miércoles, 16 de julio de 2008

Orgullo(s)

Este es el vídeo "Orgullosas de SER" que se proyectó durante la manifestación del Orgullo. Me gustó muchísimo porque no sólo anima a las mujeres lesbianas a ser visibles en general, sino que nos invita a ser visibles para formar parte del movimiento feminista, al que siempre pertenecimos y que sigue necesitándonos:


Sin embargo, viendo este vídeo, igual que asistiendo a la manifestación, creo que nos llevamos una impresión demasiado optimista de la situación real que todavía vivimos las lesbianas. Una vez que han terminado de barrer las calles y las banderas arcoiris dejan de ondear, se comprueba cómo al público en general sólo le llega la misma imagen estereotipada de siempre. ¿De qué sirve que este haya sido el año de la visibilidad lésbica, si los medios de comunicación sigue mostrando un Orgullo eminentemente gay, gay-friendly y fiestero?

Este es el vídeo que se emitió en "Caiga Quien Caiga" sobre el tema:


Profundamente decepcionante, ¿verdad? Y todavía he tenido el disgusto de ver otros reportajes por el estilo, que no puedo subir porque no los encuentro, pero que cualquiera puede imaginar.

Tenemos un largo camino por delante.
Encantada de saber adónde ir.

sábado, 12 de julio de 2008

La crónica más orgullosa

Después de unas bien merecidas vacaciones, vuelvo con las pilas cargadas para hacer mi particular “crónica orgullosa” una semana después de la gran manifestación.

Cabecera de la mani: Zerolo, la Ministra de Igualdad, Cándido Méndez (con cara de "voy a ser el hazmerreír de la próxima asamblea"), andaba por allí pero no se le ve a Gaspar Llamazares, también el presidente de la FELGT, etc.

Si tuviera que adjetivar el Orgullo de este año, lo consideraría un Orgullo “tranquilo”. Mi novia y yo fuimos a la manifestación con otra pareja de mujeres lesbianas amigas nuestras, y elegimos la segunda pancarta de la cabecera para hacer la marcha, la de las “3000 lesbianas visibles” (que no sé yo si fuimos 3000, pero sí muchas lesbianas y sí muy visibles). Me gustó esa manera de reivindicarnos, porque este año no me quedé con el regusto amargo de todos los Orgullos, cuando siento que, aunque las lesbianas estemos allí, seguimos demasiado diluidas entre el gentío. El sábado íbamos todas juntas, y nos hacíamos notar. Había algo especial en el ambiente, supongo que nuestra mera presencia, pero era algo de lo que emanaba mucha fuerza, y sobre todo, mucho ORGULLO.

La calle Alcalá hasta la bandera.

Desde luego, para mí este ha sido el Orgullo más orgulloso. En cuanto pisé la calle Alcalá junto con mi novia, sentí una gran energía invadiendo todo mi cuerpo. No necesité ni medio segundo para darme cuenta de qué era lo que me estaba pasando, lo supe enseguida: YA NO TENÍA MIEDO. Así de sencillo y así de poderoso. De pronto, me daba todo igual. Sí, todavía podía encontrarme a Patatín y a Patatán, mi cara seguiría saliendo en la portada de un periódico o ilustrando cualquier reportaje televisivo, claro que todo el mundo a quien yo no veía ni controlaba podía verme y controlarme a mí mientras me abrazaba con fuerza a mi novia, por supuesto que aún existía la posibilidad de matar a mi abuela de un infarto pero... ¿es que acaso no tengo derecho simplemente a SER? ¿Es que he de pasar el resto de mi vida escondida sin pasearme por la calle como cualquiera? No sé, de pronto tuve la certeza de que eso era lo correcto, y de que todos los miedos que me lo impiden cada día, en boca de los demás o en mi propia cabeza, sencillamente no tienen razón.

¡Muuuchas lesbianas visibles...!

Comentando después con mi novia la fuerza que había tenido aquel Orgullo para mí, ella me matizó diciendo que realmente había sido el menos reivindicativo de todos a los que habíamos asistido. Y, pensándolo bien, tenía razón: no cantamos demasiadas proclamas, no llevábamos apenas pancartas, casi no se veían banderas... Así fue: sólo éramos muchas lesbianas juntas, sólo estábamos allí, nos limitábamos a estar, y sin embargo, ¡se sentía tan bien...! Puede que no fuera un Orgullo muy político, pero era un Orgullo muy humano y muy vital. Y muy lésbico, por supuesto.

¿Que las mujeres no podemos tocar qué?

A cambio, en la zona en donde nosotras marchamos apenas sufrimos la presencia de drag queens o similares. Repetiré lo de todos los años: me parece bien que ellos también salgan a la calle y que el Orgullo tenga su punto de fiesta. Lo que no me parece bien es que ellos acaparen más atención que el resto, cuando los que marchamos sin disfrazarnos somos más; no me parece bien que la gente vaya a verles a ellos cuando ¡joder! van disfrazados, mientras que el resto damos la cara, la cara de cualquiera que tiene cualquier persona homosexual; y sobre todo, no me parece bien que en su nombre se haya rebautizado una manifestación con el nombre de “desfile”, nombre que nos desprestigia, que se mofa de nuestras reivindicaciones, que nos cosifica y que permite la preeminencia de la homofobia que al menos algunos deseamos combatir. Además, era el año de las lesbianas, y lesbianas y drag queens es de lo más antitético que hay.

Alguna bandera sí que hubo, sí.

Otro punto muy interesante para mí fue la asistencia de un grupo de madres lesbianas que se manifestaron de forma conjunta. Creo que no podían faltar dentro de una manifestación que reivindicaba la visibilidad lésbica, y desde luego que su presencia no defraudó.

Reivindicando, que es gerundio.
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Cuando llegamos a Plaza de España, estuvimos un rato sentadas en el césped con nuestras amigas, viendo terminar al resto de manifestantes y asistiendo a la proyección de un vídeo muy emocionante que animaba a las lesbianas a salir del armario. Otro año más, no pudimos ver ninguna carroza, porque eran las diez cuando todavía no habían asomado por allí, y mi novia y yo decidimos no volver a casa muy tarde para poder preparar la maleta. La verdad es que fue una pena, siempre me quedo con las ganas y finalmente me tengo que conformar con ver las carrozas por televisión (cuando las veo).

"Soy lesbiana, soy visible" de COGAM, llegando a Plaza de España.

En fin, un Orgullo más, con más orgullo, más alegría, más tranquilidad. Qué lejos queda el Europride... ¡y que no vuelva! Este año, al menos, se podía caminar tranquilamente, sin empujones, sin más público que manifestantes, sin sentir Madrid tan ajena, porque aunque sea capital y blablabla, para algunos es simplemente nuestra pequeña gran ciudad, el lugar donde queremos revindicar nuestro derecho a ser para después poder ejercerlo.

Una foto al público... ¡jojojo! No pude resistirme.

Encantada de seguir luchando por nuestra visibilidad.

jueves, 3 de julio de 2008

Sor Juana (III)

Creo que Sor Juana es una mujer que puede servirnos de ejemplo a muchas, no sólo por su increíble personalidad e inteligencia, sino por las intrigas que la rodearon muy a su pesar. En ellas vemos cómo el famoso “techo de cristal” al que nos tenemos que enfrentar las mujeres a lo largo de nuestra carrera profesional no es ni de cristal ni tan siquiera un techo: consiste en unas manos bien curtidas que nos empujan cuesta abajo, impidiéndonos llegar allí donde nos merecemos.

Un ejemplo muy claro es su relación con los estudios teológicos. Siendo ella monja, debería haber sido natural que se aplicara a profundizar en el conocimiento de lo sagrado, sobre todo si se tiene en cuenta su claridad mental para la interpretación, sino ya de la Biblia, sí de los textos de otros sobre ella. Sin embargo, estos eran los estudios que por excelencia estaban vetados a la mujer:

El fin a que aspiraba era a estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios; y que siendo monja y no seglar, debía, por el estado eclesiástico, profesar letras.

No sólo es lícito, pero utilísimo y necesario a las mujeres el estudio de las sagradas letras, y mucho más a las monjas. El no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desafición, ni de aplicación la falta, sino sobra de temor y reverencia debida a aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz y para cuyo manejo soy tan indigna. Pues ¿cómo me atreviera yo a tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano y ha hecho retroceder los asuntos hacia el mismo entendimiento de quien querían brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una herejía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura. Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos.

Así pues, Sor Juana trata de zafarse de la persecución dedicándose a la poesía; pero su destreza es tan desbordante que los que la envidian no cejan en el empeño de silenciar su palabra:

¿Quién no creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar, y los que más nocivos y sensibles para mí han sido, no son aquéllos que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien (y por ventura, mereciendo mucho con Dios por la buena intención), me han mortificado y atormentado más que los otros, con aquel: "No conviene a la santa ignorancia que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer en tanta altura con su misma perspicacia y agudeza".

Pues por la −en mí dos veces infeliz− habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Algunas veces me pongo a considerar que el que se señala −o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer− es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.

Yo de mí puedo asegurar que las calumnias algunas veces me han mortificado, pero nunca me han hecho daño, porque yo tengo por muy necio al que teniendo ocasión de merecer, pasa el trabajo y pierde el mérito. Estas cosas creo que aprovechan más que dañan, y tengo por mayor el riesgo de los aplausos en la flaqueza humana. Yo temo más esto que aquello; porque aquello, con sólo un acto sencillo de paciencia, está convertido en provecho; y esto, son menester muchos actos reflejos de humildad y propio conocimiento para que no sea daño.

A pesar de la humildad que muestra, del estoicismo que la acompaña cuando se enfrenta a tan inmerecidas críticas, sigue desglosando sus ideas y cimentando su argumentación para defender el derecho de las mujeres al estudio, sea este del tipo que sea. En este punto, es llamativa la lista de mujeres doctas que señala, mujeres que ya eran ignoradas por la Historia tal y como siguen siéndolo ahora:

Porque veo a una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve a tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida, antes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres: unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión, como Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras de perseverancia, como Ana, madre de Samuel; y otras infinitas, en otras especies de prendas y virtudes.

Si revuelvo a los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra Fe; y en tan doctos y elegantes versos que suspenden la admiración. Veo adorar por diosa de las ciencias a una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Atenas. Veo una Pola Argentaria, que ayudó a Lucano, su marido, a escribir la gran Batalla Farsálica. Veo a la hija del divino Tiresias, más docta que su padre. Veo a una Cenobia, reina de los Palmirenos, tan sabia como valerosa. A una Arete, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora de las letras latinas y eruditísima en las griegas. A una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Hipasia que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría. A una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció. A una Jucia, a una Corina, a una Cornelia; y en fin a toda la gran turba de las que merecieron nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron más que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad por tales.

Sin otras infinitas, de que están los libros llenos, pues veo aquella egipcíaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios de Egipto. Veo una Gertrudis leer, escribir y enseñar. Y para no buscar ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mía, Paula, docta en las lenguas hebrea, griega y latina y aptísima para interpretar las Escrituras. Y qué más que siendo su cronista un Máximo Jerónimo, apenas se hallaba el Santo digno de serlo, pues con aquella viva ponderación y enérgica eficacia con que sabe explicarse dice: “Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarían a publicar la sabiduría y virtud de Paula”. Las mismas alabanzas le mereció Blesila, viuda; y las mismas la esclarecida virgen Eustoquio, hijas ambas de la misma Santa; y la segunda, tal, que por su ciencia era llamada Prodigio del Mundo. Fabiola, romana, fue también doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribió un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios de Nuestra Santa Fe. Nuestra reina Doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, Reina de Suecia, tan docta como valerosa y magnánima, y las Excelentísimas señoras Duquesa de Aveyro y Condesa de Villaumbrosa.

Tras estos argumentos de autoridad, a mi juicio tan incuestionables como desconocidos, Sor Juana defiende no sólo el derecho de las mujeres al estudio, sino también a la docencia:

El leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy provechoso y útil. ¡Oh cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan. Muchos quieren más dejar bárbaras e incultas a sus hijas que no exponerlas a tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres, lo cual se excusara si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese sucediendo el magisterio como sucede en el de hacer labores y lo demás que es costumbre. Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas? Y no que éstas o se pierden por falta de doctrina o por querérsela aplicar por tan peligrosos medios cuales son los maestros hombres. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres a mujeres pueda ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesionario o en la distante docencia de los púlpitos o en el remoto conocimiento de los libros, pero no en el manoseo de la inmediación. Y todos conocen que esto es verdad; y con todo, se permite sólo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no haberlas. Esto debían considerar los que atados al Mulieres in Ecclesia taceant, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen. Y es que en la Iglesia primitiva se ponían las mujeres a enseñar las doctrinas unas a otras en los templos; y este rumor confundía cuando predicaban los apóstoles y por eso se les mandó callar. Y de otro lugar: Mulier in silentio discat; siendo este lugar más en favor que en contra de las mujeres, pues manda que aprendan, y mientras aprenden claro está que es necesario que callen.

Pero Sor Juana no se queda en los lugares comunes ni en las generalidades; muy al contrario, se defiende nominalmente de aquel que inició la mayor de sus desgracias, un hombre concreto cuyos argumentos dejó Sor Juana en ridículo:

¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento, y no lo fue en su Paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo? Si es, como dice el censor, herética, ¿por qué no la delata? Pues como yo fui libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictamen.

Considero la Respuesta a Sor Filotea un valiosísimo alegato a la libertad intelectual de las mujeres, cuya forma quizás haya quedado anticuada, pero cuyo fondo, tristemente, tiene toda la actualidad. Todavía hoy las mujeres permanecemos ignorantes de nuestro pasado, dudamos de nuestra palabra, nos sentimos pioneras cuando deberíamos alzarnos sobre los hombros de nuestro propio género, y desconfiamos de nuestras intuiciones a pesar de que no nos asiste sólo el derecho a acertar, como en el caso de Sor Juana, sino también el derecho a equivocarnos.

Este ensayo habría sido suficiente para grabar el nombre de Sor Juana con las letras de oro de la posteridad. Sin embargo, para placer de muchas, Sor Juana no sólo se quedó ahí.

[Continuará...]

martes, 1 de julio de 2008

Feminizando el Orgullo

Ayer me animé a asistir a la “Macedonia Caprichosa de Mujeres Creadoras”, uno de los pocos actos culturales previstos en el programa del Orgullo. Decidí que iba a disfrutar sí o sí del Orgullo a mí manera, y no me arrepentí para nada: pasé dos horas la mar de entretenidas y vigorizantes rodeada de arte femenino.

Acudieron muchas artistas al evento, pero a mí la que más me gustó fue sin duda la dramaturga Itziar Pascual. Nos explicó que andaba investigando sobre algunas mujeres históricas, quizá no muy conocidas pero sí muy grandes, entre las que destacaba Natalia Karp. Esta mujer, pianista, sobrevivió al Holocausto para después ir a parar a manos de un marido que la maltrataba psicológicamente impidiéndole realizarse como artista. Itziar Pascual había escrito un soliloquio sobre el tema que sobrecogió a toda la sala. Parecía imposible que aquellas palabras tan arrolladoras hubieran salido de la mente de una mujer que apenas hablaba con un hilo de voz y tenía el aspecto que tendría mi vecina del quinto si la tuviera. Así que una vez más celebré la increíble fuerza que tenemos las mujeres, el inmenso tesoro que llevamos dentro, escondido sólo para el que no lo quiere ver.

El texto fue leído por la actriz Ángeles Maeso, y su lectura fue el complemento ideal a las palabras de Itziar. Creo que Ángeles devolvió de un golpe toda la dignidad a su profesión, y nos mostró a quienes estábamos allí presentes que sin actrices de su talla el mundo sería un lugar lóbrego, desolador, vacío y triste. Su actuación me provocó una experiencia estética tan sobrecogedora, que a punto estuve de sufrir el colapso de la materia que me compone y acabar convertida en pompitas de jabón.

También me llamó mucho la atención la performance de Teresa del Pozo, una artista visual acerca de cuya disciplina yo albergaba una maleta llena de prejuicios. Qué le vamos a hacer, si he sido educada en la idea de que lo que vale es Velázquez y el resto no es más que una chusta posmoderna que nadie se traga. Sin embargo, como por suerte ando dispuesta a abandonar mi maleta en cualquier estación y salir corriendo para no volver, me entregué por completo al disfrute de la performance de Teresa, que estaba acompañada por la actriz Chusa Barbero. Me gustó mucho la interacción con el público, la manera en que explicó su proyecto, y sobre todo, el contenido tan hermoso de los textos, una especie de diario de su experiencia en Estados Unidos, muy gracioso, muy ameno y muy cercano. He de decir que me encanta el arte que nace de la vida cotidiana, y que por eso me resultó muy agradable el encuentro con su obra.

Otra de las artistas que me gustaron fue Marta Sanz, que nos trajo el último capítulo de libro “Lecciones de anatomía”, leído por Diana Palazón. Según nos explicó, esta obra había nacido de una investigación sobre sí misma, lo cual me fascina y me hace sentir muy identificada. En el último capítulo, se incluía un autorretrato que me pareció una muestra hermosísima de respeto, aceptación y amor por una misma. Fue emocionante asistir a la descripción de su cuerpo, no de la manera como solemos hacer muchas cuando destacamos todo lo que nos falta y todo lo que nos sobra, sino como creo que solo se puede hacer cuando una ha andado un largo camino para encontrarse, y una vez que se encuentra resulta que se ama. Me gustó especialmente la forma en que describía sus lunares, como islas, como constelaciones que aportaban más belleza a su belleza, quizá porque a mí me salen lunares cada día y ya no sé de qué pelos tirarme, y sus palabras me hicieron entender que el problema no eran mis lunares sino mi falta de comprensión sobre mí misma.

Me sentí muy identificada también con el segundo texto de Libertad Morán, leído por Sandra Dominique. En él criticaba a esos adultos que todos conocemos y que adolecen de un complejo de Peter Pan que les impide superar la adolescencia: viven en casa de papá y mamá poniendo excusas terribles para no emanciparse, se hacen los ejecutivos agresivos entre semana para después salir hasta las tantas y pillarse pedos antológicos viernes, sábado y casi me atrevería a decir que domingo, son incapaces de asumir los riesgos y el compromiso de las relaciones de pareja, disfrazan sus miedos de ideas modernas y, a su lado, las personas que nos arriesgamos a crecer parecemos nuestra propia abuela. Y sí, me gustó el texto porque vivo rodeada de mucha gente así y me saca de quicio que nadie les cante las cuarenta.

En fin, hubo más cosas que me gustaron de la “Macedonia”, pero creo que con esta muestra es suficiente. Me alegré un montón de ir y espero seguir animándome a acudir a estos eventos, porque son una bocanada de aire fresco. Y aunque sé que las personas que participamos somos una minoría dentro de una minoría dentro de una minoría y así sucesivamente, me siento orgullosa de pertenecer a algo que me deja con la boca abierta y consigue que se me ensanchen la cabeza, el corazón y cada uno de mis sentidos.

¡Encantada con las mujeres creadoras!

domingo, 29 de junio de 2008

Orgullos y contradicciones

Este fin de semana hemos empezado a calentar motores de cara al Orgullo, ya que la manifestación de Madrid tendrá lugar el próximo día 5 de julio. Parece que se pretendía reservar el día de ayer, el histórico 28, para que la gente pudiese manifestarse en sus ciudades, de manera que el próximo sábado todo el mundo viniera a Madrid y así hacer una macromanifestación.

Y es esta situación la que me crea el primer sentimiento contradictorio del día. Por un lado, entiendo que es necesario que la comunidad LGBT de cada lugar se manifieste allí donde vive, porque es allí y no en otra parte donde necesitan visibilidad. También entiendo que la gran manifestación de Madrid es muy importante, porque todos juntos hacemos mucho bulto y mucho ruido y así podemos dar cifras astronómicas para que salgan en los telediarios. Pero a la vez... ¡no sé! El 28 de junio es el 28 de junio, al fin ha dado la casualidad de que cae en sábado, y sin embargo... en Madrid nos castigan sin manifestación. Por otra parte, recuerdo el Euro Pride del año pasado como un evento angustioso, con las calles a rebosar de espectadores, una marea humana que nunca terminabas de saber a lo que iba... y me planteo la necesidad de convocar otra manifestación similar.

Pero bueno, lo que piensas en estos casos es que nada va a convencerte al 100%, así que hay que ir de cualquier manera, hay que moverse, hay que acudir en estos días grandes del Orgullo, es el momento y por eso, mi novia y yo fuimos a tomarnos algo a Chueca el viernes para empaparnos del ambientillo pre-Pride.

Y ahí llega mi segundo sentimiento contradictorio del día. Por la calle iban repartiendo folletos del MADO (Madrid Orgullo), lo cual es siempre una alegría, especialmente cuando te dispones a deleitarte con un montón de actividades supuestamente dirigidas a personas como tú, cuando hojeas un cuadernito repleto de banderas del arco iris, cuando sabes que todo lo que se ofrece forma parte de un festival oficial que, en sí mismo, es un gran logro para una comunidad históricamente perseguida. Pero entonces lo abres y te da como pena fijarte en gran cantidad de publicidad de bebidas alcohólicas que lo adornan, que sabes que han patrocinado el evento pero que te preguntas qué tendrán que ver con ser lesbiana o gay o bisexual o transexual o meramente persona, aunque después empiezas a entenderlo cuando descubres, un año más, que la mayor parte de las actividades que se plantean consisten en ir a un bar de ambiente y escuchar a DJ Nosequién. Y bueno, al fin y al cabo, eso dicen que son las fiestas, beber y bailar, así que casi debería alegrarme de que el MADO no fuera diferente.

El problema es que esa sensación de estar ante algo que deberías sentir como propio y que sin embargo te resulta ajeno se extiende cada vez más a todo el ambiente, de manera que Chueca va dejando de ser un refugio para provocarte cierta estupefacción y cierto malestar. No digo el concepto de barrio rosa, no digo todos los lugares a los que se puede ir, no digo la mayoría de la gente, digo algo difuso, una mirada, un gesto, un ademán, unos precios que te empujan a sentirte diferente otra vez. Y sí, es lo de siempre, la discusión inacabable de la imagen de gay-guapo-guay en la que tú no entras, porque no eres gay, ni eres ese tipo de guapo (¡qué coño!), ni desde luego eres nada que se pueda clasificar como guay, porque no le devuelves a los heteros la imagen de los gays que quieren ver, porque ni siquiera se la devuelves a muchos gays, y entonces parece que no puedas participar de ese Imperio Ultrarrosa que tienen montado y que a ti te relega a un más que modesto lado oscuro.

Pero está bien, no, no, no, no todo es tan malo, porque en las últimas hojas del folleto encuentras algunas actividades culturales: performances a favor de la igualdad de la mujer, un coloquio de mujeres creadoras, unos cuantos cortos y largos de cine lésbico, que te hacen pensar que eres una jodida, que te has dejado seducir por la crítica fácil y que si no mueves el culo para participar de lo que sí sientes que eres parte, es porque no te da la gana.

Así que el sábado estuvimos con unas amigas en el teatro, viendo “Monólogos de bollería fina”, una obra compuesta por tres monólogos de temática lésbica muy divertidos y muy recomendables. Me gustó el ambiente del teatro (con su dosis alternativa y su dosis digna), me gusto el detalle que tuvieron según entrabas a la sala (detalle que no cuento para que otras puedan sorprenderse con él), me gustó sentarme en la butaca rodeada de lesbianas de todos los tipos (la diferencia lógica que se ve cuando muchas lesbianas se juntan) y me gustó la visión de las lesbianas que devolvía la obra, una visión difusa, múltiple, contradictoria, que considero bastante cercana a eso que llaman “la realidad”.

De manera que parece que aún queda sitio para la esperanza. También en el folleto del MADO, que al final del todo, en un espacio muy pequeño pero existente, hicieron una mención al entretenimiento infantil, algo que yo buscaba con avidez y no esperaba encontrar. Porque si tanto defendemos a nuestras familias, ¿se puede saber cuál es su espacio durante estas fiestas del Orgullo?

Pero esta esperanza me crea el tercer y último sentimiento contradictorio del día. Porque me doy cuenta de que no, de que yo no quiero eso. No quiero encontrarme en el ambiente, no quiero encontrarme durante un mes al año, no quiero orgullo sólo durante el Orgullo. Me doy cuenta de que mi vida es el día a día, en mi casa, en mi barrio, en mi trabajo, con mi gente, y no quiero que se abran más espacios para la diferencia, quiero que se abran espacios para el encuentro, para la igualdad, para no esperar ávidamente una fecha ni sentirme impelida a acudir a un evento un solo día, cuando a lo mejor no me apetece, cuando a lo mejor no es el momento, sólo porque no habrá más.

Y lo sé. Sé que la discriminación positiva es necesaria, sé que es un precio que pagamos gustosamente, sé que no está mal y que se necesita, sé que una se siente bien rodeada de personas como tú, cuando se ha organizado algo pensado en ti, cuando sales de la invisibilidad y te conviertes en protagonista. Pero también te sientes bien cuando sencillamente formas parte de la sociedad.

Encantada, sí
... y contradictoria.

jueves, 26 de junio de 2008

Relato sin nombre

Esta es la historia de la madre de la madre de la madre de mi madre; es decir, de mi tatarabuela. Aunque, para no resultar presuntuosa, debería añadir que este es sólo un retazo de su historia, apenas un suspiro, un ligero recuerdo que, afortunadamente, hace unos días mi propia madre decidió legarme.

Ocurrió durante la Guerra Civil, en un pueblo de Zamora, donde residía la familia de mi abuela materna. Por aquella época, mi abuela era una niña y su madre una jovenzuela, así que mi tatarabuela debía de ser una mujer algo entrada en años, aunque no demasiado. Toda su familia era republicana, y como tal se había significado, de manera que a mi tatarabuelo “se lo habían llevado” al poco tiempo de llegar al pueblo los fascistas. Sin embargo, la represión no quedó ahí, y pronto volvieron “a por más”. Esta vez pretendían llevarse también a algunos de los hijos de mi tatarabuela, hermanos de mi abuela, tíos de mi madre. Pero mi tatarabuela lo impidió.

No sé cómo sería aquella mujer, ni cómo se la conocería en el pueblo, ni cómo se mostraría ante los militares, ni cómo cimentaría su argumentación; pero el caso es que la creyeron. La creyeron cuando dijo que sus hijos eran inocentes, la creyeron cuando se autoinculpó de todos los cargos que caían sobre ellos, la creyeron tanto que la hicieron subir al camión destinado a sus hijos, y ellos, que decidieron también creerse sus mentiras, nunca más la volvieron a ver.

Cuando escuché esta historia, una parte de mí pensó que la actuación de mi tatarabuela fue la actuación natural de toda madre que trata de proteger a sus hijos, que es capaz de darles vida pero también de dar su vida por ellos. Por alguna razón inconsciente, proyecté en mi mente la imagen de una madre amantísima, llena de ternura y entrega, abierta siempre a los requerimientos de los demás.

Afortunadamente, otra parte de mí se rebeló ante ello y me recordó que, por encima de su condición de madre o mujer, mi tatarabuela era una persona. Una persona completa, con sus miedos, sus ambiciones, sus instintos naturales de supervivencia, sus proyectos. Una persona que decidió enfrentarse al maltrato, la violación y la muerte para salvar a otros de una pena parecida. Una persona que dejó su casa, que salió con lo puesto, que fue zarandeada y obligada a subir al camión que la conducía a la cárcel, a la celda, al paseíllo, al paredón. Una persona que vio alejarse su hogar, el pueblo donde se crió, su vida, para perderse en cualquier descampado, con un tiro en nosedónde, y acabar en una fosa común.

No puedo decir el nombre de mi tatarabuela porque su nombre, como el de tantas mujeres en la Historia, fue silenciado. Sus hijos, a los que dio la vida dos veces, decidieron olvidarlo. No volvieron a hablar de aquel “suceso” durante generaciones, de manera que lo que ha llegado hasta mis manos es el códice roído de un relato sin cara, sin dignidad, sin nombre. La acción de mi tatarabuela fue la vergüenza de la familia. No se la erigió ningún monumento, no consta en ninguna enciclopedia, no se hacen series ni novelas sobre ella. Ni aunque quisiera buscarla, rastrearla, podría esta tataranieta enervada hallar ni rastro de su persona, pues hasta sus apellidos se perdieron por las vicisitudes del orden en la sucesión.

Un pequeño homenaje, un mínimo altar a su memoria, es todo lo que le puedo ofrecer. A ella como a tantas, cuyas gestas quedan empañadas por el deber de entregarse que se le presupone no a toda persona, sino a toda mujer.

Encantada de que sea su sangre la que ahora me permite devolverle el mínimo aliento que se le debe a su voz.

domingo, 22 de junio de 2008

¿El huevo o la gallina?

Una de mis paradojas preferidas a la hora de explicar el origen de ciertas realidades es la que pregunta: “¿qué fue primero, el huevo o la gallina?”. Y hoy me atrevo a aplicarla a uno de los últimos bastiones del machismo: el que explica la discriminación de la mujer por razones biológicas.

En demasiadas ocasiones me he topado con hombres presuntamente feministas y sobradamente bienintencionados que me han intentado convencer, con muy buenas palabras, de que una mujer no puede ser bombero o tocar la batería debido a las limitaciones “naturales” de su propio cuerpo. Y pongo el ejemplo de estos hombres porque me parece el más significativo: hordas de hombres machistas nos las encontramos todos los días; hordas de mujeres que reniegan del feminismo, también. Pero tener que escuchar cómo hombres que tienen tu respeto insisten en que para extinguir un incendio o ser el baterista de un grupo es necesario contar con una inestimable musculatura masculina, me arrebata toda la confianza en la Humanidad.

Este planteamiento cae en una sencilla falacia de generalización indebida, ya que da por hecho que todos los hombres son fuertes y todas las mujeres son débiles, cuando creo que la mayoría de las personas conocemos casos de hombres débiles corporalmente y mujeres fuertes en el mismo sentido. Todo esto sin tener en cuenta que la fuerza muscular no es lo único que se necesita para desempeñar ciertas tareas: ser bombero o tocar la batería requiere de una técnica y de unos conocimientos que no surgen espontáneamente de los músculos.

Pero a mí me gustaría ir más allá. Dando por hecho incluso que la mayoría de los hombres fueran más fuertes que la mayoría de las mujeres, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la presunta debilidad femenina la que impide a las mujeres realizar ciertas tareas, o fue la discriminación respecto a esas tareas la que provocó que las mujeres no desarrollasen su cuerpo en el sentido de la fortaleza necesaria para llevarlas a cabo?

Si nos fijamos en el mundo animal, no siempre el macho es el fuerte y grande de la especie, sino que, en numerosas ocasiones, realiza un papel subsidiario de la hembra, grande, fuerte e incluso muy agresiva. Y lo que es más: en muchas especies, yo diría que en la mayoría, aunque el macho sea grande no lo es para dominar a la hembra, sino para competir con otros machos en el momento de la procreación; para el resto del año, las hembras, con su tamaño y fortaleza, se bastan y se sobran para defenderse y sacar adelante a sus crías.

Por tanto, si los roles y funciones del tamaño o la fortaleza en los animales son diversos, ¿por qué los nuestros, seres matizables por la cultura, parecen determinados? ¿Por qué el hombre, fuerte y grande, resulta biológicamente idóneo para ciertas actividades, que históricamente han implicado dominación y poder, mientras que el cuerpo de la mujer apunta necesariamente a la exclusión de dichas actividades, y por tanto, a la subordinación? Se podría objetar a esto que ser bombero o tocar la batería son actividades inocuas, pero lo cierto es que no lo son, porque la discriminación de cualquier tipo, aunque se presuponga natural, nunca lo es. También se podría objetar la ausencia de argumentos a favor de la idea que defiendo: ¿acaso si las mujeres entrenasen mucho podrían llegar al nivel muscular de los hombres? Pues resulta que algunos estudios opinan que sí*.

En el caso del deporte, la situación es bien clara. Así, la ventaja de los hombres sobre las mujeres en actividades como el atletismo, donde la base es la acción de correr, se mantiene a lo largo de los años: milenios enteros corriendo detrás de las presas no se pueden suplir con un siglo escaso de entrenamiento. Sin embargo, otras actividades que no han estado ligadas a nuestra supervivencia como especie, arrojan otros resultados: en la natación, por ejemplo, la diferencia entre sexos no sólo es menor, sino que se ha ido reduciendo paulatinamente a lo largo del último siglo. ¿Podrían competir algún día hombres y mujeres en esta disciplina? Probablemente sí, aunque sus cuerpos seguirían presentando la misma morfología que se arguye como traba insalvable para que las mujeres agarren las baquetas.

Ergo: no parece necesario tener un cuerpo de hombre para lograr la plena igualdad, pero resulta imprescindible la creencia en que dicha igualdad es posible y la promoción de un acceso equivalente a las oportunidades de desarrollarla.

Cuando las mujeres dejemos de educarnos en la debilidad, descubriremos la inmensa fortaleza de nuestros cuerpos.

Encantada de intentarlo.


* Marvin Harris, Antropología cultural.

martes, 10 de junio de 2008

Naturalidad, visibilidad, militancia

Pensando sobre la maravillosa idea de vivir fuera del armario en todos los ámbitos de mi vida, especialmente en el trabajo aunque también en la vida cotidiana, se me han ocurrido muchas preguntas (y pocas respuestas) sobre tres términos que, según he escuchado, son la clave para lograrlo: naturalidad, visibilidad, militancia.

El primero lo he escuchado de boca de personas que parecen vivir su homosexualidad como un plácido camino de curiosos malentendidos y explicaciones condescendientes. Cuando se les pregunta cómo han sido capaces de salir del armario en tantos ámbitos y cosechar resultados tan decididamente positivos, suelen responder: “Con mucha naturalidad”, como si fuera nuestra falta de naturalidad lo que crease los problemas. Y no digo que muchas veces no lo sea; porque al fin y al cabo, naturalidad, lo que se decide naturalidad, es un término que no termino de saber lo que significa.

Cuando intento aplicármelo a mi vida, no puedo sino imaginarme una conversación cualquiera en mi trabajo. “¿Qué tal el fin de semana?”. “Bien. ¿Y el tuyo?”. Esta es mi respuesta tipo, que zanja la incómoda circunstancia de un plumazo y ha conseguido que casi ningún compañero me pregunte ya por lo que hago cuando salgo. Así que, pensando en la fórmula mágica, yo intento reconvertirme en un dechado de naturalidad y responder: “Bien, estuve con mi novia en el cine. ¿Y tú?”. Pero por más que me esfuerzo por ver la parte natural del asunto, a mí me parece una respuesta más que violenta. ¿No es necesaria una introducción a priori, no sé, algo para no soltar el bofetón tan de repente? ¿O realmente eso es naturalidad, una cualidad que perdí quién sabe cuándo y que por eso ya no puedo aparentar? Tal vez en algún momento de mi proceso tales dudas me parezcan atrasadas, pero ahora mismo la sola idea de pronunciar la palabra "novia" en el trabajo me provoca una intensa sensación de pérdida de la conciencia y el equilibrio. Vamos, un patatús en toda regla.

Sobre la visibilidad, creo que atisbo a entender lo que significa desde el punto de vista teórico, pero en la práctica me hago tanto lío como con lo anterior. Claro, yo comprendo que la gente que me rodea llegará a ver natural un comentario del tipo “Este fin de semana estuve con mi novia en el cine” una vez que yo me visibilice como lesbiana, es decir, una vez que descubran que las lesbianas no sólo existimos, sino que trabajamos a su lado, que tenemos novias y que vamos al cine con ellas los fines de semana (no todos, pero alguno cae). Y para lograr eso sólo es necesario algún tipo de presentación del asuntillo, un pequeño comentario que se cuela por cualquier resquicio de cualquier conversación, esas palabras que te sacan del armario y ¡zas! ya eres visible, y al poco, hasta te puedes expresar con naturalidad.

La pregunta es: ¿hasta dónde la visibilidad y desde dónde la intimidad? Porque hablar de tu pareja no es lo mismo si esta es del mismo sexo que si no lo es. Querríamos creer que no es así, pero lo cierto es que, para los heteros, hacer un comentario como “Fui al cine con mi mujer” no muestra nada íntimo. Porque se da por hecho que un hombre hetero tiene mujer y una mujer hetero tiene hombre (o coche, o se va de vacaciones a Gandía, o tiene tres hijos), pero nadie da por hecho que las lesbianas y los gays existimos, que trabajamos en cualquier lugar y que también nos gusta expresarnos. Y sí, ya sé, la visibilidad sirve precisamente para romper con esa idea, con esa conducta, con ese hábito falaz, doloroso y excluyente. Pero, ¿qué pasa si yo no quiero ser visible con la petarda (o el petardo) de turno, los mismos con los que no he compartido ningún comentario sobre mi visión del mundo, o mis ideas políticas, o lo que siento ante los problemas que surgen en el trabajo, ni siquiera un chiste, una broma, ni nada más que los buenos días y lo estrictamente necesario, si no quiero tener intimidad con ellos, y por lo tanto, no quiero hablarles de mi orientación sexual? ¿Estoy de alguna manera obligada a ser visible, porque visible se es o no se es y si se escoge, es que algo está fallando, porque una tiene que ser visible 7/24 y si se calla delante de unos y no de otros es que oh-dios-mío ya estamos otra vez en el armario?

Y así llegamos al tercer término, el de militancia. Este no aporta la alegría de “naturalidad”, ni la liberación de “visibilidad”, y encima te carga con la culpa de que, en cierta manera, resulta un deber moral. Pero sus razones tiene. Es decir: yo muchas veces he pensando sobre el hecho de que disfruto de una tolerancia social y una protección legal en las que apenas he contribuido, una tolerancia y una protección por las que otros pelearon, para ellos y también para mí, cuando la situación social y legal era muchísimo peor de lo que es ahora, y que por eso, estoy obligada a seguir luchando, a hacer mi parte para que lo que a todas luces está mal mejore, poner mi granito de arena para conseguir que los que todavía no disfrutan de la mínima parte de lo que tengo yo lo hagan cuanto antes. Y todo esto se ve muy claro cuando te encuentras rodeada de lesbianas y gays, cuando vas a reuniones en las que te inflamas de orgullo, cuando asistes a concentraciones y vitoreas sobre tu dignidad, cuando comentas con tu pareja y tus amigos lo cerca que está ese mundo mejor.

Pero cuando te planteas la posibilidad de que te miren mal por los pasillos, de que cuchicheen a tus espaldas, de que te hagan el vacío, de que la confianza se rompa, de que te insulten e infravaloren, de que te cuestionen como persona debido a tu orientación sexual, cuando piensas en que el dolor que ya conoces se extienda y crezca, que pase de lo íntimo a lo público, que se escape más aún de lo que ya se escapa de tus manos, cuando dejas de sentir el calor de tu comunidad y te encuentras sola ante el pequeño gran drama de tu vida, entonces no queda militancia, ni orgullo, ni dignidad, ni nada. Sólo un fuerte instinto de supervivencia que te hace callar, apretar los dientes y tragar.

Tengo la esperanza más absoluta de que todas estas preguntas se resolverán con el tiempo, y algún día las recordaré con nostalgia y entenderé que todo se resumía a una sola cosa: el miedo. Pero mientras tanto, pienso y pienso en la manera de manejar mi vida y estar fuera del armario, y siento que apenas recuerdo dónde queda la puerta de salida.

No todo es tan fácil como proclaman, aunque entiendo que deban proclamarlo.

Encantada (on the road).

jueves, 5 de junio de 2008

Amazonas

El mito griego de las Amazonas es uno de los más conocidos, especiales y queridos para las mujeres. La historia de este pueblo tiene, además, una base real. Así, se considera probado el parentesco entre el mito y los enterramientos escitas de mujeres guerreras hallados en el año 2003 por Jeannine Davis-Kimball. No obstante, estas mujeres formaban parte de una sociedad regida por hombres, a pesar de lo cual resulta más que interesante la posibilidad de que pudieran ejercer como militares. De cualquier modo, el mito demuestra su gran calado en la percepción de de tribus femeninas y guerreras que recorre el tiempo y el espacio. Uno de los casos más llamativos es el que da nombre al río Amazonas, relatado por Francisco de Orellana, aunque probablemente se tratase también de mujeres guerreras dentro de una sociedad mixta, como en el caso de las escitas.

Sin dejar de lado la importancia de la base real en el mito de las Amazonas, estas han pasado a la historia del arte y de la literatura como mujeres independientes, guerreras, que vivían alejadas de los hombres e incluso se negaban a criarlos, portadoras de arcos y flechas, expertas jinetes, capaces de establecerse como sociedad independiente y bellísimas. Bellísimas incluso a pesar del hecho, no siempre representado como tal en el arte, de que prescindían de uno de sus pechos para poder manejar el arco con mayor agilidad.

De entre todas las afrentas que las Amazonas hacían al patriarcado, creo que esta última es quizá la de mayor significado en el mundo actual. Dedicarse a la guerra no tiene por qué tener hoy el valor que tenía entonces, ya que el pacifismo es una opción incluso más feminista si cabe. Discriminar a los hijos varones, dejando de lado el simbolismo que la acción tenía en origen, sería hoy una crueldad incomprensible. Pero disponer del propio cuerpo, prescindir del erotismo del pecho en aras de un ideal superior son acciones de plena actualidad, ya que una de las batallas que el feminismo aún tiene por ganar se libra todavía en nuestro propio cuerpo, y tiene el cuartel general en nuestros pechos.

El sufrimiento que genera a las mujeres la forma, el tamaño, el color y la presunta funcionalidad erótico-materna de los pechos resulta inconmensurable; pero creo que es aún mayor en el caso de las mujeres que han de prescindir de uno o de ambos pechos. Es algo que me cuesta entender y que, además, me causa un dolor muy profundo: que después de superar un cáncer de mama, o incluso en el camino de luchar contra tan terrible enfermedad, la mujeres pongan por delante de su salud, de la alegría de vivir, de la celebración de su coraje, de su inmensa valentía, la ausencia o presencia de sus pechos.

Muchas mujeres no corren a abrazar a sus parejas para fundirse en el alivio o la esperanza de estar vivas, sino que les miran a través del miedo de no volver a ser aceptadas por un cambio que debería considerarse mínimo en sus cuerpos, especialmente frente a la enfermedad y la amenaza de la muerte. No estoy diciendo que una mujer no tenga derecho a identificarse con sus pechos y que sufra ante su ausencia y se sienta mutilada. Pero considero que detrás de ese sufrimiento se esconde a veces un reduccionismo que condena a la mujer a ser considerada siempre bajo la mirada del otro, que decide cuándo y en qué condiciones puede conservar su dignidad.

Por eso creo que el mito de las Amazonas puede inspirarnos a todas las mujeres, a las que se encuentran y a las que podemos encontrarnos en una situación parecida, recordándonos que, porque somos más que un objeto, somos más que nuestro cuerpo, de manera que nuestra valía personal, la alegría de nuestra existencia, jamás se puede reducir ni a uno ni a nuestros dos pechos. Una mujer no es una mujer porque sus pechos sean hermosos, o grandes, o porque simplemente existan; igual que no lo es por tener hijos, ni porque sus caderas tengan la medida perfecta, o porque su pelo caiga largo y sedoso hasta la cintura. Una mujer es una mujer porque así se considera, porque así se disfruta, porque así lo decide, y como tal, puede decidir también que su valor en la vida no sea el de ser madre, ni esposa, ni compañera sexual. O sí, pero madre también sin hijos biológicos, esposa también sin lazos legales, y compañera sexual también sin pechos.

Las mujeres somos seres maravillosos, en nosotras mismas y en nuestros cuerpos, sean los que sean, sean como sean.

¡Vivan nuestras amazonas!

Encantada.

viernes, 23 de mayo de 2008

Las desgracias nunca vienen solas

Para cuando descubrí este cuestionario, ya era demasiado tarde.


Antes de salir del armario con tus padres...


1. ¿Estás segura de que eres lesbiana?

Cuando salí del armario con mis padres, cometí el error de nombrarme bisexual. Aunque había tenido las agallas de considerarme lesbiana en mi interior, esa certeza me duró sólo un par de semanas. ¿Cómo podía ser lesbiana teniendo en cuenta mi pasado heterosexual? ¿Cómo podía ser lesbiana si a la vez que me sentía atraída por la que sería mi novia sentía también “algo parecido” por el amigo de un amigo? Entonces no sabía muchas cosas: no sabía que un abrumador 90% de las mujeres lesbianas han tenido también relaciones con hombres, no sabía que las mujeres homosexuales suelen tomar conciencia de su orientación sexual más tarde que lo hombres, no sabía que haber tenido relaciones con hombres y con mujeres no te convierte automáticamente en bisexual, no sabía que en realidad tenía un pasado homosexual del que apenas recordaba nada…

Ni entonces, ni cada vez que entro en una crisis de identidad, estoy segura de ser lesbiana.

2. ¿Te sientes cómoda con tu orientación sexual?

Cuando salí del armario con mis padres, apenas me había dado tiempo a sentirme cómoda o incómoda con mi orientación sexual. Les había hablado de ello a algunos amigos íntimos y todas las reacciones habían sido razonablemente positivas. Había sido agredida verbalmente algunas veces, junto con mi novia, por integristas homófobos, pero estas agresiones no habían pasado de la anécdota ni me habían provocado nada más allá de una profunda indignación. Cómoda, lo que se dice cómoda, no me sentía, porque ocultaba mi relación en la mayoría de los contextos y a la mayoría de la gente. Pero pensaba que era sólo cuestión de acostumbrarse, y que mis ideas y mi mentalidad abiertas me ayudarían en el proceso.

Aún no podía imaginar, igual que hoy todavía no puedo creerlo, a la clase de exclusión y violencia que habría de enfrentarme. Fue entonces cuando, lejos de sentirme cómoda, llegué a pensarme profundamente enferma a causa de mi orientación sexual.

3. ¿Tienes el apoyo de otros gays o lesbianas?

Cuando salí del armario con mis padres, conocía a algunos gays y lesbianas. Sin embargo, por razones ajenas a nuestra orientación sexual, nos habíamos distanciado hasta el punto de que la única lesbiana con la que efectivamente podía contar, aparte de mí misma, era mi novia. Por aquel entonces, no obstante, mi novia no se consideraba lesbiana.

Pero la necesidad de apoyo llegó pronto. Y por fortuna, lo busqué y lo encontré, aunque el daño ya estuviera hecho.

4. ¿Sabes lo suficiente sobre homosexualidad y lesbianismo?

Rotundamente no. Yo me creía muy lista, porque desde siempre me pareció que la dignidad de las personas homosexuales era algo que estaba fuera de toda discusión. Desde que tuve conciencia de que la homosexualidad existía, había defendido el derecho al matrimonio, la igualdad de las familias, y un sinfín de obviedades que a nadie de mi entorno parecían interesarle tanto como a mí.

Pero una cosa es ir por la vida de gay-friendly y otra enfrentarte a tu propia exclusión, tan real, cruel y dolorosa, que puede enloquecerte hasta tal punto de llegar a no estar segura ni de tu nombre.

5. ¿Es el mejor momento?

Supongo que a esta pregunta nunca podré responder. A mí, desde luego, me pareció el mejor momento. Hacía pocas semanas que habían aprobado la Ley del matrimonio y cada día, en el telediario, se hablaba de homosexualidad. Mis padres dedicaban a la pantalla encendidas muestras de solidaridad y comprensión, declarando que las personas homosexuales eran igual de dignas que las heterosexuales, que merecían los mismos derechos, que los que no pensaran así eran unos fascistas, unos retrógrados, unos ignorantes y unas malas personas. Cuando salí de casa hacia la manifestación del Día del Orgullo, se lo comenté a mi padre y él me felicitó por acudir a la cita: había que demostrarles a esos cabrones que nosotros no éramos como ellos.

Ahora me pregunto a qué cabrones se refería, teniendo en cuenta cómo cambiaron todas sus ideas sólo unas semanas después.

6. ¿Puedes ser paciente?

No sé si podía, pero lo fui. Tuve que serlo. Era paciencia o nada. Y aún la conservo, aunque ya no estoy segura de si se llama paciencia, resignación, ceguera o qué.

7. ¿Por qué ahora?

Porque estaba completamente enamorada. Porque nunca me gustó mentir a mis padres y sí compartir con ellos lo más hermoso de mi intimidad. Porque ellos ya sabían que yo tenía pareja, aunque no se imaginasen quién. Porque era feliz e inconsciente. Porque estaba llena de optimismo. Porque, como les dije, me apetecía compartir con ellos el motivo de mi alegría. Porque no veía nada malo en ello. Porque me parecía natural. Porque me sentía segura de mi relación. Porque pensaba que tenía que ser valiente.

Porque sí. ¿Por qué no?

8. ¿Tienes materiales disponibles?

Antes de salir del armario con mis padres, me informé someramente a través de internet. Encontré algo sobre una fase de negación y otra de culpa, y tal cual se lo solté. Que si una voz interior se lo negaba o se preguntaban si habían hecho algo mal, que no se preocupasen, que hablaríamos y yo les explicaría lo que les tuviera que explicar. Que lo importante era mantener la comunicación, que era normal cierta confusión al principio, pero que yo estaría allí para apoyarles, para guiarles, que tomasen mi mano, que recorriésemos juntos el camino…

No funcionó.

9. ¿Dependes económicamente de tus padres?

He aquí el colofón final. Hasta ese mismo verano en que decidí salir del armario con ellos, había tenido siempre uno o dos trabajos, o como mínimo, una beca. Nunca había ganado dinero suficiente para independizarme, pero sí hubiera tenido bastante para salir de casa en caso de emergencia. Sin embargo, apenas unos meses antes lo dejé todo para dedicarme plenamente a estudiar, para lo cual, obviamente, contaba con el apoyo de mis padres. Necesitaba que me mantuviesen totalmente durante un año entero para poderme presentar a un examen muy importante, pero lo que nunca imaginé es lo caros que me saldrían aquellos meses. Muchas veces quise huir, marcharme, poner tierra de por medio, ganar en dignidad, y sin embargo, no podía morder la mano que me daba de comer. Fue el único año desde que pude trabajar en que no lo hice. Pero por suerte pasó, y no me arrepentí.

No hagan como yo, piénsenlo bien antes de salir.
Una vez que abres la puerta, ya no puedes volver a entrar.
Y hay todo un mundo desconocido allá fuera.

Entre arrepentida y responsable, encantada.

sábado, 17 de mayo de 2008

¡Buenas noticias!

Qué mejor manera de celebrar el Día contra la Homofobia que encontrándose con la noticia de que los gays y las lesbianas ya podemos contraer matrimonio también en California. Es una noticia que me parece particularmente hermosa, no sólo por el hecho mismo de que nuestra dignidad haya vuelto a ser reconocida, sino por la manera en la que ha ocurrido.

Así, San Francisco ha sido durante décadas el epicentro del activismo homosexual, una ciudad en la que existe una verdadera comunidad vital de gays y lesbianas. En 2004, su alcalde, el demócrata Gavin Newsom, comenzó a casar parejas del mismo sexo. Tan sólo pudo hacerlo durante un mes, ya que entonces el Tribunal Supremo ordenó que suspendiera las celebraciones, y a los seis meses declaró ilegales todas las licencias matrimoniales que había expedido. No obstante, tanto el alcalde como varias parejas siguieron peleando por sus derechos. Independientemente de la orientación sexual de Newsom, me parece que su actuación fue muy valiente, ya que comprometió tanto su cargo como su persona a un nivel admirable.

Desde el punto de vista legal, las reivindicaciones se apoyaron en una enmienda a la Constitución estadounidense que asegura que “ningún Estado de EEUU podrá denegar a persona alguna, bajo su jurisdicción, la protección igualitaria de sus derechos”. Pero además, tuvieron en cuenta una sentencia del Tribunal Supremo que data de 1948, en la que se amparaba “el derecho de un ser humano a casarse con quien elija”. Lo hermoso de esta historia es que esta misma frase sirvió entonces para permitir el matrimonio interracial, también largamente prohibido.

Me gusta comprobar que nuestra discriminación va de la mano de otras cuya abolición está más cerca que la de la nuestra, porque resulta esperanzador pensar que seguirá un camino parecido. A la vista de su andadura histórica, no obstante, es necesario armarse de paciencia, ya que, aunque el matrimonio interracial se permite desde hace más tiempo que el homosexual, la realidad es que muchas familias se llevan todavía las manos a la cabeza cuando uno de sus miembros decide casarse con una persona de otra raza, y en muchos contextos es algo que sigue estando muy mal visto. Paciencia pero fuerza: el futuro es nuestro.

Feliz día.

Encantada.

martes, 13 de mayo de 2008

Un año ENCANTADA

Tal día como hoy, hace un año, inauguré Encantada blog.

Para entonces, llevaba ya tres años como bloguera; sin embargo, mi anterior blog agonizaba entre sus propias cenizas: a pesar de que lo empecé con mucha ilusión, de que lo mantuve a base de entradas muy queridas para mí, a pesar de que me había prometido, desde el principio, que no habría reglas, que cualquier cosa que me pasara tendría en él su lugar, el hecho es que desde hacía meses ya no me apetecía escribir.

Y es curioso, porque miles de entradas bullían en mi interior, quería hablar sobre muchísimas cosas, quería gritar al mundo lo que sentía, lo que pensaba, quién estaba descubriendo que era, mis dudas, mis certezas, mis cabreos, mis triunfos… pero en mi anterior blog yo ya no tenía lugar.

Cuando lo empecé, todavía me pensaba hetero. Y no pude encajar mi “transición” con naturalidad. Me era muy difícil explicar por qué de repente ya no sentía como verdad todo lo que había escrito sobre mí. Tampoco estaba segura de hasta qué punto lo era. Es fácil crear una falsa imagen de mujer confusa, pero muy difícil plasmar una genuina y sincera confusión. Y sobre todo, exponerse. Exponerse a que las personas que llevan varios años leyéndote dejen de opinar sobre tus entradas para empezar a opinar sobre ti.

Traté de salvarlo, de volver a empezar, cambiando formatos, fotografías, fondo, color… pero al final lo dejé. La persona que empezó aquel blog ya no se parecía a mí, la notaba ajena y mi nuevo yo necesitaba aire limpio para poder respirar.

Fue una noche de desesperación cuando se me ocurrió el título de “Encantada”. Quería empezar un blog con nueva energía, con una perspectiva positiva sobre mí, sobre mi homosexualidad; la perspectiva que empezaba a tener pero que tanto me costaba expresar. Imaginé el día en que pudiera presentarme ante todo el mundo como lesbiana, el día en que realmente estuviera encantada de haberme conocido, de estarme disfrutando, el día en que pudiera saludar con la mano de mi verdadero yo y decirle a cualquiera que se acercase a conocerme lo encantada que estaba de mostrarme como soy.

Pero ese día aún no había llegado, por eso elegí un burka como avatar. Podría decir muchas cosas, a cambio de no descubrir mi identidad. Ocultaría mi rostro bajo las rejas de tela mientras mi cuerpo desnudo se asomaba al exterior. Y aún así, significaba un respiro, porque en gran parte de mi vida real, sobre todo en la de entonces, el burka me cubría por entero, en forma de una presunción de heterosexualidad que me resistía a negar.

Y así fue como nació este blog.

Después de un año caminando a su lado he dicho muchas de las cosas que necesitaba decir, me he ido construyendo como mujer y he ganado en coherencia vital. Ahora me parece que tal vez no hubiera sido necesario huir, que podría haberme quedado donde siempre estuve porque yo he sido siempre lo que soy. Y sin embargo, entiendo que hoy pienso así sólo porque entonces me atreví a romper.

Y ahora que no necesito marcharme es cuando creo que estoy yendo hacia algún lugar.

Encantada de acompañarme en este viaje.

martes, 6 de mayo de 2008

¿Hacemos bien lo que hacemos bien?


El objetivo principal de los estudios serios sobre familias homoparentales es el de comprobar si los niños se desarrollan igual que en otros tipos de familia; fundamentalmente, igual que en la familia nuclear, la del papá y la mamá. Al parecer, los puntos conflictivos son tres: el desarrollo de la identidad de género, el de su roles correspondientes y la construcción de la orientación sexual. Así, en las investigaciones se pretende verificar si los niños criados por una pareja homosexual diferencian bien entre los conceptos de hombre y mujer, si se comportan de la manera que la sociedad define como adecuada para su sexo, y si desarrollan una orientación heterosexual. Para regocijo de la mayoría, el resultado suele ser afirmativo, lo cual avalaría la idoneidad de las familias homoparentales. Pero yo me pregunto, ¿de verdad hacemos bien eso que dicen que hacemos bien?

En primer lugar, los psicólogos señalan que la distinción entre hombre y mujer es un concepto básico que debe alcanzarse cuanto antes en la infancia. Sin embargo, la única razón por la que este concepto es más importante que la distinción entre la nieve y el aguachirri (determinante para algunas culturas, por cierto) es que nuestras sociedades le dan una importancia suprema. Pero, ¿queremos que se la sigan dando? ¿O preferimos cuestionarnos esas diferencias entre hombres y mujeres? ¿Acaso no sería mucho más sano que relativizásemos qué es ser un hombre y qué es ser una mujer? Sobre todo teniendo en cuenta que, en el concepto infantil de la diferencia de sexo, se mezclan ideas como que ser un hombre es llevar pantalón, tener mucha fuerza, jugar al fútbol y realizar actividades arriesgadas, mientras que ser una mujer es tener el pelo largo, ser pusilánime, hacer la cena y cuidar de todo el mundo. No, los niños no basan las diferencias entre hombre y mujer en los cromosomas o los caracteres sexuales secundarios; y para cuando alcanzan estos conocimientos, los otros, los prototípicos, ya han echado raíces en su inconsciente. Así que, ¿realmente deberíamos sentirnos orgullosos de que los psicólogos nos den una palmadita en la espalda por haber transmitido a nuestros hijos esas ideas, las mismas que tanto nos hicieron sufrir cuando alguien nos dijo que las niñas no jugaban a los coches, que los niños no lloraban sino que pegaban a quien les hiciese daño, que a una niña no le puede gustar otra niña porque las niñas sólo les gustan a los niños…?

El segundo punto tiene que ver con el anterior, pero resulta aún más frustrante. Al fin y al cabo, se podría pensar que la definición de qué es un hombre y qué es una mujer es sólo un concepto, pero es que los estudios sobre familias homoparentales también se alegran de que nuestros hijos distingan entre actividades típicamente femeninas y actividades típicamente masculinas. Y yo me pregunto, ¿cuáles son esas actividades? ¿Cruzarse de piernas? ¿Reírse con la boca tapada? ¿Barrer la casa? ¿Comprar el periódico? ¿Mear de pie? ¿Trabajar en una oficina? ¿Cambiar un pañal? ¿Enseñar en la Universidad? ¿Parir? Sean cuales sean, y con escasas excepciones, ¿acaso no se dirigían nuestras sociedades hacia la eliminación de las diferencias entre hombres y mujeres? ¿No se felicitaban por tener una mujer en un cargo poderoso o porque un hombre decidiese pedir un permiso de paternidad? Entonces, ¿cómo es que esas misma sociedades nos aplauden cuando reproducimos los roles tradicionales, esos con los que llevamos media vida luchando, porque una mujer no hace bricolaje pero a ver quién pone el cuadro en el salón, porque un hombre no puede preparar una papilla pero a ver si no qué cena el bebé…?

Para terminar (y en esto una ya no sabe si cortarse las venas o dejárselas largas), los psicólogos nos dedican una ovación colectiva cuando se comprueba que nuestro niño es heterosexual, ovación a la que muchos padres y madres homosexuales responden con una sonrisa de orgullo por haber sido capaz de criar un niño “normal”. Y sin embargo, ¿no estábamos de acuerdo en que no era culpa de nuestros padres el hecho de que nos gustasen las personas de nuestro mismo sexo, no lo atribuíamos a una casualidad, tal vez genética, que ni la educación familiar ni ninguna terapia podía cambiar? Entonces, ¿por qué deberíamos sentirnos mejor si nuestro hijo o nuestra hija fuese heterosexual, teniendo en cuenta que, de la misma manera, en nada hemos contribuido a ello, y si a nuestros padres no se les podía culpar, a nosotros no se nos puede felicitar? Además, si creemos, como decimos que creemos, que un 10% de la población es homosexual, ¿no será también un 10% de nuestros hijos gays o lesbianas? ¿Y no estarán distribuidos al azar, tal y como lo estamos el resto de homosexuales criados en una familia heteroparental? Todo esto sin mencionar el hecho de que, si para nosotros no es malo ser lesbiana, ser gay, ¿por qué debería serlo para nuestros hijos? ¿No deberíamos sentirnos aliviados de que, en la ruleta de la familia, les haya tocado en suerte una que les criará en libertad, que les respetará, que les apoyará en todo momento, y que, para terminar de bordarlo, hasta les servirá de modelo y refuerzo positivo…?

Entiendo que las familias homoparentales estamos permanentemente en el punto de mira, y que granjearnos el visto bueno de la sociedad es necesario, muchas veces, para nuestra mera supervivencia. Sin embargo, creo que debemos permanecer alerta ante un exceso de complacencia, y revisar constantemente hasta qué punto no reproducimos los mismos modelos, las mismas ideas que nos discriminan y decimos combatir.

Si queremos legarles a nuestros hijos un mundo mejor, empecemos por ofrecerles desde el principio una familia mejor. Porque la felicidad de las familias y de cada uno de sus miembros no radica en que se sepan hombres o mujeres, en que actúen como tales, o en su orientación sexual.

Encantada.

lunes, 5 de mayo de 2008

Resolución

Resolución de ser feliz
por encima de todo, contra todos
y contra mí, de nuevo
− por encima de todo, ser feliz −
vuelvo a tomar esa resolución.

Pero más que el propósito de enmienda
dura el dolor del corazón.

Jaime Gil de Biedma
Poeta y homosexual.

Encantada.

domingo, 4 de mayo de 2008

A la cuarta va la vencida

Este fin de semana, mi novia y yo hemos conseguido el título oficial de tortilleras. He aquí la prueba incontestable:

¡Nuestra primera tortilla de patatas!

El camino hasta lograr tan excelso diploma ha sido arduo, a pesar de los vítores que miles de fans enardecidos nos espetaban por la calle:

− ¡Tortilleras!
− ¡Que no! ¡Que todavía no nos sale!

La primera vez que intentamos hacer una tortilla de patatas aún confiábamos en nuestra esencia más íntima, así que agarramos la sartén con decisión y estrellamos la masa informe de patatas y huevo contra la vitrocerámica.

La segunda vez que intentamos hacer una tortilla de patatas decidimos ser más humildes y utilizar dos platos para darle la vuelta. Sin embargo, no tuvimos en cuenta el pequeño detalle de cuajarla por dentro y tres huevos batidos aterrizaron sobre mi camiseta.

La tercera vez que intentamos hacer una tortilla de patatas los hados se conjuraron en nuestra contra y un plato vino a romperse justo encima de la mezcla de patatas y huevo. Intentamos retirar con cuidado los trozos, pero algunos fueron imposibles de detectar a tiempo. Como nuestro sentido de la economía nos impedía tirar la mezcla, nos comimos el aborto de tortilla aderezado con crujientes tropezones.

En nuestra defensa diré que, por más que utilizamos el comodín de la llamada a mi suegra, ella se guardó hasta el final la clave tortillera, que consistía en darle vueltas a la mezcla en la sartén antes de dejar que se hiciera por un lado. Pero una vez que confesó, nos empleamos a fondo, conseguimos darle la vuelta, y aunque sosa y medio cruda, pero con cebolla, ¡aprobamos el examen de la tortilla!

A partir de ahora, un nuevo mundo se abre ante nuestros ojos:

− ¡Tortilleras!
− ¡Mejorando la receta cada día!

Encantada.

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