lunes, 3 de septiembre de 2007

Iris (3/3)

Después de ver cómo la tradición grecolatina y la judeocristiana han borrado las huellas de una presencia femenina en la importante función de mediadora entre lo divino y lo humano, creo que puede ser interesante destacar el símbolo de la diosa Iris como representante de otra mediación: la que difumina la diferencia entre los géneros.

Así, existen algunas leyendas medievales según las cuales la persona que es capaz de pasar bajo el arco iris cambia espontáneamente de sexo. Lógicamente, este cambio sería algo más que milagroso, no sólo por su espontaneidad, sino por el hecho de que pasar bajo el arco iris es algo físicamente imposible, ya que la percepción de este fenómeno implica un ángulo de visión que no nos permite pasar por debajo.

Estas leyendas, además de revestir a la diosa Iris de divina androginia, son una muestra de la ansiedad medieval (pero no sólo medieval) por distinguir con precisión entre hombres y mujeres, a la vez que señalan que dicha distinción no fue siempre fácil.


También hay quien identifica la ilustración medieval de la carta XIV del Tarot, La Templanza, con la diosa Iris. Precisamente, esta figura muestra a un ángel mezclando el contenido de dos vasijas. En algunos casos, se ha llegado a identificar este líquido con el que legendariamente formaría parte del arco iris.

Sin embargo, otras interpretaciones señalan que el ángel de la carta lleva a cabo la mezcla tradicional entre agua y vino, procedimiento que se empleaba en la Antigüedad para rebajar la gradación alcohólica del vino, en ocasiones, o simplemente para que la cantidad disponible diese más de sí. Lo curioso de esta mezcla, en su sentido simbólico pero también en el pragmático, es que la cantidad de agua utilizada para la mezcla no cambia la esencia de la bebida, pues esta continúa siendo considerada vino incluso aunque el porcentaje de esta bebida sea inferior.

Este hecho nos permite interpretar, al hilo simbólico de la androginia, que esta es simplemente una mezcla, una difusión que nunca modifica la esencia: una mujer, por mucha masculinidad que muestre, sigue siendo una mujer, tal y como el vino es vino independientemente de la cantidad de agua con que se mezcle. Y ahí residen la magia y el potencial simbólico.


Existe también una curiosa leyenda argentina que habla del arco iris como símbolo de la comunidad, una comunidad específicamente femenina, por cierto, en esta versión. Según la leyenda, había siete mariposas de siete colores distintos que despertaban la admiración de todo aquel que las observaba. Sin embargo, una de ellas se hirió con una espina y murió. Las restantes mariposas prefirieron perder su vida antes que ser separadas de su compañera por la muerte, y ahora sus almas flotan en el cielo cada vez que amaina una tormenta, unidas para siempre en el arco iris, símbolo de la amistad, la comunidad… y el mundo lésbico, si queremos.

Llegamos así hasta la bandera del Orgullo homosexual, que como se sabe, fue diseñada en 1978 por Gilbert Baker a petición de los activistas de San Francisco. Esta bandera estaba formada, en principio, por ocho colores, cada uno de los cuales simbolizaba algo distinto (y en cuanto a qué, hay varias versiones). Sin embargo, cuando la bandera se llevó a la Compañía de Banderas Paramount para reproducirla en grandes cantidades, resultó que el rosa era un color difícil de encontrar, y por eso se suprimió. En 1979, año en que se utilizó por primera vez en una marcha del Orgullo, se suprimió también el color índigo, para poder dividir la bandera de modo que quedaran tres colores por cada lado de la calle. En cualquier caso, e independientemente del número de colores que tenga, la bandera del Orgullo es también conocida como “bandera arco iris”.


Y ahí quería yo llegar, porque en ocasiones, debido a la omnipresencia de lo gay en todo lo relativo a la homosexualidad en general, y debido también a la animadversión que muchas mujeres lesbianas mostramos hacia todo aquello que tenga que ver con los "colorines", la bandera del Orgullo se nos hace ajena. Nos representa, sí, pero a la vez es el símbolo de cierta desconexión. Sin embargo, creo que la multiplicidad simbólica de la diosa Iris (en su papel de mediadora, de pacificadora, de voz de la sabiduría, de lo divino y de la ley, de imagen de lo andrógino esencial y de la comunidad) puede ayudar a que nos sintamos identificadas con esta bandera y que, en nuestra especificidad lésbica, la recubramos de nuevos significados.

Encantada de verlo así.

4 comentarios:

Verónik@ dijo...

Excelente como siempre el análisis... y lo que más me gustó, es todo lo que me hizo pensar.
Es cierto, o lo es para mí al menos, que la bandera gay significa un montón de colores que son como "demasiado" y me cuesta identificarme con ellos. Sobre todo lo pensé cuando al terminar de leer este post me fui a ver mi nuevo blog: black & white y me dije, yo tengo que ponerle algo a esta chica !!! (y color a mi blog)

Besos!

encantada dijo...

Muchas gracias por tu comentario, y sí, parece que los blogs en blanco y negro nos persiguen... :P

Le pongamos o no color a las cosas, la esencia no cambia, y por mucha fama de sosas que tengamos las lesbianas... ¡eh, también somos homosexuales!

Sin renunciar a esa fama y al amor por el negro, a mí me gusta apropiarme de los símbolos, mucho más si, encima, dicen que me representan.

Me alegro de que te haya gustado :)

Ana de Alejandro dijo...

Te admiro muchísimo! Me puse a leer hoy más a fondo un montón de entradas y me encanta como desglosas y analisas todo. En cuanto a sete post, puedo decirte que me has devuelto la bandera porque precisamente yo soy una de esas que como la relaciono más con lo gay no la veo tanto como propia. Ahora la puedo resignificar y eso me agrada.

encantada dijo...

Muchas gracias por tus palabras, y me alegro un montón de haberte ayudado a devolverle el significado a la bandera.

Aunque más que devolver, es crear uno nuevo, porque en el originario dudo mucho que nadie tuviera en cuenta nuestros gustos ;-)

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