jueves, 5 de junio de 2008

Amazonas

El mito griego de las Amazonas es uno de los más conocidos, especiales y queridos para las mujeres. La historia de este pueblo tiene, además, una base real. Así, se considera probado el parentesco entre el mito y los enterramientos escitas de mujeres guerreras hallados en el año 2003 por Jeannine Davis-Kimball. No obstante, estas mujeres formaban parte de una sociedad regida por hombres, a pesar de lo cual resulta más que interesante la posibilidad de que pudieran ejercer como militares. De cualquier modo, el mito demuestra su gran calado en la percepción de de tribus femeninas y guerreras que recorre el tiempo y el espacio. Uno de los casos más llamativos es el que da nombre al río Amazonas, relatado por Francisco de Orellana, aunque probablemente se tratase también de mujeres guerreras dentro de una sociedad mixta, como en el caso de las escitas.

Sin dejar de lado la importancia de la base real en el mito de las Amazonas, estas han pasado a la historia del arte y de la literatura como mujeres independientes, guerreras, que vivían alejadas de los hombres e incluso se negaban a criarlos, portadoras de arcos y flechas, expertas jinetes, capaces de establecerse como sociedad independiente y bellísimas. Bellísimas incluso a pesar del hecho, no siempre representado como tal en el arte, de que prescindían de uno de sus pechos para poder manejar el arco con mayor agilidad.

De entre todas las afrentas que las Amazonas hacían al patriarcado, creo que esta última es quizá la de mayor significado en el mundo actual. Dedicarse a la guerra no tiene por qué tener hoy el valor que tenía entonces, ya que el pacifismo es una opción incluso más feminista si cabe. Discriminar a los hijos varones, dejando de lado el simbolismo que la acción tenía en origen, sería hoy una crueldad incomprensible. Pero disponer del propio cuerpo, prescindir del erotismo del pecho en aras de un ideal superior son acciones de plena actualidad, ya que una de las batallas que el feminismo aún tiene por ganar se libra todavía en nuestro propio cuerpo, y tiene el cuartel general en nuestros pechos.

El sufrimiento que genera a las mujeres la forma, el tamaño, el color y la presunta funcionalidad erótico-materna de los pechos resulta inconmensurable; pero creo que es aún mayor en el caso de las mujeres que han de prescindir de uno o de ambos pechos. Es algo que me cuesta entender y que, además, me causa un dolor muy profundo: que después de superar un cáncer de mama, o incluso en el camino de luchar contra tan terrible enfermedad, la mujeres pongan por delante de su salud, de la alegría de vivir, de la celebración de su coraje, de su inmensa valentía, la ausencia o presencia de sus pechos.

Muchas mujeres no corren a abrazar a sus parejas para fundirse en el alivio o la esperanza de estar vivas, sino que les miran a través del miedo de no volver a ser aceptadas por un cambio que debería considerarse mínimo en sus cuerpos, especialmente frente a la enfermedad y la amenaza de la muerte. No estoy diciendo que una mujer no tenga derecho a identificarse con sus pechos y que sufra ante su ausencia y se sienta mutilada. Pero considero que detrás de ese sufrimiento se esconde a veces un reduccionismo que condena a la mujer a ser considerada siempre bajo la mirada del otro, que decide cuándo y en qué condiciones puede conservar su dignidad.

Por eso creo que el mito de las Amazonas puede inspirarnos a todas las mujeres, a las que se encuentran y a las que podemos encontrarnos en una situación parecida, recordándonos que, porque somos más que un objeto, somos más que nuestro cuerpo, de manera que nuestra valía personal, la alegría de nuestra existencia, jamás se puede reducir ni a uno ni a nuestros dos pechos. Una mujer no es una mujer porque sus pechos sean hermosos, o grandes, o porque simplemente existan; igual que no lo es por tener hijos, ni porque sus caderas tengan la medida perfecta, o porque su pelo caiga largo y sedoso hasta la cintura. Una mujer es una mujer porque así se considera, porque así se disfruta, porque así lo decide, y como tal, puede decidir también que su valor en la vida no sea el de ser madre, ni esposa, ni compañera sexual. O sí, pero madre también sin hijos biológicos, esposa también sin lazos legales, y compañera sexual también sin pechos.

Las mujeres somos seres maravillosos, en nosotras mismas y en nuestros cuerpos, sean los que sean, sean como sean.

¡Vivan nuestras amazonas!

Encantada.

3 comentarios:

Lenis y Laly. dijo...

http://2futurasmamislesbianas.blogspot.com/

* Alma * dijo...

Una vez tuve que excponer un tema que yo misma elegiese para la universidad. Hable de las Amazonas. Siempre me fascino el tema, el mito y la realidad, hay muchos indicios que comprueban que realmente existieron, más alla de la historia fantástica.
Sabías que la zona de Amazonas en Brasil se llama así por ellas?? Cuando llegaron los colonizadores, las mujeres que vivian en esa zona intentaron defender su lugar con tanta fuerza y coraje como los hombres, como verdaderas guerreras, por eso las llamaron "amazonas".
Me fascina este tema, podria hablar durante horas.
Saludos,

almita

encantada dijo...

A mí también me fascina el mito, tanto por su realidad como por la fuente de inspiración tan inagotable que representa para el inconsciente femenino.

¡Gracias por el comentario!

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