
Este fin de semana fui con mi novia al cine para ver
Caótica Ana, la última película de Julio Médem, y todo lo que puedo decir a su favor es que espero ansiosamente que Julio se reencarne en una mujer para que pueda regalar al mundo películas fantásticas y no fantasías peliculeras como la que mi novia y yo nos obligamos a ver.
Para todo lo que puedo decir en contra, ahí va esta entrada.
La primera idea que me vino a la cabeza, no sé si durante o después de ver la película, fue que
Caótica Ana es a Julio Médem lo que
El código da Vinci a Dan Brown. Puede sonar cruel, pero lo realmente cruel vendrá en unas líneas, así que tengamos paciencia. Para mí, la historia que hay detrás de
El código da Vinci (una historia que lo antecede y lo sucederá, la leyenda del Grial con todas sus derivaciones) es tan rematadamente buena que hasta las pezuñas de Dan Brown son capaces de hacer de ella un
best seller, incluso de poner en bandeja el embrión de una película llamada a convertirse en un clásico (friki, pero clásico). En el caso de
Caótica Ana, ocurre lo mismo: el inconsciente colectivo femenino es una realidad de tal fuerza, llamada a cumplir un papel tan relevante en la vida individual y colectiva de todas y cada una de las mujeres, es la fuente inagotable de tal riqueza cultural, literaria, onírica, psicológica y social, que ni el encefalograma falocéntrico de Julio Médem puede impedirle que emita las vibraciones arrolladoras que es capaz de emitir.
Como decía mi novia, entre la frustración y el asombro, “el caso es que la película transmite algo”. Lo que transmite, o más bien, lo que muy a su pesar deja traslucir, es la energía infinita de una realidad femenina universal.
Otra de las imágenes que aparecieron en mi mente, esta sí, a mitad de la película, fue la de un jovencito Médem dando saltos para alcanzar la tarta de frambuesa que su mamá había dejado a salvo en una repisa demasiado alta para él. Creo que la doctora Pinkola Estés, gran gurú del inconsciente colectivo femenino, sonreiría conmigo y le daría unas palmaditas maternales a Julio para indicarle que, pese al intento loable, “otra vez será”. Y es que, lejos de acercarse un mínimo al universo femenino, o siquiera a un personaje femenino concreto, se pasea por una serie de símbolos sagrados cual elefante en una cacharrería, para presentarnos la figura de una mujer plana y vacía como sujeto, medio y objeto de los demás.
Si lo que quería era mostrar en vivo el arquetipo de la mujer salvaje, eligió a la actriz correcta, pero equivocó de cabo a rabo el guión. Podría enumerar una a una las faltas de decoro que comete, pero me conformaré con otra comparación. Y es que en esa primera cena en la cueva, junto a su padre y a la mujer que será su mecenas, Ana comienza a reírse súbitamente de tal manera que, lejos de evocar (¿sabrá Médem lo que significa ese verbo?) la inocencia primigenia, la frescura de la mismísima madre naturaleza, la espontaneidad de la juventud, te produce un escalofrío de terror por todo el cuerpo similar al que producía el niño-robot de
Inteligencia Artificial. Lo curioso es que el primer director de
I.A. pretendía crear el efecto que consigue, pero, ¿acaso Médem lo pretendía también?
Ninguna de mis quejas mantendría su vigencia si Médem se dignase a ser honesto y reconociera que en sus películas no trata sino de ahondar en el universo masculino, o incluso en el suyo propio. Porque sí, los hombres tienen sus propias obsesiones, sus propios arquetipos, sus anhelos, sus contradicciones, sus choques violentos contra la realidad. Y explorarlos, representarlos, cuestionarlos, podría resultar una labor masculina más que encomiable, enriquecedora para hombres y mujeres por igual.
Pero no, mucho mejor apuntarse al carro de decir lo femenino, no con el afán disciplinario tradicional, sino con el mucho más moderno de explorar ese “continente desconocido” al que, sin embargo y todavía, se le mantiene sin voz. La atmósfera sofocante que emana la película, con la presencia constante del falo, del incesto, de la violencia ejercida sobre la mujer, no forma parte del inconsciente femenino, sino del masculino. Son ellos los que se obsesionan con el mismo acecho que cometen; nosotras, mal que mal, aprendemos a convivir con ello, y cuando lo conseguimos, dirigimos nuestra mirada más allá.
Creo que pocas mujeres se representarían a sí mismas como “madre de todos los hombres buenos”, creo que la mayoría consideraría valiosa una hazaña propia y no perpetrada a través de “todo un ejército de niños”, creo que las mujeres, día a día, realizan actos de revolución colectiva en el seno de sus comunidades, buscando el bien común a través del propio, no individualizando una acción hasta el punto de realizar en la intimidad de un dormitorio la venganza que cientos de mujeres reclaman a la protagonista desde el fondo de la Historia.
Los únicos personajes evocadores de la película son hombres; las mujeres no tienen ni fondo ni forma: son figuras de cartón.
Pero es que ni tan siquiera el hecho de inventarse el universo femenino o el caso concreto de una mujer me parecería despreciable si se hiciese bien. La última comparación que vino a mi mente mientras paseaba con mi novia tiene que ver con una directora maravillosa: Isabel Coixet. En
La vida secreta de las palabras, una película que me impactó vivamente y que aún me pone los pelos como escarpias cada vez que la recuerdo, Isabel Coixet se inventa varios papeles masculinos, especialmente el del protagonista. Nadie se cree que un hombre tan rudo que trabaja en una plataforma petrolífera y que tiene las manos como sartenes sea capaz de tanta ternura, tanta empatía, tanta comprensión, tanto tacto, tanto amor. La mayoría de los hombres (rudos o no) no son así; los protagonistas de Isabel Coixet salen de la mente de Isabel Coixet, pero representan una oportunidad de crecimiento y de revolución interior para los hombres que ya quisieran muchos cursos de desarrollo personal. Si los hombres fueran como los imagina Isabel Coixet, otro gallo nos cantaría, a ellos y a nosotras.
Sin embargo, ¿qué nos ofrecen las protagonistas de Julio Médem a las mujeres? ¿Volver a centrar nuestra vida en la maternidad, volver a creer que nuestra fuerza interior sale a través de la entrepierna, que todo nuestro potencial es de carácter sexual, que conseguiremos grandes cosas enseñando las tetas?
En fin. No necesitábamos décadas de Feminismo para eso.
Los únicos motivos por los que recomendaría la película son los siguientes:
- La protagonista es hermosa a pesar de que el guión la haga parecer una autómata, y verla durante casi dos horas en la pantalla constituye un verdadero placer. ¡Una directora para Manuela Vellés ya!
- La coprotagonista de la historia es Bebe, otro fenómeno de la naturaleza que, incluso soltando bazofia por sus labios, resulta digno de ver.
- Si se ve la película, se puede despotricar de Julio Médem mucho mejor. Irresistible, ¿verdad?
Para terminar, sólo puedo decir que no soy ninguna experta en cine, pero sí en literatura, hermenéutica simbólica, psicología junguiana, y para colmo, soy mujer. Así que lo siento, Julio, pero a mí no me la das.
Encantada de dejarlo claro entre los dos.