decisión que habíamos tomado de agrandar la familia.

En aquellos días, constantemente se escuchaba a alguno de los dos gatos (o a los dos) corriendo, maullando o trasteando en algún lugar. Sin embargo, una tarde se hizo el silencio. Así que dejé lo que estaba haciendo para recorrer la casa de puntillas, con la esperanza de que S hubiera entendido, por fin, que también se podía dormir durante el día. Pero no la encontraba, ni a V tampoco. Desesperada, me atreví a mirar en uno de los escondites preferidos de V, para comprobar que al menos uno de los dos gatos no se había tirado por la ventana. Y entonces supe lo que estaba ocurriendo.


¡Los gatitos dormían juntos! Me faltó tiempo para correr a por la cámara e inmortalizar el momento. ¡Habíamos traspasado el nivel de mera tolerancia! Después de este hito, mi novia y yo nos decidimos a adoptar a S definitivamente. Y, desde entonces, su relación con V se ha ido afianzando, por más que todavía tengan varios detalles territoriales que negociar. Nosotras estamos muy contentas con la pequeña S, que es muy dócil y cariñosa. Y, aunque a V le cueste reconocerlo, él también parece encantado con su nueva compañera de juegos.

En definitiva... ¡hemos superado la prueba!

jueves, 9 de agosto de 2012

Y entonces, comenzaron los milagros


El año 2011 no pudo empezar peor para mí. Nuevamente repudiada por mis padres, temblando de miedo ante la incorporación al trabajo después de un mes de baja, de la mano de unos antidepresivos que no parecían hacerme el efecto deseado y superando el mono de haber dejado los ansiolíticos de sopetón. Ya no esperaba nada. Ni de mi familia, ni de la vida. Mi futuro estaba vacío, algo que nunca antes me había pasado. Además, carecía de un plan B, y tampoco tenía ganas de elaborarlo.

Y entonces, comenzaron los milagros.

El primero vino de la mano de mi prima G, a quien confiaría y confío hasta el más íntimo de mis secretos. Al saber todo lo que me estaba pasando, trató de ayudarme proponiéndome la idea de "tantear" a su familia acerca de la homosexualidad, para ver si, más adelante, podía salir del armario. A mí me pareció bien y a ella se le calentó la boca, así que, lo que empezó siendo un tanteo, acabó convirtiéndose en un outing en toda regla.

Como suele ocurrir, su familia se sorprendió mucho con la noticia. Sin embargo, la reacción posterior no pudo ser mejor. Le transmitieron a mi prima G todo su apoyo, y nos invitaron a mi novia y a mí a merendar.

Evidentemente, aceptamos.

Aquella fue la primera reunión con mi familia a la que mi novia y yo estábamos invitadas. Y la conclusión principal que sacamos de ella es que la vida familiar puede ser normal. Aquella fue una merienda normal, con encuentros y despedidas normales, durante la que se desarrollaron conversaciones normales, y en la que todos pudimos sentirnos, al fin, personas normales.

Es decir, que los milagros existen. Y que no parece tan difícil hacerlos realidad.

El segundo milagro llegó gracias a mi abuela. Sí, habéis leído bien: MI ABUELA. Yo la llamé para felicitarla por su cumpleaños y ella me invitó a comer.

– Pero venid las dos – me dijo.
– ¿Cómo? – contesté yo, absolutamente convencida de que había oído mal.
– Que vengáis LAS DOS – insistió ella.
– ¿Cómo?

Sé que a estas alturas parecía idiota, pero os lo cuento tal y como fue. Lo cierto es que empezaba a sentirme mareada y creía estar sufriendo alucinaciones auditivas.

– Que vengas con tu amiga – sentenció mi abuela.– Que a mí no me importa.

Esto último disipó las dudas que podía albergar sobre la precisión del outing familiar que seguía en marcha. Mi abuela sabía lo que se hacía. Y a quién estaba invitando a comer.

Así que allí nos plantamos las dos. Como a la comida también estaba invitada la familia de mi prima G, nos sentíamos bastante arropadas, a pesar de la impresión de que mi novia y mi abuela se conocieran.

Pero entonces tuvo lugar el tercer milagro. Estábamos tomando un refresco en casa de mi abuela, antes de irnos a comer al restaurante, cuando sonó el telefonillo.

– Ese debe de ser tu tío V.

– ¿QUÉ?
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Mi tío V, con su mujer y sus hijos. Sin paños calientes y sin avisar.

Ni ellos sabían que veníamos nosotras, ni nosotras sabíamos que venían ellos. Mi abuela nos hizo la tres catorce a todos... pero todo salió muy bien.

Todavía recuerdo a mi tía N, la mujer de mi tío V, sentada en la otra punta de la mesa y preguntándole a una de mis primas:

– Y esta L, ¿quién es?

Y mi prima terminando de sacarme del armario, y yo comiéndome mi revuelto de setas procurando no atragantarme con los nervios, el miedo y la emoción.

Cuando salimos del restaurante, mi tía N se acercó a mí sonriente y, antes de despedirse, me dijo:

– Que sepas que me parece todo muy bien.

Y a mí también me lo pareció. Porque, a pesar de que yo creía que primero debían aceptarme mis padres, y que después de su aceptación podría salir del armario con el resto de la familia, y que necesitaría su apoyo para ello, nada de eso pasó... pero todo salió muy bien.

Porque la vida sigue su propio camino, que no siempre coincide con nuestros planes, y no por ello nos conduce a un mal lugar.

Todo esto pasó hace un año, y a día de hoy estoy encantada de decir que me siento... ¡MUY FELIZ!

martes, 7 de agosto de 2012

De cómo mi ansiedad empezó a desenmascarar una depresión


Como ya expliqué en otra ocasión, las crisis de ansiedad no coinciden con el acontecimiento que las origina, sino que ambos están separados por un lapso de tiempo que, en ocasiones, hace que sea difícil establecer una relación entre ellos. Además, tampoco suelen tener relación con un único acontecimiento; por el contrario, tienden a ser el resultado de una acumulación de pequeños sucesos, tal vez rematados por una situación especialmente angustiosa.

En mi caso concreto, después de padecer el estrés del reencuentro familiar durante varios meses, sufrí una última situación límite antes de que mi cuerpo decidiera desertar de aquella militancia suicida.

Ocurrió durante un puente. Ciertos familiares de mi pueblo se animaron a venir a Madrid y así poder disfrutar de la nueva situación. Mis padres, anfitriones del evento, se esforzaron porque todo saliera perfecto; y, en ese anhelo de perfección, me incluyeron a mí.

Tenían todo planificado: cenas, excursiones, visitas a museos... Y esperaban que yo colaborase para que todo saliera como ellos pretendían: que sonriera, que me mostrase calmada, que animase la conversación... En fin, precisamente aquello que, en esos momentos de mi vida, me sentía incapaz de hacer.

A pesar de ello, lo intenté. Intenté pasar una tarde con mis familiares y disfrutarla, olvidándome de todo lo que me ocurría, involucrada en conversaciones tan amables como banales, con la única intención de pasarlo bien. Pero no pude hacerlo. No lo conseguí. Aquella fue una de las peores tardes de mi vida, atenazada por el miedo, eludiendo cualquier conversación que no versara sobre el frío o el calor, sin poder mirar a los ojos de las personas a las que tanto quería y de las que, muy a mi pesar, me mantenía alejada.

Al día siguiente, tuve que llorar durante horas antes de atreverme a llamar a mi madre para decirle que no me sentía con fuerzas para acudir a la cena. Traté de explicarle que aquella situación era muy estresante para mí. Que no podía actuar con naturalidad y que aquello me paralizaba y me hacía sufrir.

Lo único que se dignó a decir entonces fue que era una pena, que todo el mundo me esperaba, que todos preguntaban por mí. Que no entendían cómo, viviendo tan cerca, no me acercaba a pasar un rato, para una vez que venían y nos podíamos volver a juntar. Yo insistí en que ese era precisamente el problema, que estando todos juntos no podía mostrarme abiertamente. Y mi madre, en un alarde de comprensión y empatía, me pasó a una de mis tías para que me intentase convencer.

Por supuesto, no asistí a aquella cena. Y una semana después, sufrí una crisis de ansiedad.

Tardé varios días en decirles a mis padres que me había visto obligada a acudir a urgencias porque creía que se me iba la vida, que mi doctora me había dado una baja laboral de un mes, y que estaba medicada hasta las cejas. Por aquel entonces, llevaba varios meses en terapia, y trabajaba con mi psicóloga diversas estrategias para mejorar la relación con mis padres.

Porque yo creía que, para salir del armario con el resto de mi familia, era necesario que la situación con mis padres estuviera normalizada. Y como mi padre me había dado grandes esperanzas, procuraba poner todo de mi parte para alcanzar esa normalidad. Así, durante aquellos meses les dejé caer varias veces que estaban invitados a nuestra casa, o que podíamos ir a comer a no sé qué restaurante, o que sería genial que en la próxima escapada familiar acudiéramos todos, sin excepción. Ellos, utilizando su querida estrategia de la avestruz, no se habían pronunciado sobre ninguna de mis sugerencias, limitándose a cambiar de tema drásticamente, y si te he visto no me acuerdo.

Así que, antes de explicarles lo sucedido, preferí hablar con mi psicóloga para poder hacerlo de la mejor manera posible. Ella me recomendó que les explicara claramente lo que me ocurría y que les exigiera algún tipo de posicionamiento explícito. Y yo seguí su consejo. Me preparé la conversación por escrito y, temblando de miedo y de sobredosis de lexatín, les expliqué que llevaba muchos meses sintiendo ansiedad por la situación familiar, que había llegado a mi límite después de la crisis, y que les necesitaba. Que necesitaba que quedásemos un día para tomar un café, que viniera mi novia, que hablásemos del tiempo durante apenas una hora y que así, poco a poco, fuéramos construyendo una relación más normal. Porque ya no podía soportar más aquel limbo donde nunca pasa nada pero todo ocurre, que me había llevado a enfermar.

La respuesta de mis padres fue que no. Que no, y un montón de comentarios insultantes y vejatorios al máximo, que retrotrajeron nuestra relación a las primeras semanas después de que saliera del armario con ellos, como si no se hubiera producido ningún avance durante más de cinco años de esfuerzo e ilusión.

Su hija enferma, medicada y de baja les rogó por un café, y su respuesta fue que no.

Y ahí fue cuando mi ansiedad empezó a desenmascarar una depresión.

lunes, 6 de agosto de 2012

Gracias, Chavela

 Me voy. Les dejo de herencia mi libertad, que es lo más preciado del ser humano.


Gracias, Chavela, por tu ejemplo.

Gracias por cantar Ponme la mano aquí, Macorina en aquel Orgullo madrileño de 2006, mientras mi novia me abrazaba y las lágrimas corrían por mis mejillas. Justo como ahora.

Te hemos escuchado, querido y admirado.

Hasta siempre, Chavela.
Y gracias.

domingo, 5 de agosto de 2012

La visibilidad urgente


Una de las preguntas que me surgen cuando examino mi comportamiento para con mi familia es: ¿por qué salir del armario me resultaba tan urgente? ¿Cuál era la razón para que, de pronto, la posibilidad de seguir ocultándome llegara a hacerme enfermar?

Al fin y al cabo, permanecer en el armario es una estrategia de supervivencia nada desdeñable. En muchos momentos de nuestra vida, necesitamos un lugar seguro para esa parte de nuestro ser que no siempre podemos o queremos mostrar. Bien sea por miedo, por un peligro real o por cualquier otro motivo, estar en el armario nos aporta bienestar a corto plazo. Por eso no salimos, sea políticamente correcto... o no.

Y mi caso cumplía todos los requisitos. Tenía miedo, mucho miedo, a esa nueva situación que me había llegado de improviso cuando por fin había logrado cierto equilibrio en relación a mi identidad. También existía un peligro real, aunque difuso, derivado del rechazo de mis padres, un rechazo que no tenía visos de desaparecer, sino de aumentar, tras el reencuentro familiar.

Sin embargo, la mera idea de volver a pasar por el calvario de las preguntas difíciles, de los silencios, de las respuestas oportunistas de mis padres... me provocaba una grandísima ansiedad. No me sentía capaz de salir del armario con mi familia, pero tampoco me animaba a entrar. Supongo que, para entonces, ya llevaba recorrido un camino de visibilidad en el que no quería dar ningún paso atrás.

A pesar de ello, tengo la intuición de que había algo más. Algo que me provocaba una inquietud profunda, un miedo paralizante, una angustia vital. Temía no ser capaz de superar aquella prueba y que aquello con lo que soñaba nunca se hiciera realidad.

Aquello con lo que soñaba.

Durante muchos meses, he querido mantenerlo en lo más profundo de mi ser, inconscientemente. Tal vez para protegerlo, para que nada de lo que me ocurría pudiera dañarlo. Para que, como sueño, pudiera seguir siendo posible. Para que nada ni nadie pudiera arrebatármelo. Aunque a veces, muy, muy pocas veces, lograra salir a la superficie y flotar.

Recuerdo una tarde de aquel verano. Estaba tumbada en la cama y respiraba con dificultad. Sentía que la angustia me ahogaba y, de pronto, me puse a llorar. Durante unos instantes, logré deshacer el nudo que oprimía mi garganta. Mi novia estaba a mi lado y me rogaba que le explicase lo que me tenía así. Yo no sabía qué decirle, no sabía qué me ocurría, solo podía dar cuenta de mi malestar. Y seguí llorando y llorando hasta que por fin lo vi, lo vi claro por un momento, y pude prestarle mi voz.

Tenía miedo de no poder ser una buena madre.

Recuerdo cómo mi novia trató de consolarme, haciendo acopio de mis virtudes, pero yo seguía llorando y llorando, hasta que conseguí decirle que no. Que mi temor no era no poder ser una buena madre. Que mi temor era no poder ser una buena madre, sí, pero lesbiana.

Quizá resulte un tanto inconexo. Mi familia, mi deseo de ser madre, la ansiedad... Pero en el fondo de mi corazón, en el último rincón de mi inconsciente, la frase que me atormentaba sonaba alto y claro: "Si no puedes lidiar con esto, nunca podrá ser madre. JAMÁS".

De ahí la angustia tan profunda. No por el miedo a no serlo, ni por el miedo a no poder serlo, sino por el miedo a tenerlo al alcance de mi mano y no ser capaz. Tener que decirme algún día que renuncié a algo tan querido porque tuve miedo y no fui capaz. Sentir una frustración tan íntima y, a la hora de buscar culpables, no poder encontrarme más que a mí.

Ese era el camino que estaba recorriendo, el camino que, a día de hoy, todavía recorro. Y aquel fue el escollo, la piedra, el abismo inmenso que, desde lo más profundo, originó mi ansiedad.

martes, 31 de julio de 2012

En el principio fue el caos


Antes de empezar a sufrir ansiedad, mi vida era bastante apacible. Mi novia y yo atravesábamos una etapa de gran compenetración y serenidad, y con mis padres había llegado a un punto de equilibrio algo más allá de la no-agresión. Y porque mi vida era apacible y me sentía con fuerzas, decidí hacerla avanzar.
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Pero la vida quiso empujarme hacia el vacío, sin paños calientes.
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Por aquel entonces, mi novia y yo habíamos decidido comprarnos un piso. No queríamos vivir siempre de alquiler y era un buen momento para comprar: los precios se habían moderado y todavía concedían hipotecas. Así que emprendimos la aventura y, en unos meses, tomamos la decisión.

Yo sabía que este paso iba a conllevar un nuevo nivel de compromiso en nuestra relación. Igual que irnos a vivir juntas había traído consigo importantes salidas del armario (con mis amigas de la infancia, con mis compañeros de trabajo), este nuevo reto provocaría otras nuevas. Y estaba contenta con ello. Y lo quería. Y tenía las fuerzas para acometerlo.
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Aunque todavía no sabía exactamente a qué me enfrentaba.

Dicen los psicólogos que una persona entra en crisis cuando en su vida coinciden tantos cambios que deja de ser capaz de manejarlos. En mi caso, a la compra del piso se le unió un gran cambio familiar. Mis padres, que llevaban más de una década sin hablarse con una parte importante de mi familia, decidieron aceptar las invitaciones que les llegaban desde el otro lado y recuperar la relación.

Así fue cómo, en mi hasta entonces pequeño y controlado pedacito de cielo, empezaron a surgir nuevas estrellas, constelaciones y galaxias, hermosas y sobrecogedoras a la vez.

El cambio era bueno, muy bueno. Habían sido muchos años de echar de menos, de imaginar, de recordar. Así que fue bueno ponernos una cara actual, una voz, volver a compartir una conversación, una cena. Pero cuando empezaron las preguntas incómodas, me paralicé. Y en mi cabeza se agolparon las dudas.

¿Sería capaz de manejarlo? ¿Sería capaz de jugarme una familia recién recuperada? ¿Se daría siquiera la posibilidad? ¿Me apoyarían entonces mis padres? Y si no se daba, o si no me apoyaban, ¿qué sería de mí? ¿Podría hacerlo yo sola? ¿Me atrevería incluso sabiendo que, si perdía, tendría que renunciar? Pero renunciar, ¿a qué? ¿A mis sueños de futuro, a mi pareja, a mi propia familia? ¿O a quienes ya perdí una vez y no sabía si quería, si podía volver a perder?

Entonces empezó la ansiedad. Al principio, solo un nudo en la garganta, una sensación permamente de ahogo, sin un referente concreto que pudiera reconocer. Hoy puedo explicarlo; pero, entonces, no podía. No sabía qué era lo que me estaba afectando, ni cuánto. Me sentía confusa, no me sabía decir.

Fueron muchos meses en blanco, mientras la ansiedad iba creciendo y mi cuerpo se sentía cada vez peor, sin que mi mente pudiera atar esos cabos que ahora parecen una correlación clara y concreta de causas y efectos, pero que en aquellos momentos permanecían aislados, sin ninguna relación.

Todavía hoy me sorprendo de lo difícil que resulta desenredar estos nudos, nudos mentales y emocionales que esconden sus cabos en lo más profundo y oculto de nuestro propio yo.

Incluso ahora, que escribo estas líneas, ahora que ya he superado la ansiedad, la depresión, y que mi situación familiar se ha aclarado por completo, me cuesta decirme lo que me pasaba. He de parar cada poco, para respirar hondo, para sollozar, para dejar caer las lágrimas sin control.

Me emociona profundamente saberme tan vulnerable, tan perdida y asustada. Y me siento orgullosa del camino recorrido. Muy, muy orgullosa. Y fuerte. Aunque todavía no soy capaz de confiar en mi fortaleza interior, sé que está ahí, que ahí ha estado y que seguirá estando, para llevarme de la mano por este camino que recorremos juntas desde hace tanto tiempo.

Un camino, por cierto, que no se parece en nada a una olla hirviendo.
Un camino lleno de sentido, para mí.

Encantada.

domingo, 29 de julio de 2012

¿Por qué ya no escribo sobre mi familia?


De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que ya apenas escribo sobre mi familia.

Antes, solía dedicarles bastantes entradas en el blog: que si me odian, que si parece que me quieren, que si nunca me querrán... Sin embargo, hace ya varios años (¡varios años!) que no escribo sobre nada que tenga que ver con ellos y que sea actual.

Y la razón no es que no haya pasado nada. Al contrario. Durante los dos últimos años, se han venido sucediendo decenas de acontecimientos, algunos muy malos, pero también algunos muy buenos. Y yo no he escrito sobre ninguno.

De hecho, cuanto más tiempo pasa, más excusas encuentro para no escribir sobre ellos. ¿Para qué, si hace ya un año de aquello? ¿Para qué, si después de esto pasó lo otro, y ya no tiene valor...?

Reflexionando sobre ello, creo que lo que me pasa es que yo estaba tratando de escribir una historia concreta sobre mi familia. La historia de cómo aceptaron mi lesbianismo y todos fuimos felices. Pero esa historia no está ocurriendo. Incluso es posible que no esté ocurriendo ninguna historia, porque la presunta historia de mi familia no avanza en ninguna dirección.

Mi familia es más como una olla llena de agua hirviendo. A veces puedes observar miles de pompitas en su interior. A veces ascienden hacia la superficie y estallan. A veces se suceden innumerables pompas de gran tamaño. A veces crees que puedes cocer algo dentro, pero el agua se enfría. Tanto que, a veces, parece que pudieras meter un dedo en ella. Pero entonces vuelve a entrar en ebullición, hasta que se desborda.

No hay quien cocine con ella, no hay quien controle el fuego. Sólo puedes verla hervir. O no hervir. Y ya está.

Supongo que esto algo que me cuesta aceptar, por más que haya trabajado sobre ello. Y, por lo mismo, me cuesta contarlo, escribirlo. Porque no es nada, solo un conjunto de anécdotas contradictorias que sacuden mi vida, a veces para bien, a veces para mal.

Sin embargo, siento que debería esforzarme en decirlo. No debo hacerme cargo de ordenarlo, de darle un sentido que no tiene. Su sentido es el sinsentido, y ahí reside su debilidad. Y mi fuerza.

Parece que merece la pena intentarlo.
Encantada.

jueves, 26 de julio de 2012

¡Energía!



Estos días me siento llena de ENERGÍA. Tengo muchas ganas de hacer un montón de cosas: ganas de crear (decorar, hacer manualidades, escribir), ganas de aprender (ver documentales, leer, pensar), ganas de moverme (salir de casa, hacer ejercicio, pasear), ganas de sentir (amar, emocionarme, confiar).

Estoy especialmente contenta por ello, ya que hace dos semanas que dejé (¿definitivamente?) los antidepresivos, y me atemorizaba volver a sentirme hundida y sin fuerzas. Mi doctora y mi psicóloga me convencieron de que tenía que darme esta oportunidad, y aunque en un principio yo tenía dudas, he de reconocer que no se equivocaban.

También es verdad que esta actividad desenfrenada puede ser una manifestación de euforia. Mi psicóloga ya me ha advertido muchas veces de que la euforia es una de las muchas caras de que tiene la ansiedad; una cara muy agradable, evidentemente, pero no por ello un síntoma de salud. Así que algo de eso puede haber, ya que mis antidepresivos tenían un poco de anxiolítico. 

Por otro lado, hace poco leí que, en ocasiones, la euforia puede ser una consecuencia del insomnio prolongado. Paradójico, ¿verdad? No duermes en tres días y, en vez de sentirte como una braga, ¡te sientes pletórica! Y da la casualidad (o, más bien, no da) de que vengo sufriendo de insomnio desde hace varias semanas (lo de todos los veranos, vaya). A pesar de ello, durante el día actúo como si me hubiera tomado diez cafés, cuando apenas me bebo un té por la mañana, y poco cargado.

En cualquier caso, pienso aprovechar esta inyección de energía todo lo que pueda, pues me llena de seguridad en un momento en que me siento especialmente vulnerable. Además, puestas a sufrir ciertos efectos secundarios de haber dejado la medicación, prefiero sentirme la reina de Saba que volver a arrastrarme cual lánguida babosa de secano.

¡Encantada!

lunes, 23 de julio de 2012

Vacaciones en Lanzarote

Este año, mi novia y yo decidimos liarnos la manta a la cabeza y hacerles un cambio radical a nuestras vacaciones. Así que viajamos juntas en avión por primera vez, fuimos de hotelazo con piscina y buffet libre por primera vez, y visitamos Canarias por primera vez. Y el cambio radical funcionó, porque nuestra semanita de vacaciones pasó de ser un inquietante viaje hacia lo desconocido a un cálido reencuentro con lo conocido.
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Vista de algunos volcanes desde el sur de la isla, donde se encontraba nuestro hotel.

Para variar, no sabíamos realmente dónde íbamos. Ese suele ser nuestro modus operandi: escogemos un lugar que nos resulta sugerente por cualquier cosa (ni siquiera es necesario que veamos fotos, como fue este caso), nos plantamos en la oficina de información y turismo (una vez allí, se entiende) y les pedimos, amablemente, que nos expliquen dónde hemos ido a parar.
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¡Nunca habíamos viajado tan al sur!

El modus operandi siempre había funcionado a las mil maravillas, pero esta vez hubo de esperar para ponerse en marcha a que fuéramos capaces de superar el shock inicial de vernos rodeadas de desierto y unas sospechosas montañas (que resultaron ser volcanes) cuando nuestra imaginación esperaba algo así como el Caribe. Y no es que no nos hubieran advertido: "Lanzarote es diferente, porque es una isla volcánica". Pero el resto de las islas también lo son... ¡y yo vi por la tele que en Tenerife había pinos! En fin, que como dijo mi novia según bajamos del avión, aquello nos pareció una obra (será la deformación que tenemos como madrileñas de profesión).
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El volcán de La Corona, con su impresionante cráter.

Afortunadamente, poco a poco nos hicimos con la isla y aprendimos a apreciarla. En primer lugar, el viento, un habitante más cuya ausencia se padece mucho más que su abundancia. Y es que, sin nuestros queridos Alisios, en Lanzarote no se puede respirar.
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Jardín de aloe vera en flor.

Después, la playa, que era de arena blanca y aguas turquesas, limpias y transparentes como no había visto en mi vida. Si bien el agua estaba bastante fría en un primer momento, en contra de lo que ocurre en las costas atlánticas de Galicia o Portugal, en pocos minutos alcanzabas una sensación térmica de bienestar absoluto que podía mantenerse durante horas (en mi caso, claro, porque la hipotermia congénita de mi novia es otra historia).
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Playa de La Dorada.

Aunque lo que más nos sorprendió, sin duda alguna, fue la flora. Porque en aquella tierra negra y rojiza también crecen plantas, algunas de las cuales no conocíamos: es el caso del cardón o euforbia canaria, una especie endémica semejante a un híbrido entre un árbol y un cactus que nos dedicamos a fotografiar de manera compulsiva. También me hizo mucha ilusión ver aloe vera en flor, porque había leído que era algo rarísimo, y pude comprobar que no; los que no florecen ni a la de tres son los de nuestras casas, porque allí había montones de ellos con sus campanitas amarillas colgando.
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No, no es un abeto, ¡es una euforbia canaria!

Y para terminar, la fauna: decenas de amorosos gatitos, de todas las edades y tamaños, que también vivían del turismo... ¡y se ganaban el sustento a base de maullidos, ronroneos, caricias con el lomo y peticiones de mimos! Gracias a ellos, pude soportar un poco mejor la ausencia de V... De haber estado en Madrid, mi novia y yo convenimos en que nos habríamos llevado unos cuantos.
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Después de este viaje, nos hemos quedado fascinadas con los cactus.

Pero lo mejor del viaje fue el reencuentro con nosotras mismas, con nuestro amor, que se hacía patente en largas conversaciones, en carcajadas sonoras, en mimos, guiños, caricias, en momentos de pasión. Nuestro amor, que convirtió una rutina de jubiladas (dormir, comer, tomar el sol, nadar, tomar el sol, nadar, tomar el sol, comer, dormir, pasear, comer, dormir) en un dulce pedacito de paraíso terrenal. Lo cual se disfruta mucho más cuando se está saliendo de una crisis tan profunda y dolorosa como la que hemos atravesado en el último año.
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Flores de cactus: la belleza infinita de lo (im)posible.

Unas de nuestras mejores vacaciones, sin duda alguna.
¡Encantada!

viernes, 29 de junio de 2012

Encuentro de bolloblogueras


El miércoles asistí al encuentro de bolloblogueras celebrado en el Entredós, una fundación feminista en Madrid, al que Farala nos convocó desde su blog.

Al principio, no las tenía todas conmigo. La posibilidad de perder el anonimato de mi blog me aterraba. No tanto porque se supiera quién lo escribía, sino por la posibilidad de no poder seguir escribiéndolo en los mismos términos. Reconozco, además, que nunca antes había conocido a alguien por Internet, y me sentía invadida por miles de dudas y una vergüenza casi paralizante.

Afortunadamente, los puntos a favor de asistir al encuentro terminaron por pesar mucho más que estos escuálidos contras. Hacía ya tiempo que tenía ganas de participar en una reunión de blogueras para poder conocer a quienes leo desde hace tantos años. Nunca antes había trabado relaciones tan especiales por Internet, y poder disfrutar de ellas sin una pantalla de por medio constituía y constituye para mí todo un privilegio.

También me interesaba compartir las reflexiones que se generaran entorno a la creación de cultura lesbiana a través de los blogs. Para mí, escribir un blog como lesbiana es una manera de vivir y construir mi identidad muy importante. Como ya he explicado anteriormente, he estado tentada de dejar de hacerlo muchas veces; sin embargo, hay algo en ello que me atrapa y vacía de significado las otras posibilidades. Así que tenía muchas ganas de saber cómo interpretaban y valoraban las demás esta experiencia que para mí es tan enriquecedora.

El caso es que me armé de valor y me planté allí a las ocho en punto. No sabía muy bien cómo iba a desarrollarse el asunto, así que, siguiendo el refrán, hice lo que vi hacer al resto: pedí una limonada y me senté en una mesa poniendo cara de mujer de mundo. A los cinco minutos, ya me había terminado casi todas las galletitas saladas, mi limonada iba por la mitad y el impecable papel de mujer de mundo se deshacía en un manojo de nervios.

Fue entonces cuando vi a Farala entrar por la puerta. Me entraron ganas de correr a abrazarla, pero en el último instante tuve una epifanía de sensatez y recordé que ella no sabía quién era yo. Así que me limité a seguirla con la mirada, tratando de no abalanzarme antes de tiempo. Tras dejar pasar unos minutos prudenciales, que ocupé royendo lo que quedaba de mis galletitas, decidí abandonar el cálido refugio de mi silla y presentarme.

Uno de los temas que tratamos aquella tarde fue la idea de que un blog solo muestra una parte de quienes somos. Sin embargo, a mí me pareció que Farala en persona se parecía bastante a la Farala bloguera que había leído hasta entonces. Una mujer cálida y acogedora, grandísima anfitriona, divertida, abierta y sin pelos en la lengua. Evidentemente, todo esto no me lo transmitió con solo dos besos, sino que pude ir comprobándolo a lo largo de toda la tarde.

Farala me presentó a muchas otras blogueras, a quienes ya leía (como La Letra Escarlata) o a quienes tuve la suerte de conocer aquella tarde (Arponauta o Lenteja). Pronto me sentí rebosante de entusiasmo, terminé mi limonada de un trago y me dejé arrastrar por el hermoso torbellino de emociones e ideas en que se convirtió aquel encuentro.

Durante la charla me senté detrás de Elenita Faraláez, a quien llevaba un rato viendo corretear entre las mesas y que se libró de un buen achuchón porque pienso que el espacio vital de los niños también hay que respetarlo. Si ella supiera cuánto me río todavía cada vez que recuerdo aquel cartelito que le colgó a su madre para informarla de que no quería ir al dentista, o lo mucho que me emociono cuando pienso en el precioso libro de adopción que tiene... Gracias, Elenita, por asegurarme que las croquetas eran de champiñones. ¡No sé qué habría cenado sin ti!

Porque después del encuentro formal, Farala me animó a quedarme al más informal e íntimo que hubo después, en el mismo lugar y con la misma limonada fresquita entre mis manos. ¡Qué afortunada me sentí de poder estar allí, y cuánto eché de menos a otras blogueras a quienes leo y que aún no conozco! Después de esta, os quiero conocer a todas, así que... ¡preparaos!

Espero que, tal y como hablamos, el encuentro vuelva a repetirse. Aunque, con solo asistir a uno, yo ya me siento llena de energía.

¡Y encantada!

domingo, 24 de junio de 2012

¡Aleluya!


Poco a poco, el matrimonio igualitario va ocupando los espacios que le son propios. Así, esta semana se ha anunciado que entrará en la 23ª edición del diccionario de la RAE, elaborado por la Asociación de Academias de la Lengua Española. Los hispanohablantes, pues, estamos de enhorabuena.

La entrada relativa a "matrimonio", además, recibe modificaciones también en su acepción heterosexual, que se vuelve más inclusiva: "Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses". La correspondiente al matrimonio entre personas homosexuales es absolutamente equivalente, lo que tal vez en un futuro permita la fusión de ambas: "En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses". Como nota curiosa, por cierto, no puedo dejar de señalar que el "matrimonio católico" ha sido relegado a la tercera acepción.

Gracias a los avances legislativos en varios países hispanoamericanos, hoy podemos disfrutar de este nuevo triunfo, el cual, aunque meramente simbólico, tiene también una gran importancia. Por fin la RAE se estira y guiña su ojo progresista, tras los continuos sinsabores a los que nos tiene acostumbradas.

Espero que próximamente, el Tribunal Constitucional español nos dé una alegría en el mismo sentido.

¡Encantada!

sábado, 23 de junio de 2012

Esa... ¡no volverá!


Hace unos días, V. y yo tuvimos un encuentro en la tercera fase.

Era por la mañana y mi novia ya se había ido a trabajar. Yo estaba a punto de irme también, solo me quedaba cerrar las ventanas después de ventilar la casa, cuando advertí la pequeña revolución que V. había montado con unos cojines. Para asegurarme de que el frenesí no lo había llevado a saltar por ninguna ventana, empecé a llamarlo para ver dónde estaba, y lo encontré agazapado bajo la mesa de la cocina. Me disponía a agacharme para hacerle unos mimos, pues parecía algo asustado, cuando percibí lo que él estaba percibiendo: un fuerte aleteo en el techo de la cocina.

¡Había entrado una golondrina en casa!

He de confesar que mi primer impulso fue salir corriendo despavorida. Ya sé que las golondrinas no son muy grandes, pero dentro de nuestra cocina a mí me pareció un águila imperial. Afortunadamente, el aleteo ensordecedor y los gruñiditos de V. no consiguieron desconectar del todo mi cerebro racional, así que, medio reptando, logré llegar hasta la ventana de la cocina para abrirla. La golondrina no tardó ni medio segundo en salir, ni yo en volver a cerrar la ventana detrás de ella.

El que tardó unos segundos más en reaccionar fue V. Estaba en estado catatónico. Cuando, definitivamente, se dio cuenta de lo que había pasado, salió corriendo hacia la ventana y la acarició con la patita, como diciendo: "¡Vuelve, amiga, vuelve!". Después, me acompañó hasta la puerta, todavía visiblemente alterado, temblando mientras fuera de casa se escuchaba el continuo piar de las golondrinas que nos sobrevuelvan (o, hasta ese día, nos sobrevolaban) cada mañana.

Volverán las oscuras golondrinas
a jugar con el gato en el cristal,
pero aquella que entró en nuestra cocina,
esa... ¡no volverá!

Encantada.

miércoles, 6 de junio de 2012

A veces siento que me alcanzo


A veces siento que me alcanzo
de puntillas
con las yemas de los dedos
(ya me estoy tocando)
alegre confiada
libre
un espíritu ligero
flotando
por encima de sus miedos.

A veces tiemblan mis tobillos
vuelvo a perderme
respiro
por debajo de mí misma
(ya soy sólo un anhelo)
me abandono despacio
y caigo
con los dos pies sobre el suelo.

sábado, 2 de junio de 2012

El enésimo tentáculo de la homofobia


Esta semana he tenido que enfrentarme a una situación bastante desagradable con una amiga, que me ha dado mucho que pensar.

Cuando conocí a R, ella llevaba varios años saliendo con una chica y no le iba nada bien. Desde el principio, trató de dejarla muchas veces, aunque siempre volvían. El problema principal era que R no se gustaba a sí misma cuando se veía con una mujer. La idea de ser lesbiana le horrorizaba, procuraba ocultarlo y sentía que todo el mundo la juzgaba negativamente si besaba o cogía de la mano a su novia en público.

Durante los primeros años de nuestra amistad, R hizo muchos progresos. Poco a poco fue superando su homofobia interiorizada, salió del armario con sus amigos, e incluso con su familia y en el trabajo, y tanto el compromiso como el bienestar con su pareja aumentaron. Todo esto me hacía sentir muy orgullosa de R, que se había ganado toda mi admiración. Sin embargo, a medida que R iba saliendo de su agujero, su novia se volvía más huraña, celosa y vengativa. Hasta que tuvieron que dejar la relación durante algunos meses.

En este lapso de tiempo, R tuvo una aventura con otra mujer, que tampoco salió demasiado bien. Así que volvió con su novia y empezaron a vivir juntas. Aislada de la mayoría de sus amistades y maltratada por su novia, R no era feliz. Pero aguantaba. Hasta que, de buenas a primeras, su novia decidió dejarla. El destrozo fue completo cuando, al poco tiempo, R se enteró de que su ex salía con un hombre.

Con el duelo a medio superar y ninguna gana de seguir siendo lesbiana, R empezó a flirtrear tanto con hombres como con mujeres. En su adolescencia, había salido con hombres, pero no le había ido bien en el aspecto sexual; esto, sin embargo, no le ocurría con mujeres. Sin querer comprometerse con nada ni con nadie, R solapó relaciones y rollos durante muchos meses, hasta que decidió plantarse. Entonces conoció a un chico, con el que lleva saliendo ya casi un año.

Siempre que sale con un chico, R dice sentirse mejor, pues su autoestima crece, no se ve cohibida ante los demás y asegura que puede ser más ella misma. Sus dificultades en el terreno sexual, además, puede tener un origen concreto, que R trata de superar con ayuda psicológica.

Durante todo este tiempo, R y yo hemos sido amigas. Creo haberle mostrado toda la comprensión y apoyo del que he sido capaz, unas veces mucho (pues me siento identificada con ella en algunos aspectos); otras, no tanto (me molesta especialmente la posible actitud de huida ante las dificultades que presenta la homofobia, externa o interiorizada).

El caso es que, en el último año, R y yo apenas nos hemos visto. Ella ha estado atravesando problemas de salud y familiares, y yo me he centrado bastante en cuidar la relación con mi novia. No me parecía raro, por tanto, nuestro distanciamiento; aunque tampoco me gustaba y prefería acortarlo.

Así que esta semana quedé con R, de manera bastante espontánea, con la excusa de celebrar su cumpleaños. Y he aquí que me encuentro una reunión multitudinaria con un montón de amigos, la gran mayoría de los cuales eran parejas hetero. Y descubro que, a pesar de sus problemas, R ha estado manteniendo una relación fluida con todos ellos.

Me sentí tan mal que a punto estuve de coger mis cosas y marcharme. Porque me di cuenta de que R me había estado excluyendo de su vida, de manera sutil y tal vez incluso inconsciente, pero por un motivo claro: mi lesbianismo. Evidentemente, no es la primera vez que esto me ocurre, pero nunca hasta ahora había sentido ese rechazo por parte de una persona que sabe lo que se siente en mi lugar y que, aun así, te aparta del mismo modo. 

Cuando lo hablé con mi novia, llegamos a la conclusión de que a R le recordábamos esa parte de ella misma que actualmente le resulta molesta e incómoda; del mismo modo que sus amigos hetero le recordaban lo que no era durante el tiempo que estuvo saliendo con mujeres (pues a muchos de ellos los conoció antes que a nosotras, pero hasta hace un año no recuperó su relación con ellos ni nosotras supimos de su existencia).

Sin embargo, por más comprensible que resulte la situación desde un punto de vista racional, a mí me duele. Me duele verme apartada de la vida de alguien por mi orientación sexual (y por la suya, claro) y me duele darme cuenta de que la amistad puede verse afectada por el sexo de la persona con quien salgas. Y, por supuesto, me duele doblemente viniendo de la persona de quien viene (a pesar de que, atendiendo a las evidencias, debería dolerme la mitad).

El caso es que ya no sé si quiero seguir manteniendo esta amistad; la cual, por lo demás, parece que viene derrumbándose desde hace cierto tiempo. Soy casi incapaz de superar determinadas decepciones, por lo que me costaría una energía que ahora mismo no estoy dispuesta a emplear en algo que se puede ir por la taza del váter.

A pesar de todo, me jode: me jode que se den estas situaciones, y que no las veamos, o las veamos y no queramos solucionarlas, o que las veamos y las deseemos. Qué mundo más feo, en el que la homofobia determina la amistad, o en el que no existen ciertas amistades, sino solo la homofobia.

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